sábado, 11 de febrero de 2017

La Columna Incómoda

¿Unidad con quién y para qué?

Ahora resulta que los responsables de la quiebra del país se asumen como sus salvadores. Es cierto que millones de mexicanos nos sentimos indignados por los exabruptos del malandrín del copete color zanahoria (Trump); más aún, ese malestar se incrementó cuando el del otro copete (Peña) lo invitó a Los Pinos (el secretario de Hacienda tuvo que renunciar). Y ahora, cuando ciudadanos, organizaciones y distintos personajes deciden accionar para manifestar el rechazo social, los gobernantes y su séquito de aplaudidores, se montan en esa ola para impulsar “la unidad de todos los mexicanos”. En un intento de presentar a un presidente, a quien 9 de cada 10 ciudadanos no le cree, como el adalid de la defensa nacional. Que patético fue ver cómo recibió a un grupo de mexicanos deportados y ofrecerles un país de oportunidades de empleo y educación. Señor Peña: Si hubiera empleos bien remunerados en México los millones de migrantes no habrían dejado el país.

Más patético resulta que el presidente, sus secretarios, los diputados, senadores y los políticos convoquen a la unidad, dejando de lado cualquier tipo de bandera, mientras que, por otro lado, nos atizan incrementos desmedidos en gasolina, gas y electricidad y, en consecuencia, en la mayoría de los servicios y productos que todos utilizamos. Dicen que porque los precios han subido en todo el mundo, y que lo hacen por el bien de los mexicanos. Yo pregunto: si la referencia son los precios internacionales ¿Por qué los sueldos y salarios no se ajustan como los del resto del mundo? Si en Estados Unidos la hora laboral la pagan, en promedio, a 10 dólares, entonces en México la hora mínima tendría que pagarse en 200 pesos. Pero no. Aquí se pagan 10 miserables pesos por hora.

Ya los grandes empresarios se apuntaron, previas sus condiciones, para apoyar al presidente en la renegociación del tratado de libre comercio, argumentando que los momentos de crisis representan oportunidades. Es verdad, siempre a los grandes empresarios y a los políticos les ha ido muy bien. No así al resto de los mexicanos. Y si no echemos una ojeada rápida al sistema político priista de los últimos cuarenta años.

Cuando a mitad de los años 70 la economía del país empezó a tambalear, luego de las ocurrencias y despilfarros de un presidente que padecía incontinencia verbal (Echeverría), se nos informó que el peso debía de ser devaluado, para bien de todos los mexicanos. Vino al relevo un personaje histriónico y bonachón que llegó pidiendo perdón a los pobres del país por el abandonado en que se les había tenido desde tiempos inmemorables, pero que con su llegada todo iba a cambiar. López Portillo nos dijo que la “solución somos todos” y que nos preparáramos para administrar la abundancia, porque si algo iba a sobrar era dinero. Nos convertíamos en un país petrolero. Y fue cierto, los funcionarios y los políticos se dieron el ‘atascón’; se crearon nuevos ricos, la corrupción y el nepotismo se fue a las nubes. El despilfarro fue de tal magnitud que al terminar el sexenio prácticamente declararon al país en bancarrota; el peso se hundió, el histrión presidente nacionalizó la banca vociferando: “¡Ya nos saquearon! ¡No nos volverán a saquear!”. Diputados y senadores aplaudieron de pie el “acto patriótico”. Los medios y los corifeos del régimen convocaron a una gran manifestación de unidad nacional para apoyar las acciones del adalid defensor de los pobres, a quien la gente le puso el apodo de “El Perro”, porque prometió defender el peso como tal.

En 1982 el nuevo mandamás (Miguel de Lamadrid) nos informó que venían momentos difíciles para el país, que no habría dinero, que había que apretarse el cinturón, pero aunque la medicina era fuerte, se hacía por el bien de los mexicanos. Los salarios de los trabajadores se ajustaron, la inflación llegó a 180%. El descontento social fue creciendo y el sistema priista optó por cancelar el desfile obrero que se realizaba cada 1 de mayo, pues se convirtió en manifestación de protesta contra el presidente y el sistema político. Los sismos de 1985 catalizaron el descontento, pues permitió a los ciudadanos conocer su fuerza colectiva, las acciones de la sociedad civil rebasaron el anquilosado sistema y su gobierno. La palabra solidaridad se hizo realidad en las calles. Ese movimiento social de inconformidad hizo eclosión en 1988m en la forma de una contienda política y electoral cuya cabeza fue un personaje que, en su nombre y apellido, integraba dos símbolos representativos para los mexicanos: Cuauhtémoc Cárdenas. El movimiento hizo cimbrar los cimientos del sistema político priista, que ese 6 de julio “se cayó el sistema”. El aparato del Estado nunca mostró el verdadero resultado de esa elección.

Se impuso a un personaje que llegó a ser casi un rey y terminó exiliado en Dublín (Carlos Salinas). Desde antes, Salinas impulso una serie de pactos entre los grandes empresarios y los líderes sindicales afines al sistema, para reorganizar la economía y repartirse el pastel. Se privatizó la banca, los diputados y senadores aplaudieron de pie esta acción pues se realizaba por el bien de los mexicanos. Las empresas del gobierno, que habían sido botín de los políticos, se remataron entre el selecto grupo de amigos empresarios (Teléfonos de México es un caso representativo de esas medidas). Se realizaron muchas reformas, para el campo, para la economía, para las iglesias, todas para el bien de los mexicanos y se nos anunció que nos preparáramos, pues dejaríamos de ser un país del tercer mundo para ingresar al primer mundo. Se firmó un tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá y nos dispusimos a hacer grandes y jugosos negocios. Como signo de que el nuevo rey era el adalid de todos los mexicanos, se institucionalizó el concepto que había surgido de la sociedad civil: Solidaridad se convirtió en el programa del presidente mediante el cual regalaba dinero, despensas, agua y drenaje, luz, desayunos. Los medios nos llenaban de comerciales y los corifeos pedían a los mexicanos que, cada que se tocara el himno nacional en la televisión, nos pusiéramos de pie y colocáramos la bandera nacional en nuestras casas y nuestros vehículos. Era el momento de la unidad nacional. Surgieron nuevos ricos (en la calle un ciudadano preguntaba si sabías cómo se decía Carlos Salinas en libanés y otro contestaba: Carlos Slim). 

La corrupción no tuvo límites. En su libro “¡Escuche, Carlos Salinas!”, el periodista Miguel Ángel Granados Chapa documentó algunos ejemplos de la corrupción del sistema político priista. Entre otros, menciona el gran negocio del hermano incómodo del presidente con la compra y venta de maíz en Conasupo. El mecanismo era simple: un camión cargado de toneladas de maíz descargaba el producto y cobraba a precio de garantía. Por la puerta de salida, otro camión compraba esas toneladas de maíz a precio subsidiado (es decir a menor costo). Luego este camión daba la vuelta a la manzana y volvía a entrar a la bodega para vender el maíz, para volver a comprarlo. Para evitarse la fatiga, el camión que entraba ya ni siquiera bajaba su carga. Por una puerta entraba como vendedor y salía por otra como comprador. Para hacer aún más fácil el negocio, al final los movimientos de entrada y salida de maíz se hicieron sólo en papel. El país terminó quebrado al finalizar el sexenio y el nuevo presidente (Ernesto Zedillo) pidió el apoyo del presidente de Estados Unidos para rescatar al país. Nunca sabremos cuales fueron las condiciones. Lo cierto es que la deuda siguió creciendo al ritmo de las fortunas de los políticos y su núcleo de empresarios consentidos. Luego de los fondos nacionales se rescató a los recién estrenados banqueros (Fobaproa). Todo por el bien de los mexicanos a quienes, para variar, se les pidió apretarse el cinturón.

El mismo sistema político priista diseñó su salida y recambio, facilitando la llegada de “otro partido”, el PAN, cuyos dirigentes fueron los aliados incondicionales de Salinas y sus reformas, y aprovecharon para colocar a distinguidos empresarios en la política y en los cargos. Fue así como en el año 2000 elegimos a un empresario bonachón, dicharachero y ocurrente Vicente Fox); un rancherote patán y mal hablado. Nuestro ‘Trump a la mexicana’, seguido de otro panista de cepa que decía tener “las manos limpias”. Estos gobiernos panistas mantuvieron la esencia del sistema e inyectaron vigor a los grupos priistas. Los hijos de ‘La Familia Presidencial’ hicieron grandes negocios y Calderón despilfarró los excedentes petroleros y desató una guerra que deja miles de muertos cada año.

Es sólo una ojeada rápida al sistema político donde los ciclos se repiten. La corrupción con Enrique Peña ha llegado a las nubes. Javier Duarte es sólo un ejemplo y el chivo expiatorio del sexenio, como lo fueron Díaz Serrano, “La Quina”, Raúl Salinas o Elba Esther Gordillo. Los grandes negocios y la corrupción permean todos los niveles, desde el primer círculo del poder hasta el último peldaño. La convocatoria a la unidad nacional y a poner, otra vez, banderitas y cantar el himno nacional, es la intentona del poder para desvirtuar el descontento social y la urgente necesidad de llevar a cabo acciones que paren en seco, no sólo al bocón norteamericano, sino, sobre todo, al sistema causante del desastre nacional y a la pandilla de politicastros que lo encabezan. Pues mientras ellos se embolsan bonos, sueldos de primer mundo, prestaciones y “moches” en obras, piden al pueblo que se ajuste el cinturón y soporte con gallardía y nacionalismo, los nefastos efectos de las reformas, pues todo es por el bien de los mexicanos. Eso dicen. ¿Usted les cree? Yo tampoco.
El descreído
Juan Bautista Mendoza
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lunes, 16 de enero de 2017

La Columna Incómoda

Precampañas; El prólogo:

Hola mis gasolineados, gaseados y electrizados ciudadanos de Chicoloapan, les deseo año 2017. Y digo sólo año porque sería ruin si le agrego el adjetivo de “feliz”. La cosa es que ya pueden estar contentísimos por las medidas (¿o desmedidas?) acciones que están tomando los gobernantes, todo por el bienestar de nuestras familias. Y si no pregunten a los representantes en Chicoloapan. Ellos les dirán que todo se está haciendo por su bien y que mientras descansaban en paraísos turísticos V.I.P. con sus bonos, aguinaldos y recompensas, seguían pensando en ustedes. No crean que son ingratos y olvidadizos, pues ya viene la elección de gobernador en el Edomex y estarán pidiendo el voto para que el tricolor se mantenga por los siglos de los siglos. Y se toparán con unos ciudadanos felices y contentos, cansados, sí, pero de tanto patinaje en hielo y de recibir sonrisas de los reyes magos y Santa Claus.

El 23 de enero inician las precampañas para que los partidos placeen a sus aspirantes durante una cuarentena. De ahí saldrá su candidato, que luego de los trámites y procedimientos buscará el triunfo el domingo 4 de junio. El rival a vencer, como se sabe es el PRI. El partido de Eruviel Ávila, de Peña Nieto, de Montiel, de Duarte, de Moreira, del patrón, y de toda esa caterva de politicastros que sin impudicia se han adueñado del poder y los presupuestos de los mexicanos, mexiquenses y chicoloapenses. O sea que cualquiera que resulte ser el ungido tricolor, llegará con el objetivo de mantener y conservar los privilegios de unos cuantos.

¿Quién será el (la) audaz que le pondrá el cascabel al gato? Pues no están dormidos. Ya echaron a andar la marea roja que incluye, como parte sustantiva, la dispersión del voto, pues por más que el PAN afirme que sólo juntos le pueden ganar al PRI, sabemos que hay en el Estado de México más de 10 emblemas partidistas que sumados a los candidotes “independientes”, se prestarán a la simulación de la competencia electoral. Ya sabemos que el PAN es cómplice incondicional del PRI y cuando uno cae, el otro lo levanta. Algunos dirigentes del PRD han sido involucrados en esa lógica de, si quieres mantenerte política y presupuestalmente,  súmate al pacto. Pero el resultado a ojos vistos es su caída libre en las preferencias electorales y el abandono del barco de sus figuras emblemáticas.

¿Entonces qué puede pasar en el Estado de México? La inercia y la estrategia de quienes controlan el aparato de poder en el país, es que se mantenga el PRI o, de complicarse las cosas por el descrédito de este partido entre los ciudadanos, empujar al PAN como escala para el 2018.

La otra opción sería un gobierno de izquierda. ¿Pero a estas alturas se puede hablar de geometría política en el Estado de México? Están el PT, MC, PRD y Morena. Los dos primeros no representan una alternativa de poder; y como sucedió en otros estados, el PT ha buscado acercamientos con el poder para conservar su registro.

No hay nada nuevo bajo el sol (azteca).

Cuando en 1989 se fundó el PRD, encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas, fue cuestionado por sus opositores por incluir dentro de sus filas a expriistas. Era inevitable, los pleitos son más álgidos cuando los contrincantes formaron parte de la misma familia. En ese entonces el PRD fue descalificado. Salinas intentó desaparecer y cooptar a sus dirigentes; impulsó la creación del PT, como partido de “izquierda” para restarle votos. En los medios  era señalado como partido violento, retrógrada, populista, un peligro para el país. Pasados los años el PRD entendió que había que ser una izquierda moderna, propositiva, negociadora y firmante de pactos, por el bien del país.

En años recientes, de una fractura del PRD surgió Morena, partido que ahora se asume como la opción de izquierda, que  lucha por las causas populares y busca una cuarta transformación en México (Las otras tres: La Independencia, la Reforma y la Revolución). Pero también Morena es ahora el partido destinatario de las descalificaciones, ya no sólo de la derecha, sino de sus ex correligionarios del PRD. Era inevitable, los pleitos son más álgidos cuando los contrincantes formaron parte de la misma familia. El dirigente nacional de Morena es denostado por violento, retrógrada, populista, un peligro para México.

Pero un partido va a ganar en junio de 2017 y gobernará el Estado de México por seis años. Ya no será fácil para el tricolor. Los resultados en las elecciones pasadas, acabaron con el mito del mal llamado ‘voto duro’. Los ciudadanos aceptarán los regalos y prebendas, porque saben que no son de los políticos, y porque hay necesidades. Pero cruzarán la boleta a favor de quién, a su consideración, pueda frenar en seco las corruptelas e impunidades de quienes se asumen como gobierno, pero que no hacen nada por el pueblo, más bien miran a los ciudadanos como fuente inagotable de saqueo de recursos y un potencial peligro para las comodidades de los políticos y sus familias.

Lo he dicho y lo repito. No veo a Morena y su líder nacional como semidioses. Pero reconozco que sí representa una alternativa diferente a todas esas pandillas de políticos que no tienen llenadero, y cuyo único propósito es mantener sus privilegios a costa de la miseria del pueblo. Si el PRI es derrotado en la guarida de Peña Nieto y Eruviel, estará a un paso de ser expulsado de Los Pinos.

Poco más de 121 mil electores podrán votar en las casillas que se instalarán el municipio de Chicoloapan el cercano 4 de junio, de los cuales, 37 mil son jóvenes menores de 30 años; 56 mil entre 30 y 50 años; y 28 mil ciudadanos de más de 50. En sus manos está la decisión, mis estimados y saqueados ciudadanos.

El desgaseado
Juan Bautista Mendoza

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martes, 10 de enero de 2017

Pastorela en el Colegio México


Hace unos días tuve la fortuna de presenciar la puesta en escena de una pastorela divertida, didáctica, jovial y muy actualizada, que se representó en las instalaciones del Colegio México de San Vicente Chicoloapan. Si bien se mantuvo la idea central de una pastorela (representación teatral del nacimiento del Niño Jesús y sus complicaciones líricas del bieny del mal), el director, guionista, coordinador y “mil usos”, Efrén Buendía Campa, hizo una adaptación “nacional”, por lo que el nacimiento fue en Ciudad Juárez, con personajes como Tatiana, Juan Gabriel, Andrés Manuel López Obrador, ‘Agallón Mafafas’, los viejitos de Michoacán, hasta el copetón Donald Trump y su muro. Todo ambientado con el sonido de un exalumno del colegio: Furia Musical de los Hermanos Retana.

Crónica General:: Una niña dialoga con Dios y como Belén le queda muy lejos le pide que “el niñito Jesús nazca en México. Quiero verlo, abrazarlo, acariciarlo…Dios le contesta: Pero si cambiamos su lugar de nacimiento, muchos van a querer que nazca en su país. La niña: Pues que empiece en México…”

¿Qué decisión habrá tomado Dios?

Para leer la Crónica general ver La Gaceta de Chicoloapan

viernes, 6 de enero de 2017

Relatos desde Regina VII



María 
Por Roxana Martínez Huerta

Nuestro personaje es una mujer cuya vida estuvo marcada por la desgracia, igual que sucede con los millones de mujeres anónimas que habitan los barrios y vecindades pobres de la Ciudad de México. María, que así se llamaba esta mujer, vivía con su hombre y sus hijos en Motolinía. Y no es que tuvieran una situación económica holgada que les permitiera habitar en una de las calles emblemáticas del centro de la ciudad, sino que el marido era conserje y elevadorista de un antiguo edificio de oficinas de varios pisos ubicado en esa calle, posición que aprovechó para “adueñarse” del sótano, donde improvisó cocina, baño y recámara y allí amontonó a su familia.
El sueldo del marido era tan bajo que no alcanzaba para cubrir las necesidades de la pareja y sus seis vástagos, cinco varones y una niña. Por esa razón María tomó la decisión de ponerse a vender billetes de lotería en la esquina de Arcos de Belén y Balderas. Se hacía acompañar de Pancho, su hijo mayor, un niño excepcional, quien a pesar de contar con sólo doce años de edad, se distinguía del resto de sus hermanos por ser listo y muy trabajador. Tenía ángel y vendía en un rato lo que a ella le llevaba días enteros. Varios de sus clientes en la calle y algunos abogados de los despachos del edificio, que habían ganado premios, buscaban al muchacho para darle sus buenas propinas, que de inmediato entregaba a su madre.
Pero así como María se esmeraba en limpiar pisos y escaleras del edificio, hacer los quehaceres de la casa, llevar a los niños a la escuela y salir corriendo a vender sus billetes de lotería, sin tener un solo día de descanso, su marido por su parte, cuya actividad se reducía a manejar el elevador, era flojo e indolente y, lo peor, abusivo con su mujer y con los niños. Por eso, mientras estaban en la calle madre e hijo eran felices, pero al llegar a la covacha, como ella le decía a su casa, empezaban las discusiones y los pleitos con el marido. Éste le reclamaba su ausencia en la casa, y ella le preguntaba de qué vivirían si no salía a vender. Total que el matrimonio se llevaba muy mal.
Esa vida de perros y gatos tuvo un final inesperado. Cierta mañana María recibió un telegrama procedente del pueblo de El Oro, en el Estado de México. Era de su hermana. Le avisaba que su madre se estaba muriendo, y si quería encontrarla aún con vida debía acudir de inmediato. María, muy mortificada, metió algo de ropa en una bolsa, encargó a Pancho la casa y los billetes de lotería y salió muy apurada.
Ya pardeaba la tarde cuando llegó al pueblo. Serían como las siete. Todavía la separaban varios kilómetros hasta la ranchería donde vivían sus padres. El camino era de terracería y a esa hora no entraban autobuses, ni tampoco traía dinero para un taxi, así que emprendió la caminata. Agradeció que fuera de noche pues de día el sol caía inclemente sobre el camino árido y terregoso.
Anduvo más de dos horas por una brecha desierta. Le faltaba casi una hora para llegar cuando un ruido de pisadas la sacó de sus pensamientos. Un desconocido corría detrás de ella. Asustada y presintiendo algo malo aceleró el paso, pero sus piernas y sus fuerzas no pudieron más que las del hombre, quien pronto le dio alcance. La tomó del pelo y de un brutal jalón la tiró al piso y se encaramó sobre ella. Era un hombre joven que traía la cara cubierta con un paliacate y un cuchillo en la mano. María forcejeaba intentando quitarse al tipo de encima pero él le puso el arma en la garganta. La mujer le suplicó que no la matara, que la dejara ir a ver a su madre que estaba agonizando. El energúmeno ni siquiera la escuchó. Con la mano libre le subió la falda y le desgarró la ropa interior. La violó con tal saña que le amorató las piernas. Estaba como enloquecido. De un cabezazo le tiró varios dientes. Al final se largó amenazándola de muerte si lo denunciaba.
María quedó ahí tirada un largo rato. Era noche cerrada cuando, adolorida y llorando, prosiguió su camino. Al llegar a la casa de su madre, su familia se espantó al ver el estado en que venía. Les dijo que la asaltaron en el camino y que la habían golpeado. Su hermana como pudo la limpió y curó sus heridas. Ya más tranquila le dio el adiós a su madre quien murió esa madrugada.
Después del sepelio se quedó unos días en el pueblo para el novenario y para recuperar su salud física. Luego regresó a su casa. Dos meses después se dio cuenta que estaba embarazada. Obviamente no de su marido, pues hacía dos o tres años que no tenían relaciones. El hombre cohabitaba con otra mujer con quien tenía dos hijos.
María decidió abortar el producto de la violación. Fue en busca de la ayuda de un médico, pero el doctor no le creyó. La echó de su consultorio argumentando que si hubiera levantado un acta en la que constara la violación, quizá se podía hacer algo, pero ahora era imposible. No se dio por vencida y fue con una doctora que le recomendó una conocida. Fue inútil. Tampoco ésta quiso ayudarla y sólo le aconsejó que tuviera al niño y lo hiciera pasar como hijo del matrimonio. María salió desconsolada. Sabía que en cuanto se le notara el embarazo el marido la echaría de la casa.
Se fajó el vientre y empezó a hacer un pequeño ahorro. La preocupación le impedía conciliar el sueño. Pasaba los días fumando y tomando sólo agua para no engordar. El pelo se empezó a caer por montones, hasta que se quedó completamente calva. Para salir a la calle sin que la vieran como a un fenómeno, se cubría la cabeza con una pañoleta. Su salud se deterioró de tal forma que parecía un cadáver caminando. Por fin un día el marido se dio cuenta de su estado y la sacó a patadas. La insultó y la tachó de infiel y asquerosa. Le dijo que se largara a terminar de prostituirse.
Sintiéndose derrotada ya no quiso dar explicaciones. Tomó a sus hijos y salió con ellos, menos Pancho, pues el infame marido le impidió llevárselo ya que también para él era su brazo derecho. Dejó a los niños en un jardín mientras buscaba un cuarto desocupado. Encontró un cuartucho en una horrible vecindad, de esas que tenían baño colectivo para todos los inquilinos. Aparentemente siguió con su rutina, pero se sentía muerta en vida, sin el apoyo moral de su Pancho y en espera del hijo de su violador, el cual parió en su casa auxiliada por la portera de la vecindad. El dinero ahorrado se acabó, y recién parida no podía salir a trabajar. Ramón, su segundo hijo, se dedicó a pedir limosna en la calle hasta que ella se recuperó. En el lapso de un año se cambiaron tres veces de casa. Con tantos hijos la echaban de todas partes. Para no dejarlos solos mucho tiempo, decidió vender quesadillas en la puerta de la vecindad. Pero su destino ya estaba maldito. En un descuido el hijo de su casera se tropezó y se fue de bruces sobre el comal con aceite hirviendo y se quemó la cara. María fue lanzada con sus chivas a la calle.
Acabó en un cuartucho dentro de un sucio departamento habitado por otra familia. Las condiciones de hacinamiento eran infrahumanas. Un día que se encontraba sola con el marido de su vecina, éste la embriagó y la abusó sexualmente. María no dijo nada, ni tenía a dónde ir ni quería arrastrar a los niños a un lugar peor. Tomó una decisión. Se armó de valor. Fue a la tlapalería y compró varios gramos de estricnina. Regresó a la vivienda, puso a hervir un té de hojas y disolvió pacientemente el veneno en la infusión. Luego llamó a sus hijos y a cada uno le dio una taza con té. Los obedientes niños bebieron el mortífero brebaje. María vio cómo sus cinco hijos se morían uno por uno.  Cuando se cercioró que ya ninguno respiraba, tomó con calma la ración que había reservado para ella, sintiendo como, lentamente, llegaba a su cuerpo y a su alma el descanso anhelado para su desgraciada vida.

Tomado de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan

jueves, 29 de diciembre de 2016

Contactar y Anunciarse en Directorio - La Gaceta de Chicoloapan

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Relatos desde Regina VI



La Esposa del Zapatero

Por Roxana Martínez Huerta

Cuando cursaba el último año de la carrera de Derecho, entré a hacer mi servicio social en la 4ª Delegación de Policía, ubicada en Tlaxcoaque, en el centro de la ciudad de México. Me asignaron el puesto de Auxiliar de Agente del Ministerio Público. Mi trabajo consistía en levantar actas, poner multas, dar entrada y salida a los detenidos. En ocasiones, cuando nos reportaban riñas o accidentes, acudíamos a los lugares para levantar el acta correspondiente al delito cometido. Yo era muy joven y, en consecuencia, idealista en lo relacionado a las cuestiones legales. Desde mi pequeña trinchera quería hacer verdadera justicia a las víctimas y aplicar castigos justos a los delincuentes.
Tenía pocas semanas en mi empleo cuando, un domingo por la mañana, recibimos una llamada urgente reportando una riña doméstica en el número 78 de la calle 5 de Febrero. De inmediato abordamos una patrulla y nos dirigimos al lugar de los hechos. Ya se encontraba allí una ambulancia que había sido solicitada por los vecinos. La calle estaba llena de curiosos. Dentro de la vivienda se escuchaban llantos y gritos de niños. Los policías intentaron abrir la puerta pero estaba asegurada por dentro. Yo me acerqué a la puerta y le grite los niños que me abrieran, que venía yo a ayudarlos. Al escuchar mi voz los gritos de auxilio se hicieron más fuertes pero no abrían. Con ayuda de varios vecinosm que trajeron una barreta los agentes procedieron a derribar la puerta.
Mientras mis ojos se acostumbraban a la penumbra observé el lugar. La parte delantera del departamento estaba habilitado como taller de calzado. Dividida por una sucia cortina de tela el resto de la estancia funcionaba como una pequeña vivienda. Agazapados detrás del mostrador se encontraban los niños. Eran seis varones llorosos y temerosos. Miré hacia el fondo del lugar, allí estaba un hombre alto y delgado, con las manos metidas en las bolsas del pantalón y la mirada ausente. Casi tropiezo con un cuerpo triado en el suelo. Era una joven mujer que, inconsciente, yacía en medio de un charco de sangre. Enseguida ingresaron los paramédicos y procedieron a auscultar el cuerpo. La mujer aún respiraba. La levantaron, la subieron de inmediato a la ambulancia y la trasladaron al hospital más cercano.
El hombre se entregó a lo agentes sin oponer resistencia. Los vecinos gritaban todos al mismo tiempo, estaban muy indignados y querían golpear al victimario. Entre jaloneos y puñetazos lo sacamos de ahí y lo metimos a la patrulla. Quise sacar también  a los niños pero las mujeres del lugar se opusieron diciendo que ellas se encargarían de cuidarlos. Que mejor nos lleváramos pronto al golpeador, antes de que ellas mismas hicieran justicia por propia mano, pues estaban hartas de tanto abuso contra esa pobre familia. Intenté replicar pero me mantuve callado al ver las agresivas actitudes de los hombres que rodearon la patrulla donde estaba el golpeador.
Nos retiramos del lugar y una vez en la delegación, el sujeto confesó haber golpeado a su mujer, argumentando que ella tenía la culpa pues lo había hecho enfurecer. Allí pasó la noche y al día siguiente fue remitido a la penitenciaria, ya que las heridas de la mujer eran muy graves, posiblemente mortales.
Días después me avisaron que la mujer había recobrado el conocimiento, así que acudí al nosocomio de la Cruz Roja donde estaba hospitalizada para tomar su declaración. Se llamaba Cecilia. Era una mujer muy delgada, de baja estatura y no pasaba de los treinta años. El diagnóstico médico dictaminó cuatro costillas rotas, hematomas en ambos ojos y en quijada, extremidades y dorso; tenía fracturadas la mano derecha y la nariz. Pero la lesión más grande la tenía en la cabeza, por lo que requirió de más de veinte puntadas para cerrar la herida. Aunque lúcida su estado seguía siendo grave. Con voz casi inaudible declaró que su marido era un hombre muy trabajador, pero muy violento con los niños y con ella. Cuando explotaba, que era bastante seguido, perdía el control y los golpeaba sin miramiento. Las edades de sus hijos iban desde los doce a un año. Me preguntó por ellos pues estaba muy preocupada por su situación. La tranquilicé diciéndole que estaban bien, pues sus bondadosas vecinas los tenían a cargo, y el más grande atendía el taller. Al escucharme se consoló un poco y tímidamente se animó a preguntarme por el esposo.
- Esta detenido. Casi la mata. ¿No me diga que le preocupa ese sujeto? -Pregunté.
-Es mi esposo y el padre de mis hijos. Además si está preso ¿cómo van a comer mis hijos? -inquirió.
-¡Y libre los va a matar! –Exclamé indignado-. Usted no se preocupe. Lo importante es que usted se recupere para que sus hijos no estén solos.
Me despedí de ella asegurándole que yo mismo iría a visitar a los niños, para informarles que su madre estaba fuera de peligro; y para ver en qué podía ayudarlos. Así lo hice. Los visité en varias ocasiones.
Cuando la madre salió del hospital y regresó a su casa, le llevé algunas cosas para la despensa; obsequio de mi mamá, a quien le había contado la situación de esa familia. Cecilia, en agradecimiento, me preparó un almuerzo que me envío con uno de sus hijos. Mi jefe veía mal estos comedimientos y me machacaba: “No se involucre con ellos, licenciado. Esa gente es mitotera y argüendera. Ya se acostumbrará. Yo sé lo que le digo”.
Cuando Cecilia sanó completamente cerró el taller y se cambió de casa. Para mantenerse hacía limpieza en las casas y lavaba y planchaba ropa por docena, que le llevaban las señoras del rumbo. Todo con la ayuda de sus hijos. Su situación mejoró. La familia se sentía mejor que nunca. Los niños asistían a la escuela, limpios y bien comidos.
En cuanto al golpeador, luego de varios meses de reclusión y “en premio” por su buen comportamiento, lo dieron el beneficio de libertad bajo palabra. No tardó mucho en encontrar a su familia. Le rogó a Cecilia que lo aceptara nuevamente deshaciéndose en súplicas y promesas. Los niños no querían que volviera pues le tenían mucho miedo, por eso vinieron a buscarme para pedirme que convenciera a su madre de no aceptar al hombre. Atendiendo sus ruegos fui a hablar con la mujer. Pero ella ya había decidido perdonar al rufián. Ni mis argumentos ni las súplicas de sus hijos la hicieron cambiar de opinión. Decía que era su esposo y el padre de semejantes mal agradecidos. Que era un hombre muy horado y trabajador, y que ya había pagado su culpa en la cárcel. Además, afirmaba que una mujer sola no valía nada. Así que lo aceptó y la familia entera regresó al taller. Me indigné tanto que no volví a verla. Además, con el esposo vigilando todo el tiempo, era imposible poder acercarme a ella o sus hijos.
Pasó el tiempo y yo seguí con mis abundantes actividades judiciales. Un día llegó un reporte y el oficial en turno, al entregármelo, me señaló la dirección. Leí y de inmediato supe que era el domicilio de Cecilia y de sus hijos. El corazón me dio un vuelco. Presentí lo peor. La distancia entre la estación y su casa se me hizo eterna. Al llegar vi la misma escena anterior, sólo que ahora eran las dos de la madrugada. Al verme descender de la patrulla los niños corrieron hacia mí. Estaban histéricos y desesperados. En el patio los vecinos tenían agarrado al marido y lo golpeaban salvajemente. Los agentes y yo les dimos suficiente tiempo antes de intervenir. Luego entré a la vivienda. Vi en los rostros y las miradas de los paramédicos que esta vez ya nada se podía hacer. Cecilia ya estaba muerta. El marido le había cortado la garganta con su charrasca de trabajo. Di la orden de llamar al forense para que recogiera el cadáver.
Afuera los policías rescataron al asesino casi inconsciente por la golpiza. Mientras esperábamos la ambulancia del servicio médico forense, uno de los niños me increpó muy enojado:
-Ya ve, licenciado, le dijimos que ese desgraciado iba a matar a mi mamacita y usted no hizo nada.
Han pasado muchos años de aquellos sucesos. Ahora soy abogado penalista y ningún caso ha dejado de dolerme, pero el asesinato de Cecilia me abruma demasiado cuando lo recuerdo.

Tomado de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan

sábado, 10 de diciembre de 2016

Relatos desde Regina V


Antonieta 
 En la esquina que forman las calles de Regina e Isabel La Católica, donde actualmente se encuentran unos famosos baños públicos, había, a principios del siglo pasado, una fastuosa casona porfiriana, con muchas habitaciones, patios y balcones. Contaba además con varios portales que albergaban diversos giros comerciales. Sus dueños, una joven pareja de inmigrantes españoles, llegaron a la Ciudad de México trayendo consigo a María Antonieta, su pequeña y única hija. La niña llamaba mucho la atención por sus modos de caminar con mucho garbo y altivez. No es que fuera presumida, “sino que heredó la estampa de la abuela materna”, afirmaban sus orgullosos padres.


La envidiable ubicación de la casa y el esfuerzo tesonero de su propietario le posibilitó a la familia acumular bienes y riquezas. Pero el tiempo es implacable y breve la existencia del ser humano. Los dueños envejecieron y se murieron. La pequeña María Antonieta se convirtió en una hermosa y atractiva mujer. Nunca se casó ni se le conocieron pretendientes. Se quedó sola con todas las propiedades y con una herencia de tal magnitud que, “si era administrada adecuadamente, le dijo su padre antes de morir, nunca tendría necesidad de trabajar”. Y así fue por varios años, Antonieta no se preocupó por nada, ni le importó el mantenimiento de la casa. 

 Los años pasaron, la ciudad siguió creciendo, el barrio y la calle modificaron su fisonomía. Los comercios en la zona cambiaban de giro, unos crecían otros quebraban según las necesidades de la era moderna. Para la década de los años sesenta la antes imponente casona estaba completamente deteriorada y la propietaria transformada en una anciana. Aunque conservaba el mismo garbo y altivez que la caracterizaron y algunos destellos de su antigua belleza, era ahora “Antonieta, La Solterona”, como le llamaban los vecinos en el barrio. Los inquilinos que durante un tiempo rentaron las habitaciones de la casa, así como la servidumbre se fueron uno detrás del otro, en busca de mejores aires donde vivir.

Sola y con una casa tan grande para ella La Solterona fue vendiendo fracciones del terreno a los voraces especuladores del centro de la Ciudad. Al final sólo conservó un sencillo departamento de dos pisos que daba a la calle de Regina, donde pensaba acabar los últimos días de su solitaria existencia, sin imaginar que el destino le tenía reservado otro final. Un día la visitaron unos empresarios inmobiliarios que manifestaron su deseo de comprarle su departamento y le hicieron una jugosa oferta económica, sabedores de las urgencias económicas que por entonces pasaba la anciana mujer. Antonieta no aceptó, argumentado que se quedaría en la calle si vendía lo único que le quedaba. Además dónde metería la cantidad de muebles finos, pinturas, alfombras y cristalería fina que conservaba de los años de esplendor. Aunque requería de efectivo se negó rotundamente a vender la propiedad, y para costear sus gastos empezó a malbaratar cuadros, joyas y prendas de valor.

Pero los empresarios estaban empecinados pues tenían en mente un gran proyecto de modernización y construcción que les dejaría grandes ganancias. Así que urdieron un perverso plan para adueñarse de la propiedad. Contrataron a un abogado de no malos bigotes quien, con el pretexto de comprar los muebles y los objetos de valor, se acercó a La Solterona pagándole cantidades atractivas de dinero, con lo cual se ganó su confianza. Le compró casi todo lo que vendía. La anciana estaba encantada con los precios y las adulaciones que recibía durante las charlas de café que se hicieron costumbre por las tardes. El abogado la fue envolviendo con mentiras medias verdades, haciéndola firmar diversos documentos, uno de los cuales soportaba la venta del terreno motivo de la discordia. Fue así como Antonieta, creyendo firmar documentos de las ventas hechas al abogado, en realidad firmó un contrato mediante el cual cedía la propiedad de la casa.

Luego de ese día cesaron las visitas del abogado y en su lugar comenzaron a llegar avisos y notificaciones de desahucio. Antonieta ‘La Solterona’ no entendía nada de esos papeles y hacía caso omiso de ellos.

Había pasado casi un año de la última visita del abogado cuando una mañana llegó un actuario acompañado de una docena de cargadores. Entraron a la casa con lujo de violencia y altanería y procedieron al desalojo. Los muebles, ropa y las pocas pertenencias que le quedaban a la anciana fueron apilados sobre la acera de la calle. Al final sacaron casi cargando a la vieja solterona y la colocaron en una silla. La escena era patética y humillante: una anciana altiva en medio de aquél desorden con todos sus enseres regados por la calle.

Los vecinos se compadecieron del triste espectáculo que presenciaban y cubrieron hasta donde fue posible con sábanas, cortinas y plásticos las pertenencias de la vieja. Antonieta no reaccionaba, estaba como ida; muy erguida y sin expresión alguna, permanecía sentada en la silla de madera donde fue colocada por los barbajanes. Pasaron las horas, llegó la tarde y la delgada solterona seguía en la misma posición. La gente se acercaba para ofrecerle algo de comer o sugerirle que buscara un refugio donde pasar la noche. Otros ofrecían su casa para que metiera sus muebles pero ella no contestaba. Así que los vecinos decidieron guardar lo más valioso en una bodega que alquilaron, aclarándole que cuando tuviera un lugar donde vivir, ellos mismos le devolverían todo. Cuando oscureció quisieron levantarla para llevarla a un lugar caliente y cómodo donde pasara la noche, pero Antonieta se aferró a la silla hasta con las uñas. Lloraba y gritaba como una criatura mal criada. Ante su obstinación los vecinos claudicaron en su empeño. La cubrieron con una gruesa cobija y se retiraron a dormir.

A la mañana siguiente dos vecinas le llevaron café caliente y pan. Antonieta continuaba en la misma posición en que la habían dejado la noche anterior, aunque notaron que se veía diferente. Creyendo que seguía dormida, las mujeres le tomaron las manos para despertarla. Entonces se dieron cuenta que estaba helada. Antonieta había muerto.

-Pobre señorita Antonieta, no resistió tanta humillación. Pero ni la muerte le arrebató ese gesto digno y orgulloso que siempre tuvo desde su niñez -dijo una de ellas. Se persignaron y le rezaron un Ave María por el eterno descanso de la desdichada mujer.


 Roxana Martínez Huerta

Tomado de la Seción Mujer de La Gaceta de Chicoloapan