viernes, 2 de diciembre de 2016

Relatos desde Regina IV



El Intruso

Ese día, Nelson y sus compañeros de trabajo, salieron de la oficina más temprano que de costumbre. Tenían ganas de tomarse una copa pero no querían gastar mucho. Alguien propuso que lo mejor era comprar comida rápida, algo de beber e ir a casa de alguno de ellos. Barajando las posibilidades acordaron que la mejor opción era la casa de Nelson, cuya esposa tenía fama de amable anfitriona. Acordaron que sería una breve reunión, que terminaría temprano, para evitar molestias y porque al día siguiente había que trabajar.

Lucy, esposa de Nelson, se sorprendió al verlos llegar en bola, en plena chorcha y cargados con bolsas con bebidas y comida, pero, fiel a su personalidad, amablemente los recibió sin rechistar y enseguida puso la mesa para la inesperada reunión de amigos de su marido. 

Mientras los adultos comían, bebían y escuchaban música en la sala, los tres hijos de la pareja anfitriona, que tenían nueve, cuatro y tres años, se entretenían viendo la televisión en su recámara. Los invitados ignoraban que Nelson y Lucy estaban temporalmente separados, y que el hombre vivía con sus padres en tanto se reconciliaba con su mujer. Habían tenido diferencias como cualquier pareja, pero ambos tuvieron la prudencia necesaria para evitar discusiones y ofensas y se dieron un espacio. Nelson veía a los niños los fines de semana, seguía sufragando los gastos, pero no dormía en casa.

Transcurrió la velada y, al calor del alcohol, Nelson hizo pública su situación conyugal. Todos los amigos se involucraron en el tema y de inmediato emitieron su opinión, en uno u otro sentido. Menos uno. Dany, el más joven de todos, quien si bien escuchaba los lamentos de su amigo, no quitaba la mirada sobre la esposa, quien permanecía callada escuchando a los achispados compañeros de su marido. Lucy era una mujer bonita, de menos de treinta años. Cualquiera en su sano juicio se habría dado cuenta que al joven le gustaba la dueña de la casa, pero como estaban todos borrachos, nadie reparo en ello. Sólo Lucy, quien al ver la forma como la miraba el sujeto, les pidió que ya se retiraran, pues ella y los niños tenían que descansar. 

Atendiendo la sugerencia de su joven esposa, Nelson, con la mirada, invitó a todos a levantarse. Así lo hicieron. Se despidieron y se retiraron. El último en salir fue el esposo, quien le agradeció a Lucy su paciencia con sus compañeros y también se retiró.

La joven acostó a los niños y se puso a limpiar la cocina y a recoger el tiradero que dejaron los beodos. Al recordar la mirada del atrevido sujeto, un escalofrío le recorrió la espina dorsal, y deseó no volver a verlo jamás. Pensó en decirle tres o cuatro verdades al esposo el día que lo viera. “Qué ocurrencias de llevar borrachos a su casa sin avisarle”, pensó, molesta, la muchacha. Terminó sus quehaceres y se retiró a su cuarto. El sueño producto del cansancio la venció sin descalzarse ni desvestirse.

Todos dormían cuando se escuchó un fuerte golpe en el patio. Los niños despertaron y, espantados, corrieron al cuarto de su madre. Lucy se precipitó a asegurar puertas y ventanas. Al parecer alguien se brincó la barda y habría caído pesadamente en el patio. Encendió la lámpara del patio y vio a Dany, el amigo del esposo, agazapado en un rincón.

Los niños también vieron al hombre y, espantados, se pusieron a llorar. Lucy fue hacia el teléfono para llamar a la policía, pero el aparato estaba muerto; de seguro el intruso había cortado el cable. Resguardó a los niños en su recámara, y les indicó que, oyeran lo que oyeran, por ningún motivo salieran de allí. Apagó todas las luces de la casa y puso a hervir agua, con la intención de arrojársela a la cara en caso de que el tipo entrara a la casa. Decidida a defender su honor tomó el cuchillo más filoso que encontró y aseguró la puerta de entrada con una silla.

El tipo, al otro lado de la puerta, dijo amenazante:

-Señora, ábrame por las buenas. Porque por las malas pueden salir lastimados sus chamacos. ¡Piénselo!

Lucy no respondió. Se mantuvo atenta con la mirada fija en el recipiente donde hervía el agua. Rogaba a Dios para que el hombre no entrara. Un cristalazo la sacó de sus pensamientos. El joven había roto el vidrio de una ventana y forcejeaba con el pestillo. La mujer se armó de valor. Fue hacia allá y le enterró el cuchillo en la mano en repetidas ocasiones. Dany logró abrir la ventana y entró. Lucy corrió a la cocina, tomó la cacerola de la estufa y se le arrojó el agua hirviente a la cara. El hombre sintió el ardor. Sus aullidos resonaron en el silencio de la noche. La imagen era horrible, quemado y sangrando, con los pedazos de piel quemada colgándole por el rostro. Pero ebrio y enardecido por el innoble deseo por la muchacha, la perseguía por toda la casa.

Los niños, desobedeciendo la orden de su madre, salieron de la recámara al escuchar la gritería. Encendieron la luz y al ver la terrorífica escena corrieron hacia su mamá. Pero el intruso fue más rápido y de un zarpazo se apoderó del niño más pequeño, quien imploraba la ayuda de su madre. El hijo mayor vio el cuchillo que había quedado en el suelo y corrió a tomarlo. Se lo entregó a Lucy, quien sin dudarlo un instante, lo clavó repetidas veces sobre el cuerpo del verdugo. Este resistía, al tiempo que forcejeaba con el chiquillo, que intentaba zafarse de sus garras. Por fin un golpe certero con el cuchillo le atravesó la garganta y lo dejó sin vida.

Lucy tomó a sus hijos de la mano y juntos salieron huyendo de la casa. En el camino el pequeño se desvaneció. Los vecinos que habían escuchado el alboroto ya habían llamado a la policía y a la ambulancia. Los paramédicos atendieron al infante desvanecido, lo revisaron y encontraron que tenía una herida mortal en uno de sus pulmones. Entre la desesperación, los gritos y los forcejeos, Lucy había acuchillado la espalda de su propio hijo. En su intento por salvarlo lo había herido de muerte.

Roxana Martínez Huerta
Tomado de El Horror de La Gaceta de Chicoloapan

Relatos desde Regina III



Sagrario

Entre todas las lavanderas del barrio Sagrario se distinguía por ser limpia y esforzada.Nadie entregaba las camisas tan blancas y mejor planchadas que ella. Trabajaba de sol a sol para que a sus hijos no les faltara nada.

Cuando su marido abandonó el hogar y se fue a buscar fortuna a los Estados Unidos, Sagrario dejó pasar un tiempo razonable en espera de recibir el dinero que le enviaría para la manutención de la familia. Pero los meses pasaron sin recibir ni dinero ni noticias del “mojado”. Entonces se dispuso a hacer lo único que había aprendido en su pobre existencia: asear casas, cocinar, lavar y planchar.

Los insidiosos vecinos, como sucede siempre en estos casos, le decían que su marido nunca regresaría, por lo que, siendo ella tan joven y tan guapa, le aconsejaban que se buscara otro hombre y que se volviera a casar. Pero Sagrario no quería saber nada de parejas ni de ninguna relación. Y no porque quisiera mucho a Isidro, que así se llamaba el marido, sino porque había quedado harta de hombre. 

-Líbreme Dios de volver a los malos tratos. Isidro me ponía mis buenas golpizas, sin motivo ni razón. Así solitos, mis hijos y yo, la vamos pasando bien –aseguraba la mujer y argumentaba-. Además, estamos casados por la iglesia. Aunque Isidro nunca regrese, mi obligación es guardarle respeto, pues el padre de mis criaturas. No quiero que nadie me juzgue como mala madre y, menos, darles un padrastro, que quién sabe cómo me los trate. 

Los años pasaron. Los hijos de Sagrario crecieron. Unos se casaron, otros se murieron. Al final todos se fueron y la olvidaron. Fue entonces cuando empezó a sentir la soledad, deambulaba y hablaba sola entre los muros de su oscura casucha. 

Sus conocidas acostumbraban ir a bailar a los salones del rumbo en sus días de descanso. Una tarde la invitaron, le dijeron que se arreglara y que las acompañara. Sagrario aceptó esa invitación y las que siguieron después, pues se sintió tomada en cuenta y nuevamente acompañada. El ambiente le encantó, al grado que encontró en el baile el refugio a su vida solitaria.  Fue tanto el gusto, que se le volvió costumbre, casi vicio. Acudía a todos los salones y bailaba hasta quedar exhausta.

Fue en uno de esos salones donde hizo amistad con Perla, una muchacha más joven que ella, muy alegre y muy buena, pero con un terrible defecto: era alcohólica. Se hicieron muy buenas amigas y de alguna forma confidentes. Perla era muy reservada, a nadie le contaba acerca de su vida. Nadie sabía por qué siendo tan joven tenía ese vicio tan arraigado. 

Pero si al principio el vicio de Perla fue gracia entre sus compañeras, con el tiempo se convirtió en grosería y vergüenza para sus conocidos, por los escándalos que protagonizaba cuando estaba ebria, que era casi siempre. Terminaron por sacarla de su círculo de amigas. Sólo Sagrario permaneció a su lado, pues era su única amiga. La acompañó y le siguió el paso en sus continuas parrandas y acabó bebiendo alcohol al parejo de su joven compañera. 

La forma de vida de Sagrario cambió. Si antes era la primera en cumplir con su trabajo, ahora entregaba la ropa a destiempo; cuando podía, cuando no estaba ebria o cruda. Se volvió descuidada, sucia e irresponsable. En pocas palabras, se volvió alcohólica. Una fría madrugada en medio de la calle, vio morir a su amiga Perla a consecuencia de una congestión alcohólica. Volvió a quedar sola, aunque ahora tenía un refugio: el alcohol. Tomaba a diario.

Nadie le volvió a dar trabajo. La desalojaron de su humilde vivienda por no pagar la renta. Terminó prostituyéndose por cerveza, cigarros y tequila. Dormía donde podía o donde el trago la derrumbaba. La adicción al alcohol cobró su precio: se hinchó de forma grotesca. La cara se le abotagó y sus bellas piernas, de las que presumía en su juventud, se le llenaron de varices ulceradas y punto de reventar. La gente se refería a ella como Sagrario La Teporocha

Un día se juntó con un grupo de indigentes que pernoctaban en un local abandonado, que alguna vez fue panadería. Allí dormían, hacían sus necesidades, comían e inhalaban sustancias. Todo a la vista de la gente que por necesidad tenía que pasar frente a ese lugar nauseabundo.

Una fría mañana invernal un grupo de curiosos se arremolinó fuera del pestilente sitio de teporochos, preguntando que sucedía.

-Están levantando el cuerpo de Sagrario La Teporocha –Dijo una voz.

-¡Qué asco! Habían de prenderle fuego junto con todos sus compinches, para que se acabe este foco de infección. -Terció alguien más.

Roxana Martínez Huerta 
Tomada de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan

jueves, 1 de diciembre de 2016

La Columna Incómoda


“Los plazos se acortan y en política los plazos son la mitad, por lo menos, de la jugada” Carlos Fuentes en La Silla del Águila.
El proceso para elegir gobernador del Estado de México está en curso. A finales de enero iniciarán las precampañas. Los partidos políticos preparan sus jugadas. Morena probablemente aproveche esta etapa para fortalecer su posicionamiento, a través de dos de sus figuras estatales visibles, donde Delfina Gómez Álvarez tendría la mayoría de las simpatías de los morenos.

El PRI lleva a cabo una elección en la que se juega su permanencia, pues si pierde el estado seguramente perderá la Presidencia de la República, con el riesgo de desaparecer como partido competitivo.

En el PRD actúan como si estuvieran desesperados, buscando alianzas por todos lados, si es derecha o izquierda, no importa, la prioridad es la sobrevivencia. Por ello los panistas y los columnistas los ‘tientan’ con la zanahoria del gran bloque para desplazar al PRI.

Recordemos que hace seis años hubo una intentona aliancista PAN-PRD, que dejó colgados de la brocha a los ciudadanos, que auguraba una derrota del PRI. Igual a cómo se quiere mostrar ahora. Esa fallida alianza fue desactivada por dos personajes: Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón, gobernador y presidente de la república. El argumento: si el PRI perdía el Estado de México, se complicaba su “regreso” a Presidencia de la República, cuyo candidato inevitable era Peña Nieto. Los operadores, como se supo después, fueron Fernando Gómez Mont y Luis Miranda Nava, encargados de las secretarías de Gobernación y de Gobierno; aquél tuvo que renunciar cuando se conoció el escándalo. La paradoja fue que los medios culparon a López Obrador de impedir esa alianza. 

En esta ocasión participan nuevamente los mismos personajes: Enrique Peña y Felipe Calderón, quienes buscan evitar que el PRI pierda el Estado de México en 2017 frente al “nuevo enemigo”, Morena. Pues ante la debacle que vive el tricolor, existe el riesgo de que pierda su bastión político y económico. Entonces, de ser necesario, se entregaría la gubernatura, pero al PAN, como el primer paso hacia la Presidencia de la República en el 2018; ya no para Calderón, pues la Constitución no permite la reelección, sino para su mujer, quien garantizaría la sobrevivencia del PRI, como lo hicieron, en su momento, Vicente Fox y Felipe Calderón, y la impunidad del gobierno saliente.

No es casual que los grupos de poder hayan acarreado agua para su molino, con la coyuntura de la elección en los Estados Unidos, donde “una mujer”, según ellos, ganaría por primera vez la presidencia. ¿Quién no recuerda las patéticas imágenes de legisladoras panistas con la playera de La Clinton en la sede del congreso? ¿Qué dirían los mexicanos si los diputados y senadores o los funcionarios norteamericanos se pusieran la playera de La Calderona, apoyando abiertamente a la derecha mexicana?

Ante el cada vez más probable triunfo de López Obrador en el 2018, ya se echó a andar la aplanadora en los medios: todos contra Obrador. Mientras las televisoras ceden espacios y entrevistas benévolas a las ‘Hilarys’ mexicanas: Josefina y Margarita, quienes reciben el trato de finas damas y de mujeres adalides de la libertad y la lucha por los desheredados. Ya hasta tenemos telenovela (‘La Calderona’, digo ‘La Candidata’).

Y el PRD, desesperado por sus porcentajes nacionales de un dígito, es tentado por ese grupo, para que se sume al proyecto de alianza con el PAN en el Estado de México y aíslen a Morena. Sus argumentos son respaldados por “encuestas serias” que favorecen a otra mujer; panista por supuesto, llamada Josefina.

La elección del Estado de México no es el laboratorio de la elección presidencial, sino la primera mitad de la jugada para el 2018. Aquí se juega la permanencia del proyecto neoliberal, que ha logrado crear a muy pocos muy ricos y a muchos millones de pobres, contra otro proyecto que quizá no sea el mejor, pero no se puede negar que es una alternativa diferente a lo que vivimos. Hasta ahora se ha impedido en México el triunfo de un proyecto de izquierda. Pero la gente ya se cansó del PRI y de la cínica corrupción. Las encuestas lo mandan al tercer lugar. ¿Qué sigue?

“A los tiranos no hay que suavizarlos hay que enfrentarlos.” Enrique Krauze.
En medio del desconcierto y la desazón, pregunto: ¿A quién le importa Chicoloapan? ¿Un concepto, un pueblo, un ciudadano? Qué más da. Si al final todos los políticos buscan lo mismo, su bienestar familiar. Quién esté limpio de tranzas que lance el primer discurso. Ay sí, ya vendrán los del PRI y los del PRD para decirnos lo preocupados que están por nosotros. Nosotros, los miserables, los pobres, los sin importancia, los que aparecemos en los padrones de prospera, de oportunidades y de todas esos listados del oprobio y la vergüenza nacional. 

Pero si sigo escribiendo así, muy rápido me van a replicar que hablo porque estoy contaminado del mal humor social, de ver sólo lo malo sin ver lo bueno, que es lo que cuenta. Pero yo les digo que lo único que veo es la miseria cultural y la corrupción, o sea, el robo público impune y sin castigo de la mayoría de los políticos. Veo cómo los gobernantes, que de gobernantes no tienen nada, son más cínicos cada vez y, con la mayor desfachatez, distribuyen limosnas mientras se reparten el presupuesto entre ellos y sus familias. Y hasta lo presumen en las redes sociales. ¿A quién le cabe en la cabeza presumir que cada vez repartimos más limosnas, es decir, que cada día hay más pobres en México? Es la miseria cultural, digo.

¿Que quién manda en Chicoloapan? Hasta la pregunta ofende. Nada hay nuevo bajo el sol, y como decía la voz popular en el tiempo del ‘Maximato’: “Aquí vive el presidente. El que manda vive enfrente”. O como me dijo, convencida, una figura de primer nivel dentro del gobierno municipal: “Si con el anterior estábamos mal, con éste estamos peor”.

Juan Bautista Mendoza

P.D. Para evitar contagiarlos de mi mal humor social, cedí varios meses este espacio a otras voces, con entrevistas. No soy monedita de oro. Unos aceptaron, otros me hicieron el fuchi. Otro, más diplomático, dijo que sí, pero nunca dijo cuándo. Hice dos veces las solicitudes de audiencia con su secretaria, otra con su particular y una más con uno de sus cercanos, quien incluso dijo: “yo creo que ya mero, pues estamos por iniciar grandes obras”. De eso ya pasaron diez meses. Así que mis queridos ciudadanos, estamos de regreso. Se tendrán que soplar los desvaríos de este columnista que cuenta lo que no se cuenta, pero tomen en cuenta que hay quien me quiere descontar, y ya pa’ que les cuento si ya saben quiénes son. Ahí les encargo.

Consulta tambien La Gaceta de Chicoloapan

sábado, 26 de noviembre de 2016

Relatos desde Regina II


Lucha
En el barrio todos conocíamos a Lucha y su atípica relación con su amasio, un turco propietario de una cafetería ubicada en el pasaje de Regina y Mesones, en el centro de la ciudad de México. Habían procreado siete hijos que iban desde el que estaba a punto de titularse como contador público hasta el de seis años, que iniciaba la primaria.
El turco, seductor y atractivo, se caracterizaba por ser un irresponsable con la manutención de su mujer y de sus hijos. Con el pretexto de que su religión, familia, raza y costumbres le impedían casarse con Lucha, porque era mexicana, católica y pobre, continuaba, a sus cuarenta años, con su vida de soltero y de hijo de familia, y de esa manera embarazar a Lucha en siete ocasiones.
Contrario a lo que se pudiera suponer, la mujer aceptaba la situación sin ningún reproche y se contentaba con las esporádicas visitas del turco, quien era bienvenido a casa y respetado por los hijos que lo trataban a cuerpo de rey. Pero pasados los momentos de amor, Lucha regresaba a su precaria realidad y a las urgentes y cotidianas necesidades de sus hijos. Entonces la mujer se multiplicaba y hacía  de todo para sobrevivir: vendía productos de belleza por catálogo, elaboraba y entregaba gelatinas en las tiendas, hacía limpieza en las casas, lavaba y planchaba ajeno, pero aún así no le alcanzaba el dinero para mantener tantas bocas.
La desgracia le cayó encima el día que su hijo más pequeño se enfermó de gravedad. Lo primero que hizo fue llevarlo al dispensario para pobres donde un médico pasante lo atendió, le recetó algunos medicamentos y la regresó a su casa. Pero lejos de mejorar, en la madrugada, como siempre sucede con las enfermedades, el niño empeoró. Desesperada envolvió como pudo al hijo, lo tomó en brazos y salió a la calle a conseguir dinero prestado para llevarlo a un doctor particular, pero nadie pudo ni quiso ayudarla En la oscuridad de la noche, abatida y creyendo que su hijo moriría por culpa de su pobreza, Lucha se derrumbó sobre una banqueta y se puso a llorar. Así estuvo un buen rato hasta que un hombre ebrio la abordó, confundiéndola con una mujer de la vida galante. Lucha vislumbró una oportunidad de salvar a su hijo. Aceptó la invitación y, con todo y el crío ardiendo en fiebre, se fue con el desconocido al hotel de la esquina. Así se inició en el viejo e infame oficio, de vender su cuerpo para mantener a su familia.
A partir de entonces, los vecinos del edificio la veían salir a las nueve de la noche en punto impecablemente maquillada, perfumada y limpia. Todos decían que Lucha había conseguido un trabajo de afanadora nocturna en un hospital, y de alguna forma era admirada y reconocida en el vecindario.
Pero nunca falta un pelo en la sopa, ni una serpiente en el Edén. Cierta noche un amigo de sus hijos la vio trabajando y corrió a contarlo a todo el mundo. Los hijos, enfurecidos, confrontaron a Lucha con gritos y majaderías y acordaron echarla de su propia casa “pues no podían compartir el mismo techo con una mujer pública, que los había llenado de vergüenza y deshonra”. Pero lo que más les preocupaba era lo que pensarían el padre y su familia y el barrio entero.
Por su parte, decepcionada de su malagradecida familia, Lucha se fue a vivir lejos del rumbo, y rentó a un cuarto de azotea. Al principio sintió que iba a extrañar a la bola de zánganos mantenidos, pero con el paso de los días, ya sin la pesada obligación de alimentar ni ser la sirvienta de siete haraganes, egoístas e ingratos, se sintió aliviada. Ahora lo que ganaba era para ella sola. Atrás habían quedado los pleitos y disputas entre los hijos. Disfrutaba tanto de su nueva situación y del silencio de su humilde cuarto, que a veces le remordía la conciencia sentirse tan bien.
Pero su tranquilidad duró muy poco. Al quedar sin dinero, orden ni limpieza, sus hijos se olvidaron de la vergüenza y el miedo al qué dirán, y fueron en busca de su madre. Le pidieron y le rogaron que volviera a su casa “estaban dispuestos a perdonarle todo con tal de que regresara”. Lucha los escuchó con calma y les prometió regresar al día siguiente.
Pero no regresó al otro, ni ningún otro día. Había comprendido la ingratitud y el egoísmo de su familia y el desinterés del padre por sus hijos. Se consoló pensando que ella nunca los dejó morir de hambre. Los había criado sanos y fuertes. Tomó sus pocas pertenencias y se perdió en el anonimato y en la inmensidad de la ciudad. Nadie supo nunca más de Lucha, la de Regina 63.

Roxana Martínez Huerta
Tomado de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan

sábado, 19 de noviembre de 2016

El Monte de Los Olivos

En el invierno de 1994 tuve la posibilidad de conocer un centro de rehabilitación para adictos a la heroína. Fue en la ciudad de Tijuana. En ese entonces el ambiente social era fúnebre, olía a sangre y a asesinato. Cerca de allí, meses antes, en Lomas Taurinas, mataron a un candidato a la presidencia de la República. El centro de internamiento para heroinómanos estaba construido en una de esas lomas que circundan la ciudad, era un edificio de un nivel rodeado de árboles de olivo, que los antecesores plantaron y que ahora lucían frondosos. Esa era la causa de que su director se refiriera al establecimiento como ‘El Monte de Los Olivos’.

Hacía frío y la zona era árida. Cuando ingresé al lugar yo esperaba encontrarme con salas hospitalarias, camastros y adictos encamados y moribundos. Nada de eso. Más bien lo que vi fueron amplios salones, cubículos para la dirección, la administración, la cocina, un comedor y consultorios para psiquiatras, médicos y psicólogos. El patio estaba habilitado como cancha de basquetbol y voleibol. Al fondo, el pabellón de los internos. El director me invitó a una de las sesiones terapéuticas de los adictos que daba inicio en ese momento. Un grupo reducido de no más de veinte personas ocupaban las sillas colocadas en círculo. La mayoría varones. Sólo dos mujeres, quienes resultaron ser una psicóloga y una trabajadora social, es decir, personal del equipo médico. Quince eran los internos. Todos mayores de treinta años, no había jóvenes. Con excepción de sus miradas vidriosas, ninguno presentaba características de enfermos. Todos mostraban cuerpos sanos y enérgicos. Al terminar la terapia colectiva se prepararon para realizar actividades deportivas.

El director del centro, un psiquiatra alto, esbelto de unos 45 años, con espejuelos, actitud seria y don de mando me instruyó sobre el asunto: “En Tijuana el problema de adicciones no es ni la mariguana ni los inhalables, es la heroína. La heroína sí es una droga, muy pesada y muy adictiva; destruye rápidamente la voluntad del adicto. Una vez enganchado, el adicto a la heroína vive exclusivamente para consumirla. Nosotros, aquí en Tijuana, nos reímos de los problemas de dependencia de que se habla en la ciudad de México, mariguana e inhalables. Aquí puedes ver a los niños y adolescentes fumando mariguana o con su mona en la mano, pero no representa un problema mayor; quizá los inhalables, por los daños que puede ocasionar al organismo. Claro, comienza a ser preocupante el consumo del ‘crack’ y ‘la piedra’. Pero un heroinómano es otra cosa. Los heroinómanos abandonan el núcleo familiar y social, viven para la droga. El problema del adicto empieza cuando sólo les queda una dosis en la bolsa. Es decir, tenían dos, pero ya se inyectaron una; entonces cuando pase el efecto y se inyecten la última dosis, saben que están en graves problemas. Por eso, antes de inyectarse la última dosis, roban, se venden, asaltan, hacen lo que sea para obtener dinero y poder comprar otra dosis. Cuando lo obtienen y compran su segunda dosis viene un corto periodo de calma. Luego se inyectan la que traían en la bolsa, y el ciclo de horror se reinicia; y entre más se inyectan mayor es la dependencia y la destrucción del organismo.

"¿Pero por qué en Tijuana existe este problema? ¿Por qué es un problema de adultos? Como se sabe, Tijuana es un punto de arribo de multitud de migrantes nacionales y centroamericanos, que abandonaron sus pueblos y a sus familias, caminaron miles de kilómetros con el objetivo cruzar la frontera y hacer realidad el sueño americano. Pero resulta que la mayoría no logra cruzar o son deportados, rechazados, es decir, literalmente, expulsados. El impacto emocional y mental es brutal. Su última esperanza de obtener un empleo, ganar dinero y construir una vida mejor para su familia, se derrumba. Se convierten así en presa fácil para los enganchadores de droga. Míralos, me dijo señalando a los andrajosos que caminaban en las calles o estaban tirados sobre las banquetas o bajo los puentes. Míralos. Esos hombres y mujeres en plenitud que ayer soñaron un mundo mejor, hoy están reducidos a piltrafas humanas que deambulan como zombis, sin esperanza ni razón de vida, matando y robando para poder conseguir la droga.  Esto sí es un problema, no la mariguana.”

En el centro de internamiento a los pacientes los mantenían en actividad permanente, para evitar cualquier forma de inacción, pues el síndrome de abstinencia los persigue como su sombra. Los internos se levantan muy temprano, toman un desayuno especial, sin chile ni alimentos muy condimentados, debido al estado de afectación de sus estómagos. Practican muchas horas de deporte, principalmente aquél que implique trotar, luego vienen las sesiones terapéuticas, horas de lectura, música. Por las noches personal médico permanece siempre en el dormitorio colectivo, pues son constantes las pesadillas, las crisis de angustia y los calambres de la abstinencia. Descontando estos eventos, considerados comunes y normales en pacientes heroinómanos, las noches son apacibles, menos cuando hay un nuevo ingreso.

El pabellón de internamiento contaba con dos dormitorios, uno para mujeres y otro para varones. A la entrada de ambos estaba “El cuartito”, como le dían todos, una habitación de dos metros cuadrados con el piso y las paredes acolchadas, donde pasa su primera noche el nuevo interno. Una regla del centro es: ‘cero drogas’. Así, cuando era aceptado un nuevo adicto, el protocolo de ingreso retira la droga de tajo. "En este centro rehabilitamos, no sólo desintoxicamos, como sucede en la mayoría de los centros privados", afirmaba tajante, el director. Entonces, en su primera o primeras noches, dependiendo del grado de adicción, el paciente es recluido en ese lugar. En esa velada, mientras los demás internos intentan dormir, de pronto se escuchan aullidos, gritos de dolor del adicto que, literalmente, se azota contra las paredes ante el embate de dolor que le provoca el síndrome de abstinencia. Los demás internos escuchan los gritos y se genera una psicosis colectiva. Los adictos tiemblan, sudan y no pueden dormir. Los especialistas afirman que esto es parte del proceso terapéutico de rehabilitación, pues los internos saben que ellos también vivieron esa etapa, sintieron esos dolores físicos, también ellos aullaron de dolor y se abalanzaron contra las paredes acolchadas. Esos alaridos del nuevo interno les recuerdan lo que les espera si recaen en la adicción. Esas noches personal técnico permanece en el dormitorio colectivo, incluido un psiquiatra y médicos listos a atender cualquier contingencia. Por la mañana sale el interno de 'El cuartito’ como si regresara del infierno, tembloroso, demacrado, enfermo. Le recuerdan que las puertas del centro siempre están abiertas. Si lo desea se puede ir, pero no habrá una segunda oportunidad. Si decide quedarse, todos le dan la bienvenida y se comprometen a ayudarle en el difícil proceso de aprender a vivir sin drogas.

Eso fue en el invierno de 1994, cuando el número de deportados o de migrantes que no lograban cruzar la frontera se contaba por cientos. ¿Cómo y de qué magnitud será ahora la problemática cuando los deportados se cuenten por millones? 

Juan Bautista Mendoza

Consulta también La Gaceta de Chicolopan