lunes, 12 de junio de 2017

Relatos desde Regina

El Perpetrador
Por Roxana Martínez Huerta
La escuela secundaria sólo distaba tres calles de mi casa, de cuya puerta me despedía mi madre, no sin antes darme miles de bendiciones, mientras insistía en acompañarme, a lo que 
yo me oponía rotundamente. Cursaba el tercer año y mis compañeros hacían bullying a los perdedores que iban acompañados por algún adulto. Con tal de pertenecer, como buena borrega del rebaño, yo seguía las reglas.
Esa mañana miré el reloj. Faltaba poco para que dieran las siete. Aceleré el paso, pero al caminar cerca de un angosto zaguán, me pescaron fuertemente del brazo, me tapaban la boca, y me arrastraban hacia dentro de un edificio. Luché por zafarme con todas mis fuerzas, pero un desconocido me tomó de los cabellos y me asestó una serie de golpes que caían en todo mi cuerpo. Yo me resistía hasta que de una patada, certera y contundente en la barbilla, me noqueó, dejándome sin sentido.
Cuando volví en mí, no sabía dónde estaba, ni cuánto tiempo había pasado. Era un lugar muy oscuro. Luego que mis ojos se adaptaron a la penumbra, observé que estaba bajo la escalera del edificio. Golpeada, con la ropa hecha girones. Presentí lo peor.. y acerté. El hombre que me atacó había abusado de mí. Me incorporé. Recogí mi mochila que se encontraba a un lado. Miré el reloj: eran las nueve de la mañana. Me dolía todo el cuerpo. Quería salir del hueco aquél pero no me atrevía; ignoraba qué aspecto tendría, y no quería espantar a mi madre. Saqué el espejo de la mochila, miré mi barbilla hinchada y amoratada. Me faltaban mechones de cabello. Vi una llave de agua y, comencé a lavarme. Había sangre escurriendo entre mis piernas. Al subirme la falda del uniforme me di cuenta que me habían quitado la ropa interior. Tentaleé en la oscuridad el sucio suelo, pero no encontré nada. Me arreglé lo más que pude, amarré el suéter a mi cintura y dispuesta a salir de ahí.  Me asomé a la puerta. La calle estaba casi desierta, corrí sin parar hasta mi casa. Afortunadamente mi madre ya se había ido a trabajar. Me metí corriendo a la regadera y, llorando de rabia e impotencia, quemé en el lavadero mi uniforme. Decidí no decir nada a nadie y cobrarme aquella afrenta por mí misma.
Cuando mi madre volvió del trabajo me bombardeó a preguntas, sólo le dije que, al salir de la escuela, un grupo de vándalos nos asaltaron a mis amigas y a mí. Como yo opuse resistencia sólo a mí me habían golpeado. Le dije  que no tenía ningún caso dar parte a la policía, ya sabíamos que no les harían nada, puesto que eran menores de edad. Todo este cuento ya lo había pactado por teléfono con mis dos amigas, que conocía mi madre. También a ellas les conté una verdad a medias. Diría lo que en realidad me había ocurrido, hasta que ya me hubiera vengado.
El coraje me hizo reponerme muy rápido de mis lesiones. Fui a la fiesta de graduación y me inscribí en un curso de defensa personal, diciéndole a mi mamá que iba a la gimnasia. Pero sobre todo, investigué quién me había atacado. Cuando di con él, lo espié con paciencia, día tras día, hasta saber sus movimientos y horarios. Se trataba de un asqueroso que vivía en la azotea del edificio de departamentos donde me había atacado. No sólo agredía físicamente, todas las mañanas, cuando pasaban las mujeres por la calle, se bajaba los pantalones y les enseñaba sus partes, para después meterse corriendo al edificio para esconderse. Yo entrenaba con muchas ganas, porque me imaginaba que era a él a quien pateaba y aporreaba. El instructor, al observarme, preguntó por qué pegaba con tanta fuerza, con tanto coraje. Sólo reí, sin decir nada. Al parecer yo le había simpatizado y una tarde, a la salida, me abordó.
-Te he estado estudiando y aunque todavía no tienes mucha técnica, das golpes certeros y con mucha fuerza. Cuéntame el motivo de tu enojo y te prometo entrenarte hasta hacer de ti una campeona.
-No quiero competir con nadie, lo hago sólo porque me gusta y, claro, para defenderme -dije.
-¿De quién? -preguntó.
-De nadie en particular. Sólo para protección, si alguien me ataca -contesté.
-Cuéntame y, sin ningún compromiso, sólo porque veo que eres una chica muy responsable y formal, te haré en poco tiempo una buena peleadora -insistió.
Al final me desahogué con él. No le había contado a nadie, y al escuchar esas palabras salir de mi boca, tuve una mezcla rara de sentimientos. Cuando terminé, el profesor Guillermo, lanzando un largo suspiro dijo:
-Te aseguro que dentro de poco tiempo te vas a desquitar de ese desgraciado cobarde.
Al cabo de unos meses me sentí preparada. Tomé un cuchillo de la alacena, espere a que mi madre se fuera a trabajar y me aposté en la calle, esperando ver al perro aquel. Vi que una mujer joven se acercaba al lugar en cuestión, luego saltó y se cruzó corriendo la calle. Supe que él estaba ahí. Me pegué a la pared lo más que pude. Cuando percibió que alguien iba a pasar, saltó delante de mí, bajándose los pantalones y enseñando su asquerosa desnudez, muerto de risa. Luego intentó meterse al edificio, pero yo fui más veloz, y le di alcance. Lo tomé de los cabellos, arrastrándolo bajo la escalera, un lugar que yo conocía muy bien. Me insultaba y se defendía, pero era en vano, éramos casi de la misma estatura. Sus golpes no hacían mella en mí, muy al contrario, golpe o patada que yo le lanzaba hacía que le brotara sangre de boca y nariz. Cuando su cara fue sólo una masa sanguinolenta, y las costillas evidentemente rotas, le recordé lo que me había hecho y que ahora le tocaba a él. Me puse a horcajadas sobre el bastardo y le desgarré el pantalón con el cuchillo. Él se retorcía con la poca fuerza que le quedaba, pero mi coraje era superior. Metí una mano y busqué su repulsivo miembro y con otra di el tajo para desprenderlo de su cuerpo. Esperé hasta verlo desangrarse por completo.
Cuando todo terminó, me sentí libre y satisfecha. Nadie supo quién había matado a aquella fea alimaña. Al correr el tiempo, me inscribí en la preparatoria e hice mi vida normal, sin ningún remordimiento ni sobresalto hasta el día de hoy.
Tomado del Horror de la Gaceta de la Gaceta de Chicoloapan

viernes, 5 de mayo de 2017

La Columna Incómoda

Adiós al PRI
Hola mis queridos ciudadanos. ¿Qué dijeron, a este mugre columnista ya lo callaron? Pues no. Más bien estuve pensando cómo los podía provocar. Pues con sus despensotas y sus tarjetotas que logran en Grande, me dije “me van a malmirar mis paisanos de Chicoloapan”. Pues aunque a algunos no les guste, aquí nos tocó sobrevivir, en el estado más poblado del país, el que siempre ha sido gobernado por el PRI. Y no me mire a mí. ¿Yo qué? Mírese a usted mismo. ¿Está satisfecho con el sistema en que vivimos?

Por alguna razón tuve la oportunidad de escuchar a ciertos ciudadanos  que vinieron a Chicoloapan para ser testigos de lo que somos capaces de hacer los mexiquenses. Me dijeron “Ustedes llevan casi un siglo de ser gobernados por el PRI. No sólo son el estado más poblado del país, son el número 1 en asesinatos de mujeres y de robo en transporte público. Uno de cada dos mexiquenses es pobre ¿Por qué votan por el PRI?” Y yo, que no estoy acostumbrado a que me hablen de sopetón, me retiré rumiando cuestiones cómo: ¿a ellos qué les importa si ni siquiera son de aquí?

En la tele había un debate entre los que quieren gobernar al Edomex. Y allí vi como los candidatos del PRI y del PAN se le iban a la yugular a la hija de un albañil, (así se presentó Delfina). Y yo, al principio dije: pues sí, triste maestrita, pa qué se mete a las patas de esos políticos que tienen el colmillo bien retorcido; como la señora que tiene apellido de estupefaciente ilegal (Mota), que ya hasta fue candidata a la presidencia de la república; quedó en tercer lugar y, como premio de consolación, el señor Peña le asignó mil millones de pesos (¿Cómo para cuántos kilos de tortillas alcanzará esa cantidad?); y el señor Alfredo, un güerito con la piel más blanca y tersa que las muñecas Lilí. Le dicen Alfredo III porque su abuelo y su papá ya fueron gobernadores y, según cuentan los chismosos, el día en que nació, rodeado de pañales de seda, su hada madrina le dijo: “Tú serás gobernador. Pues todo esto (dijo, refiriéndose al Estado de México) es nuestro”

Y ahí estuvieron dale y dale con que Delfina no sabe ni hablar, que es ratera, una naca, como la mayoría de los mexicanos, además, es morena (los otros tres se han hecho cirugías y tratamientos faciales) y que ni siquiera sabe mirar a las cámaras. Y entonces ¿por qué la atacan? Luego me enteré que las encuestas la ponen en primer lugar, entonces me di a la tarea de hacer lo que siempre he hecho, pues carezco de recursos para levantar encuestas, hice un sondeo de opinión entre hombres, amas de casa, jóvenes y gente de a pie aquí en Chicoloapan, y la mayoría me contestó: “ojalá y ya saquen al PRI, mejor que gane Delfina”.  Otros dijeron que los obligan a poner cartulinas del primo de Peña, pero que van a votar en contra del PRI.

Coincido con la mayoría de ustedes, mis queridos ciudadan@s, es hora de cantarle las golondrinas al PRI. Casi un siglo de gobernar el Estado de México con los Del Mazo, los Montiel, los Peña y Eruviel, los Hank (el que decía que “un político pobre era un pobre político”), y ya ven cómo estamos.

Es cierto que esta es una elección nacional. Todos los ojos del país están atentos a lo que suceda en nuestro territorio. Es cierto que esta elección es parte de la del 2018. Por eso las fuerzas políticas se están alineando hacia uno u otro bando: O la continuación del sistema de corrupción e impunidad que sostiene al PRI, o un cambio de régimen. En este escenario las dos fuerzas que se están agrupando son, por un lado, el PRI y su aliado, el PAN y, por otro, la oposición agrupada en torno de MORENA y su líder Andrés Manuel López Obrador. Lo demás es pitorreo. ¿O acaso alguien en un análisis sensato cree que otro partido realmente enfrenta al sistema?

Entonces, la primera parte de la jugada para derribar al PRI, es la elección del Estado de México. Por eso la guerra encarnizada en contra de la profesora Delfina Gómez Álvarez, quien concita las aspiraciones de millones de mexicanos que la ve como la posibilidad de echar al PRI de su madriguera. No es casual que a los otros candidatos “de oposición” ni siquiera se les mencione.

Entremés histórico.
Patético el final de un registro partidario que fue resultado de las luchas históricas de la izquierda mexicana: El Partido Comunista Mexicano compitió en el proceso electoral de 1976 de forma simbólica, con Valentín Campa. Simbólica porque carecía de registro oficial. Fue memorable, por muchos años, el entonces llamado “zócalo rojo” (ironías de la política, porque el rojo era el color de los comunistas, a quienes les decían “rojillos”. Ironías, porque ahora los rojos son los del PRI). Luego de ese lleno total en la plancha del zócalo, el PCM les arrancó el registro como partido político, y empezó su participación en procesos electorales, manejados por el mismo gobierno, de ahí que nunca se podía saber el resultado real de las elecciones, donde siempre ganaba el PRI. Una década de luchas, movimientos y diálogos entre los grupos y partidos de izquierda fue unificando las propuestas. El PCM abandonó su nombre y, junto con otras organizaciones, formó el PSUM (Partido Socialista Unificado de México). Luego en alianza con el PMT., constituyeron el Partido Mexicano Socialista, utilizando el registro que venía del PCM y luego PSUM. Se mantuvieron al margen de ese acuerdo dos partidos: el PRT, que tenía una posición más radical y crítica; y el PST, de oscuros nexos con el gobierno, que encabezaba Rafael Aguilar Talamantes y Jesús Ortega Martínez. En 1987-1988 un fenómeno político electoral encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas cimbró al sistema y lo partió en dos; el lema central: Democracia, hacer efectivo el sufragio de los ciudadanos. Se creó el Frente Democrático Nacional. Luego del vergonzoso fraude electoral que impuso a Salinas, Cárdenas, para evitar un baño de sangre del pueblo, llamó a formar un nuevo partido el Partido de la Revolución Democrática, utilizando el registro original del PCM-PSUM-PMS, es decir, en la forma legal fue cambio de nombre, no creación de nuevo partido. Como se sabe, en el sexenio de Salinas el PRD fue atacado por todos los frentes y tuvo más de 600 muertos. Pero se consolidó como un partido nacional opositor y comenzó su avance, hasta que se apoderaron del control del aparato del partido los históricos chuchos, quienes en 2012, firmaron un pacto con Peña. He ahí lo patético, un registro partidario (PCM) ganado para instaurar un régimen democrático y un sistema igualitario, terminó de emblema para la firma de un pacto con el PRI y su jefe Peña, para revitalizar el sistema de corrupción e impunidad. ¿Qué diría Valentín Campa y los luchadores sociales que fundaron el partido como instrumento para derrotar al PRI sistema?

Voto útil o voto razonado.
En diversas regiones del país han extirpado este cáncer que está acabando con la salud pública del pueblo mexicano. Pero su raíz está arraigada, como mala yerba, en el Estado de México. Si aquí extirpamos esa raíz, se acaba el sistema priista. Entonces, si logramos que pierda el PRI en el Estado de México, ayudaremos a otros mexicanos de otros estados. Le haremos un favor a la República y cumpliremos dignamente con la parte que nos toca para sacarlos de los Pinos en 2018 (y de paso de la presidencia de Chicoloapan). Es ahora. Es posible. Abstenerse, anular o votar por quien no tiene ninguna posibilidad de ganar, es un desperdicio histórico de nuestra fuerza popular: El voto. Todas las encuestas (cuchareadas o no) coinciden: quien tiene la probabilidad de ganar es Delfina Gómez Álvarez, es Morena. En tus manos está la decisión mí querido lector: ¿O dejamos al PRI o lo sacamos del Estado de México? Yo ya decidí ¿y tú?

Juan Bautista Mendoza

Un moreno ciudadano


martes, 21 de marzo de 2017

Relatos desde Regina VIII-B



Doña Pachita
Por Roxana

El día de tianguis de la colonia se ponía un puesto de tlacoyos y quesadillas donde mis hijos y yo solíamos almorzar. Casi siempre llegaba allí una viejecita completamente encorvada, vendiendo cepillos dentales que nunca vi que comprara nadie. La dueña del puesto, mujer generosa y sencilla, en cuanto la veía le regalaba un tlacoyito o una quesadilla, y le ofrecía asiento. En una ocasión aquella viejita hizo plática conmigo, ofreciéndome sus cepillos. 

-¿Son sus niños? -Pregunto. 

-Asentí con la cabeza.

-Cuando crezcan, cuiden a su mamá. Sobre todo cuando sea una ancianita como yo -les dijo con una desdentada sonrisa.

Reímos todos. Al reconocerla le pregunté:

-¿Ya no vende pepitas? –pues recordé que mi marido le compraba semillas de calabaza, que cargaba en una canasta ofreciéndolas en la avenida principal.

-No niña, ya no aguanto la canasta, ni los pies me dan para tanto –dijo lamentándose.

-¿Y vende bien sus cepillos?- pregunté.

-No, pero con algunos pesitos que saque aunque sea nomás los viernes, la voy pasando el resto de la semana. Además aquí no falta quien me da una frutita, una verdurita y hasta mi quesadilla con mi refresco, como aquí, Doña Mari que es tan buena. Fíjese que hasta el dueño de la vecindad desde que me quedé sola, no me cobra ni un peso de renta; Dios los ha de socorrer a los dos- contestó la mujer.

-Si, no cabe duda que hay gente buena- comente, pagando y despidiéndome de ambas mujeres.
Semanas después, regresamos al puesto, y platicando con Doña Mari le pregunté por la ancianita de los cepillos.

-Ya murió Doña Pachita, pobrecita, va a ser un mes- me informó.

-Ya estaba muy grande si quiera descansó. ¿Cómo su familia la dejaba trabajar y andar sola? ¿Qué no tenía hijos o algún nieto que la acompañara? ¿Por qué vivía sola?–pregunté.

-Vivía nomás con su hija, quien se dedicó a cuidarla. Ni siquiera se casó para no dejar sola a su mamá. Rentaban un cuartito en una vecindad, y la hija trabajaba en la maquila. Doña Pachita preparaba sus pepitas y salía a venderlas para ayudarla con los gastos. Así vivieron muchos años- contó Doña Mari sin dejar de echar las tortillas al comal.

-¿Entonces que pasó? –pregunté intrigada.

-Nada, la hija fue muy buena con ella, nunca la abandonó, pero se murió hace dos o tres años, ya no me acuerdo bien. ¿Quién iba a pensar que una mujer fuerte y sana se fuera antes que su anciana madre? Pero la vida tiene sus caprichos. Un día que venía de trabajar, unos maleantes asaltaron la micro en que viajaba y uno de los pasajeros sacó una pistola, y en la rebambaramba una bala perdida le quito la vida. Con el poco dinero que le dieron a Doña Pachita, pagó los gastos del funeral y fue estirando lo que le sobró hasta que se le acabó. Así que sobrevivió vendiendo pepitas, cepillos y al final, de la caridad de sus vecinos, quienes sabían que muy pronto madre e hija se reunirían en la muerte. Se cooperaron entre todos para darle cristiana sepultura y el gobierno les dio una fosa en el panteón. ¿Le pongo salsa verde o roja a su tlacoyo?- me preguntó la mujer.

-Verde- conteste. Vaya que esta vida tiene caminos escabrosos para algunos -comenté.

Tomado de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan

Relatos desde Regina VIII



 El Ventanal
Por Roxana

Amanecía cuando me despertó el chirrido de la ventana al deslizarse sobre su carril. Yo me encontraba acostada de espaldas al ventanal. Un viento helado penetró a mi recámara. Escuché claramente que alguien o algo se aproximaba a mi cama. Sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal, tan fuerte que me inmovilizó. Me dio tanto miedo que me tapé con las cobijas y me hice bolita. 

Debo aclarar que el departamento donde yo vivía, estaba en el tercer piso y no tenía ningún tipo de terraza, balcón o barandal, sólo vidrio, de pared a pared y de piso a techo. No había manera de abrir por fuera ni de escalar hasta ahí. Sentí claramente el peso de un cuerpo recostarse sobre el colchón, muy pegado a mi, luego unas manos apoyándose en mi costado. Seguía sin poder moverme. Estaba aterrada. Percibí un intenso olor a tabaco y a alcohol. Tuve ganas de vomitar, de pedir ayuda a mi familia, pero consideré que sería inútil, pues a esa hora todos estarían durmiendo. De pronto sentí como el tipo, ente o lo que fuera se inclinó encima de mí y unos cabellos largos y mal olientes rosaron mi cara. Estaba a punto del colapso cuando alguien abrió la puerta de mi recámara. Era mi papá.

-¡Arriba flojonaza! Se te va a hacer tarde.

Cuando mi padre dijo esas palabras sentí como se quitaba el peso de mi cuerpo. Me enderecé y volteé hacia el ventanal. Estaba abierto. Mi padre siguió mi mirada y se extraño que estuviera abierto. Me preguntó cómo lo había abierto ya que, por seguridad, el mismo lo mandó soldar pues en algún tiempo de mi infancia yo había tenido episodios de sonambulismo.

-No lo sé- Yo no fui. Te lo aseguro. Ni tampoco sé cómo entró el sujeto que estaba aquí hace un rato -dije y me solté a llorar desconsoladamente.

-Eso ha de haber sido una pesadilla. Tranquila, chiquita, no pasa nada. Aquí estoy y te aseguro que nadie va a hacerte daño. Ya no te angusties. Mira, mientras te bañas y desayunas voy por el herrero para que la vuelva a soldar. Tú relájate. Ah, y no le digas nada a nadie. Ni a tu mamá ni a tu hermana porque son muy miedosas –dijo, más preocupado que yo.

-¿Tú sabes qué está pasando?- pregunté.

-No estoy seguro pero, según los vecinos, en este departamento exactamente en este cuarto vivía un hombre que se suicidó, aventándose por el ventanal, cuando la mujer le quitó a los hijos y lo abandonó -contó mi padre, acariciándose el bigote, pensativo.

Los siguientes dos meses que vivimos ahí no pude dormir, hasta que se vendió el departamento. Pedí asilo en el cuarto de mi hermana, pero el miedo era superior a mí. Sólo logré descansar cuando nos alejamos para siempre del edificio. 

Tomado de la Sección de Horror de LA GACETA DE CHICOLOAPAN

sábado, 11 de febrero de 2017

La Columna Incómoda

¿Unidad con quién y para qué?

Ahora resulta que los responsables de la quiebra del país se asumen como sus salvadores. Es cierto que millones de mexicanos nos sentimos indignados por los exabruptos del malandrín del copete color zanahoria (Trump); más aún, ese malestar se incrementó cuando el del otro copete (Peña) lo invitó a Los Pinos (el secretario de Hacienda tuvo que renunciar). Y ahora, cuando ciudadanos, organizaciones y distintos personajes deciden accionar para manifestar el rechazo social, los gobernantes y su séquito de aplaudidores, se montan en esa ola para impulsar “la unidad de todos los mexicanos”. En un intento de presentar a un presidente, a quien 9 de cada 10 ciudadanos no le cree, como el adalid de la defensa nacional. Que patético fue ver cómo recibió a un grupo de mexicanos deportados y ofrecerles un país de oportunidades de empleo y educación. Señor Peña: Si hubiera empleos bien remunerados en México los millones de migrantes no habrían dejado el país.

Más patético resulta que el presidente, sus secretarios, los diputados, senadores y los políticos convoquen a la unidad, dejando de lado cualquier tipo de bandera, mientras que, por otro lado, nos atizan incrementos desmedidos en gasolina, gas y electricidad y, en consecuencia, en la mayoría de los servicios y productos que todos utilizamos. Dicen que porque los precios han subido en todo el mundo, y que lo hacen por el bien de los mexicanos. Yo pregunto: si la referencia son los precios internacionales ¿Por qué los sueldos y salarios no se ajustan como los del resto del mundo? Si en Estados Unidos la hora laboral la pagan, en promedio, a 10 dólares, entonces en México la hora mínima tendría que pagarse en 200 pesos. Pero no. Aquí se pagan 10 miserables pesos por hora.

Ya los grandes empresarios se apuntaron, previas sus condiciones, para apoyar al presidente en la renegociación del tratado de libre comercio, argumentando que los momentos de crisis representan oportunidades. Es verdad, siempre a los grandes empresarios y a los políticos les ha ido muy bien. No así al resto de los mexicanos. Y si no echemos una ojeada rápida al sistema político priista de los últimos cuarenta años.

Cuando a mitad de los años 70 la economía del país empezó a tambalear, luego de las ocurrencias y despilfarros de un presidente que padecía incontinencia verbal (Echeverría), se nos informó que el peso debía de ser devaluado, para bien de todos los mexicanos. Vino al relevo un personaje histriónico y bonachón que llegó pidiendo perdón a los pobres del país por el abandonado en que se les había tenido desde tiempos inmemorables, pero que con su llegada todo iba a cambiar. López Portillo nos dijo que la “solución somos todos” y que nos preparáramos para administrar la abundancia, porque si algo iba a sobrar era dinero. Nos convertíamos en un país petrolero. Y fue cierto, los funcionarios y los políticos se dieron el ‘atascón’; se crearon nuevos ricos, la corrupción y el nepotismo se fue a las nubes. El despilfarro fue de tal magnitud que al terminar el sexenio prácticamente declararon al país en bancarrota; el peso se hundió, el histrión presidente nacionalizó la banca vociferando: “¡Ya nos saquearon! ¡No nos volverán a saquear!”. Diputados y senadores aplaudieron de pie el “acto patriótico”. Los medios y los corifeos del régimen convocaron a una gran manifestación de unidad nacional para apoyar las acciones del adalid defensor de los pobres, a quien la gente le puso el apodo de “El Perro”, porque prometió defender el peso como tal.

En 1982 el nuevo mandamás (Miguel de Lamadrid) nos informó que venían momentos difíciles para el país, que no habría dinero, que había que apretarse el cinturón, pero aunque la medicina era fuerte, se hacía por el bien de los mexicanos. Los salarios de los trabajadores se ajustaron, la inflación llegó a 180%. El descontento social fue creciendo y el sistema priista optó por cancelar el desfile obrero que se realizaba cada 1 de mayo, pues se convirtió en manifestación de protesta contra el presidente y el sistema político. Los sismos de 1985 catalizaron el descontento, pues permitió a los ciudadanos conocer su fuerza colectiva, las acciones de la sociedad civil rebasaron el anquilosado sistema y su gobierno. La palabra solidaridad se hizo realidad en las calles. Ese movimiento social de inconformidad hizo eclosión en 1988m en la forma de una contienda política y electoral cuya cabeza fue un personaje que, en su nombre y apellido, integraba dos símbolos representativos para los mexicanos: Cuauhtémoc Cárdenas. El movimiento hizo cimbrar los cimientos del sistema político priista, que ese 6 de julio “se cayó el sistema”. El aparato del Estado nunca mostró el verdadero resultado de esa elección.

Se impuso a un personaje que llegó a ser casi un rey y terminó exiliado en Dublín (Carlos Salinas). Desde antes, Salinas impulso una serie de pactos entre los grandes empresarios y los líderes sindicales afines al sistema, para reorganizar la economía y repartirse el pastel. Se privatizó la banca, los diputados y senadores aplaudieron de pie esta acción pues se realizaba por el bien de los mexicanos. Las empresas del gobierno, que habían sido botín de los políticos, se remataron entre el selecto grupo de amigos empresarios (Teléfonos de México es un caso representativo de esas medidas). Se realizaron muchas reformas, para el campo, para la economía, para las iglesias, todas para el bien de los mexicanos y se nos anunció que nos preparáramos, pues dejaríamos de ser un país del tercer mundo para ingresar al primer mundo. Se firmó un tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá y nos dispusimos a hacer grandes y jugosos negocios. Como signo de que el nuevo rey era el adalid de todos los mexicanos, se institucionalizó el concepto que había surgido de la sociedad civil: Solidaridad se convirtió en el programa del presidente mediante el cual regalaba dinero, despensas, agua y drenaje, luz, desayunos. Los medios nos llenaban de comerciales y los corifeos pedían a los mexicanos que, cada que se tocara el himno nacional en la televisión, nos pusiéramos de pie y colocáramos la bandera nacional en nuestras casas y nuestros vehículos. Era el momento de la unidad nacional. Surgieron nuevos ricos (en la calle un ciudadano preguntaba si sabías cómo se decía Carlos Salinas en libanés y otro contestaba: Carlos Slim). 

La corrupción no tuvo límites. En su libro “¡Escuche, Carlos Salinas!”, el periodista Miguel Ángel Granados Chapa documentó algunos ejemplos de la corrupción del sistema político priista. Entre otros, menciona el gran negocio del hermano incómodo del presidente con la compra y venta de maíz en Conasupo. El mecanismo era simple: un camión cargado de toneladas de maíz descargaba el producto y cobraba a precio de garantía. Por la puerta de salida, otro camión compraba esas toneladas de maíz a precio subsidiado (es decir a menor costo). Luego este camión daba la vuelta a la manzana y volvía a entrar a la bodega para vender el maíz, para volver a comprarlo. Para evitarse la fatiga, el camión que entraba ya ni siquiera bajaba su carga. Por una puerta entraba como vendedor y salía por otra como comprador. Para hacer aún más fácil el negocio, al final los movimientos de entrada y salida de maíz se hicieron sólo en papel. El país terminó quebrado al finalizar el sexenio y el nuevo presidente (Ernesto Zedillo) pidió el apoyo del presidente de Estados Unidos para rescatar al país. Nunca sabremos cuales fueron las condiciones. Lo cierto es que la deuda siguió creciendo al ritmo de las fortunas de los políticos y su núcleo de empresarios consentidos. Luego de los fondos nacionales se rescató a los recién estrenados banqueros (Fobaproa). Todo por el bien de los mexicanos a quienes, para variar, se les pidió apretarse el cinturón.

El mismo sistema político priista diseñó su salida y recambio, facilitando la llegada de “otro partido”, el PAN, cuyos dirigentes fueron los aliados incondicionales de Salinas y sus reformas, y aprovecharon para colocar a distinguidos empresarios en la política y en los cargos. Fue así como en el año 2000 elegimos a un empresario bonachón, dicharachero y ocurrente Vicente Fox); un rancherote patán y mal hablado. Nuestro ‘Trump a la mexicana’, seguido de otro panista de cepa que decía tener “las manos limpias”. Estos gobiernos panistas mantuvieron la esencia del sistema e inyectaron vigor a los grupos priistas. Los hijos de ‘La Familia Presidencial’ hicieron grandes negocios y Calderón despilfarró los excedentes petroleros y desató una guerra que deja miles de muertos cada año.

Es sólo una ojeada rápida al sistema político donde los ciclos se repiten. La corrupción con Enrique Peña ha llegado a las nubes. Javier Duarte es sólo un ejemplo y el chivo expiatorio del sexenio, como lo fueron Díaz Serrano, “La Quina”, Raúl Salinas o Elba Esther Gordillo. Los grandes negocios y la corrupción permean todos los niveles, desde el primer círculo del poder hasta el último peldaño. La convocatoria a la unidad nacional y a poner, otra vez, banderitas y cantar el himno nacional, es la intentona del poder para desvirtuar el descontento social y la urgente necesidad de llevar a cabo acciones que paren en seco, no sólo al bocón norteamericano, sino, sobre todo, al sistema causante del desastre nacional y a la pandilla de politicastros que lo encabezan. Pues mientras ellos se embolsan bonos, sueldos de primer mundo, prestaciones y “moches” en obras, piden al pueblo que se ajuste el cinturón y soporte con gallardía y nacionalismo, los nefastos efectos de las reformas, pues todo es por el bien de los mexicanos. Eso dicen. ¿Usted les cree? Yo tampoco.
El descreído
Juan Bautista Mendoza
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