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jueves, 22 de noviembre de 2018

Relatos desde Regina


La Paisana

Por Roxana Martínez Huerta


Nadie la llamaba por su nombre de pila, en el barrio se referían a ella como La Paisana. Era una mujer mayor, muy alta y delgada, con unos ojos azules profundos y pizpiretos. Pero lo que más me llamaba la atención era su cabellera larga y blanca. Sus canas brillaban igual que el pelo de las rubias muñecas de mi infancia. Vivía sola en un departamento del segundo piso de una privada en las calles de Regina, el cual siempre mantenía impecable y con un toque acogedor. Como era muy pequeño, contrastaba con la estatura de la inquilina. Era gracioso ver a una mujer de casi dos metros moverse ágilmente en tan poco espacio.
La Paisana era muy simpática y dicharachera. Siempre tenía una sonrisa o una palabra amable para todos. Nunca la vi enojada ni triste. Yo era apenas una adolescente que fácilmente se impresionaba con sus anécdotas, sobre todo las que contaba de los artistas con los que trabajaba. Pues si bien se mantenía de lavar y planchar ajeno, su verdadero trabajo consistía en ser  extra de cine. Por eso hablaba siempre de María Félix, de Cantinflas y de todos los famosos del cine mexicano de esa época.
-Claro, yo nomás salgo en la bola, pero me encanta el relajo; y además gano mi buen dinerito -contaba riendo-. Donde sobresalgo es en una escena de Juana Gallo. Allí salimos corriendo todas las soldaderas, pero una taruga me pisó un guarache y salí volando para caer de cara en el lodo, jajá -reía con ganas de sus pequeños accidentes estelares, como les llamaba.
Cuando llevaba la ropa limpia a nuestra casa no faltaba quien le picara un poco el pico y, sin hacerse del rogar, nos contaba historias de su tierra, de brujería o de amores que tuvo en su juventud; en especial siempre hablaba de un hijo al que nunca veía. Todas sus historias me parecían muy interesantes aunque en mi casa nadie le creía ni media palabra. Decían: “Esa paisana es más larga que la cuaresma, ¿quién le va a creer tanta babosada?”. Verdades o mentiras, era fascinante escucharla.
Por las tardes, cuando terminaba de planchar, se servía un caballito de charanda, y se sentaba en su mecedora a escuchar música. Entonces aparecía la nostalgia en su rostro cuando pensaba en su terruño. Una de esas tardes me hizo una confesión:
-Muchacha, te voy a confiar un secretillo. Como ves ya estoy muy vieja. Toda mi vida he trabajado y he ahorrado alguito, tampoco creas que mucho. Últimamente he pensado que la huesuda ya no tarda en llevarme, pero no quiero morir aquí. Quiero regresar a Colima con mis parientes. Con el hijo ya ni cuento, se casó y se olvidó que tenía madre. Pero lo más seguro, y si tengo todavía fuerzas, es que pronto me regrese a mi tierra. Pero en el caso de que me agarre la muerte durmiendo, no quiero que me echen a la fosa común. Te voy a enseñar el lugar en donde tengo mi guardadito, dispón de él. Ya que me hayan enterrado, si te sobra, pues ahí te lo gastas en lo que se te antoje –dijo la mujer levantándose para mostrarme su escondite.
Fuimos a la cocina y movimos la alacena. Quito un tabique de la pared y sacó un envoltorio, lo desató y me mostró una gran cantidad de billetes y algunos centenarios. Al ver la cantidad le sugerí que mejor lo metiera al Banco, o le hablara a su hijo, pues era mucho dinero.
-Ese cabezón lo que quisiera es quitarme el dinero que con tanto esfuerzo he logrado, ni cuando he estado enferma me ha echado un lazo. Capaz que se lo gasta en puras fregaderas. A mí el instinto nunca me ha fallado, y yo se que tú vas a cumplir al pie de la letra lo que te estoy pidiendo -dijo con firmeza.
Iba yo a replicar, pero no me dejó. Volvió a colocar el dinero a su lugar y acomodamos la alacena.
-Quiero que me entierren en el panteón donde están mis padres y que me mandes a hacer una tumba muy blanca y que tenga las torres igualitas a las de la Catedral de Guadalajara. Jajá, dirás que soy una vieja caprichosa, pero ese es mi deseo, así que te amuelas –concluyó.
Nunca volvimos a tocar el tema. Se acercaba el fin de curso, y me fui a despedir y a decirle que cuando regresáramos de las vacaciones en la playa, yo le llevaría la ropa sucia. Me deseo suerte, mirándome fijamente con sus profundos ojos azules, y me dio un beso en la frente.
Cuando regresé de las vacaciones la busqué. Después de un rato de tocar el zaguán, me abrió una señora, y al reconocerme se echó a llorar. Entre sollozos me informó que La Paisana había fallecido. Al preguntar qué había pasado, dijo que la culpa la tenía el hijo, que en mala hora había buscado a su madre.
 -Cuando se apareció todos pensamos que ya no estaría sola, pero el muy desgraciado nada más vino a robarla y a matarla del coraje –dijo la mujer llorando.
-No es posible. ¿Dónde está él? ¿Dónde la enterraron? –pregunté consternada.
-Ya se fue el maldito. Estuvo viviendo casi dos semanas con ella, sólo para saber dónde guardaba el dinero. Cuando lo encontró se lo robó. Ella lo quiso golpear, pero la aventó y se escapó con todo. Ninguno nos dimos cuenta, pobrecita. Se enfermó quien sabe si de coraje o tristeza por tener ese perro por hijo. Se murió a los dos días. Entre todos los vecinos nos cooperamos y la enterramos –dijo la mujer.

Relatos desde Regina


Noche de Halloween

Por Roxana Martínez Huerta


Al salir de clases Desiré y sus amigos fueron a comprar los disfraces para la noche de halloween que celebrarían en su casa. Luego, un grupo fue a comprar las bebidas y la comida y otro, los adornos. Lo más difícil para la muchacha fue obtener el permiso de sus padres para que les dejaran la casa sin presencia de adultos. Pues el festejo, según ella, no sería igual, ya que algunos jóvenes se incomodaban con la presencia de los papás.
-Ningún papi está invitado. Ma, por fa –suplicó Desiré a la madre.
-Tu padre y yo estaremos arriba. Te prometemos no bajar. Pondremos una película y no interferiremos en tu reunioncita. Pero, solos no. Comprende, puede pasar cualquier cosa –argumentó la madre.
-No. Cuando vean la camioneta estacionada afuera, sabrán que están aquí, cuidándome. Mis amigos van a pensar que soy una niñita sonsa, y ya no van a querer ir a ningún lado conmigo –rogó la joven.
-No. Y es mi última palabra. Están en una edad fantasiosa e irresponsable. Además, dos de las mamás de tus amigas me las encargaron –dijo tajante.
-¿Qué? Viejas desconfiadas. No vamos a hacer nada malo. Que triste que no confíen en nosotras. Mejor voy a hablar para cancelar, y que lo hagan en otra casa en donde tengan padres más alivianados y no tan gachos –dijo, haciendo pucheros como una bebé.
-Está bien. No canceles nada, ni hagas tanto argüende. Que sea aquí. Pero prométeme contestar mis mensajes y no hacerte tonta. Vamos a estar en casa de tu tía Lucía, pero cualquier cosa que pase, por tonta que te parezca, me llamas ¿O.K? – dijo la madre rendida ante tanta palabrería de la consentida hija.
-Si mamita, te lo prometo –dijo abrazando y besando a la madre.
Con la casa libre de adultos empezaron a llegar las amigas para adornar la casa y preparar los bocadillos. Luego fueron a la habitación para a maquillarse y disfrazarse. Los chicos empezaron a llegar más tarde, sorprendiéndolas con sus disfraces. Pusieron la música, apagaron las luces y encendieron las velas para alumbrar la sala. Desiré estaba sorprendida de tantos invitados. Tenía programadas unas treinta personas, pero el lugar estaba abarrotado desde la entrada hasta la cocina. Algunos chicos utilizaban los escalones para poner sus bebidas, pues ya no había lugar libre.
-O ya estoy borracha o veo doble. ¡Qué poder de convocatoria tienes amiguita! –exclamó una de las muchachas.
-No sólo son del salón, está aquí toda la escuela. Hay que decirles a Richi y David que vayan al súper por más chupe y chatarra porque no va a alcanzar. Chupan en serio –contestó Desiré sorprendida.
-Si. Pero mientras van, hay que organizar el concurso de disfraces Desi, yo me ofrezco – dijo otra de las chicas.
Desiré aceptó y se dirigió a la puerta, pues seguían llegando jóvenes. La fiesta continuó muy animada. Mientras todos gritaban y bailaban Desiré observó, en un rincón junto al baño, a un joven sentado en el suelo. Estaba disfrazado del Dr. Hannibal Lecter, el protagonista de la película Silencio de los Inocentes, con la careta en forma de bozal y una camisa de fuerza además de una capucha.
-¿Tú quien eres? –preguntó la muchacha.
-Hannibal –dijo el joven.
-Si ya se. Pero cómo se llama el de abajo del disfraz –insistió.
-Adivina, tienes fama entre tus cuates de ser muy lista.  –Contestó el muchacho con voz nasal.
-¿Eres de la escuela? Te me haces conocido.
-No se, dímelo tú. -Dijo el tipo.
Al reconocer la voz del joven, Desiré se estremeció. Se trataba del hijo del conserje de la prepa, quien siempre la espiaba de lejos con una mirada insistente que le daba miedo. Aunque era joven, no era alumno. Sus padres lo sobreprotegían porque había nacido con labio hendido y los alumnos de la escuela lo apodaban El Leporino. No tanto por su defecto, sino que por su condición siempre fue peleonero y vengativo, situación que sus padres no pudieron manejar y prefirieron aislarlo de la gente. No hablaba con nadie aunque lo saludaran. Sólo observaba a todos y se colocaba a hurtadillas para escuchar la plática de las chicas cuando entraban al baño. Lo malo para Desiré es que el joven desarrolló una especial fijación por ella, y siempre estaba tras algún arbusto sin quitarle la mirada de encima, lo que a la muchacha le daba terror. Se había enterado de la fiesta y, con el disfraz, pasó desapercibido para todos. Ahora estaba frente a la chica.
Desiré quiso alejarse para pedir ayuda, pero él la tomó con fuerza. Con una mano enguantada le tapó la boca y con la otra le puso un cuchillo en el cuello y la arrastró dentro del baño.
Con el ruido y la oscuridad nadie se dio cuenta de lo que ocurría. Pasado un rato, y luego de tocar repetidas veces y forcejear con la perilla, decidieron echar la puerta abajo. Encontraron a la muchacha tirada en el suelo, en medio de un charco de sangre. Estaba viva, pero tenía muchos cortes en la cara. El labio superior estaba dividido de un tajo y le faltaba una oreja, que al parecer el sujeto se había llevado. Uno de los muchachos señaló el espejo. Con la misma sangre de la joven estaba escrito: Ahora que nos parecemos, ya no hay motivo para soportar tu desprecio.


jueves, 14 de diciembre de 2017

Relatos desde Regina

Mujer contra mujer


Roxana Martínez Huerta


Todas las noches con paso lento pasaba por una cajetilla de cigarros a la tienda de la esquina; daba las buenas noches al dueño y se iba echando bocanadas de humo rumbo a su casa, a descansar, luego del pesado trajín de la taquería “El Campeón”, donde había trabajado toda su vida. Yolanda era una mujer alta, corpulenta, pausada en sus movimientos, pero con una cara muy dulce que parecía que siempre estaba triste. Llevaba el pelo corto con un flequillo gracioso, vestía siempre de negro y con calzado bajo; tenía una apariencia casi masculina.

Yo la conocía de antes, de cuando su vida era diferente, de recién casada se ataviaba con vestidos de colores vivos, siempre risueña y buena con todo el mundo, en especial buena hermana y buena hija. Mantenía a toda la familia, pagaba la escuela de sus hermanos y sostenía la casa materna desde que el padre los abandonó.

Pero luego su vida cambió. Ahora la esperaba una casa silenciosa y fría, pues su madre había muerto, sus hermanos se fueron y el esposo, simplemente, desapareció. En tantos años de conocernos siempre que la encontraba intercambiábamos un saludo y nada más. Pero un día coincidimos en la tienda comprando los cigarrillos imprescindibles para ambos. Nos saludamos y nos fuimos calle abajo caminando y fumando en silencio. Nos detuvimos en la esquina. Percibí que esa noche Yolanda tenía necesidad de desahogarse con alguien. Ese fui yo. Platicamos de cosas diferentes, le pregunté qué había pasado en su vida para hacerla cambiar tanto, para estar tan sola. Ella lanzó una voluta de humo sobre mi cara, hizo una mueca de amargura y dijo:

-He tenido mala suerte, yo creo. 

-¿Lo dices por tu esposo?- interrogué.

-No sólo por él. Los de tu sexo, sólo me han dado desilusiones, golpes y desgracias, pero son peor las de mi sexo. Si amiguito. Las mujeres son peores. Esas te parten el corazón y les vale- dijo Yolanda, suspirando.

Dio una calada al cigarro, y siguió hablando, más para ella que para mí:

-Como sabes, mi padre nos abandonó, claro después de haber abusado física y mentalmente de toda la familia. Creí encontrar la tranquilidad, casándome, pero Ramiro era un hombre violento e inseguro, igual que mi padre, y lo peor, mujeriego. Después de pleitos y reconciliaciones, por fin un buen día se largó. Créeme que fue lo mejor, yo ya no lo quería. Seguí trabajando y manteniendo a mi familia, hasta que conocí, según yo, al verdadero amor y la comprensión anhelada. Y cuando más enamorada estaba, Rosa me traicionó- dijo Yolanda con tristeza.

-Si, Rosa, oíste bien. Y para mí era eso, una rosa. Tenía la piel más blanca y más suave que jamás había tocado; el pelo rubio y ensortijado. Pero lo que me enloqueció; fueron sus ojos azules. Era una adolescente mansa y buena, con ella conocí la pasión. Trabajaba, respiraba y vivía sólo para ella y sus caprichos. Creí estar en el paraíso, pero un día me despertó la realidad, y me llevó, la muy canija hasta el infierno- contó Yolanda.

-¿Se fue con otro? -Pregunté.

-Aunque decía estar muy enamorada de mí, un buen día se fue, desapareció por un par de meses. Creyendo que algo malo le había sucedido, pero cuando por fin la encontré, se le notaba un embarazo de cinco o seis meses. Al mismo tiempo que estaba conmigo, estaba con un hombre. Conmigo por interés, y con él, por zorra la desgraciada. Lo único que quería de mí era el dinero que le daba a toda su familia, y mira que era numerosa. Pero a mi no me pesaba, porque mi trataba bien, era tierna y amorosa ¡pura hipocresía! Claro que cuando los encontré juntos, me les fui encima a los dos. Estaba tan enojada que los dejé muy golpeados, sobre todo a él. Le di una cuchillada de gravedad. Me echaron a la policía y se hizo mucho escándalo. Pero como no murió, alcancé fianza y salí. Ojalá se hubiera muerto, así Rosa hubiera regresado conmigo. Sin ella ya no me interesó trabajar ni vivir. Descuidé a mi familia, mi madre murió, y yo me di a la desgracia. Rosa y su marido me mandaron dar una golpiza, por lo de la cuchillada. Los que me atacaron, eran cuatro morros; no sólo me golpearon, para que la obligación fuera completa, me violaron. Quince días después de la golpiza, desperté en la Cruz Verde, con las costillas rotas, la mandíbula fracturada, moretones por todos lados, y agárrate hermano; ¡Embarazada!

Me resultaba difícil de creer lo que Yolanda me contó. Había sido una muchacha buena, y no se merecía lo que le habían hecho. Finalmente le pregunté por el desenlace de aquel relato de horror que me estaba contando.

-Ahí mismo me hicieron un legrado. Semanas después me dieron de alta. El resto de la historia ya la sabes; me convertí en una mujer amargada y sola, a la que te encuentras en la calle cuando sales por cigarros- dijo Yolanda, y emprendió su camino, sin despedirse.

Tomado de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan
 

Relatos desde Regina



El 4° Piso

Por Roxana Martínez Huerta


En el invierno de 1995 fuimos de vacaciones al puerto de Acapulco. Nos hospedamos en el Aristos Mayestic, un hotel moderno de 150 habitaciones y 20 búngalos, con alberca, discotheque, bar, playa privada, restaurante, lavandería y, en cada piso, cómodas salitas de estar. La construcción semejaba un barco y se podía ver la bahía desde todas las habitaciones; las nuestras estaban en el tercer piso.

Pasábamos las mañanas en la playa y por la tarde regresábamos al hotel a refrescarnos, tomar un baño para después salir a comer y dar una vuelta por la costera. 

Una de esas tardes, estábamos ya en la calle cuando mi marido se dio cuenta que había olvidado la cámara fotográfica en la habitación. Para evitar subir toda la familia, yo me ofrecí para ir a buscarla, mientras ellos sacaban el coche del estacionamiento. 

Entré al elevador y marqué el piso 3. Al abrirse la puerta no reconocí el piso. Pensé que quizá me había bajado uno antes, pero el botón marcaba en rojo el piso 4. Apreté el botón para cerrar pero la puerta permaneció inmóvil. Salí del elevador y fui a buscar la escalera. Todo el piso era diferente al resto del edificio. Donde se suponía que estaría la escalera, había un gran espejo empotrado. Los muebles, la sala de estar y toda la decoración eran de la época de los años cuarenta. No había plafones como en los demás techos y en lugar de las lámparas de neón como las del resto del hotel, colgaban unos candelabros. Los huéspedes que descansaban en los sillones, vestían ropa completamente pasada de moda, los peinados del las mujeres eran altos y elegantes, pero no para el clima del puerto. Me quedé parada en medio del corredor. Una pareja de ancianos me saludó con una sonrisa. A pesar de mi prisa y mi descontrol percibí un ambiente agradable y apacible. Se escuchaba música de piano, tintineos de copas y el sonido de los ventiladores; que, por cierto, no había en ningún otro sitio del hotel, pues el sistema en todo el edificio era de aire acondicionado y extractores. Un mozo, al verme perdida, me señaló la escalera con la mirada.

Salí de ahí. Pero en lugar de subir, bajé, pues para mi sorpresa, no había más pisos arriba. No entendía que pasaba. Logré llegar a mi habitación, tomar la cámara y bajar al lobby. Allí encontré a la animadora del hotel, a quien le tenía más confianza que al resto del personal. Le conté lo sucedido y, en lugar de reírse de mí, se quedó muy seria. Luego me dijo que yo era la segunda persona, desde que ella trabajaba ahí, a quien le había pasado lo mismo. Una turista canadiense vivió la misma experiencia el año anterior. Lo preocupante era que esos extraños sucesos tuvieron lugar en el cuarto piso, en un hotel que sólo tenía tres, y que fue construido a finales de los años 80. 

Salí del hotel muy confundida, pero no lo volví a contar a nadie. Sabía que mi familia no me creería. Aquella hermosa tarde, disfrutamos, en silencio, la maravillosa puesta del sol desde “La Quebrada”.

Tomada del Horror de La Gaceta de Chicoloapan
 

miércoles, 18 de octubre de 2017

Relatos desde Regina

Una Madre Alcahueta

Roxana Martínez Huerta

Se escucha muy fuerte el término alcahueta, pero esas fueron las palabras de una madre en desgracia. Entre tantas historias de horror que vivimos los pasados días a causa del terremoto que devastó varios edificios a su paso, una mujer anónima, como tantas que han dado su testimonio a propios y extraños, narró que sí, efectivamente era muy permisiva y consentidora con sus dos hijos, un niño de siete años y una jovencita de trece años, sobre entendiéndose, que su familia estaba formada únicamente por ellos tres, ahí no había padre, abuelos, tíos, ni nadie más.
Dijo que esa mañana, cuando los despertó para acudir a la escuela, la adolescente le dijo que tenía flojera de levantarse, pero que al día siguiente seguro iría, y el niño, no hizo ni el intento por pararse de la cama, sólo se envolvió en las cobijas dándole la espalda. A ella le pareció bien, así que desayunó en silencio, y se fue a trabajar, pensó para sí, que regresaría pronto, pero cuando, pocos minutos después del temblor, recibió un whatsapp de los vecinos de la unidad, avisándole que su edificio había colapsado, comenzó su víacrusis; el camino de regresó a casa, se le hizo eterno, aún no acordonaban el lugar, y pudo entrar. Sus ojos no daban crédito a lo que veían; los cinco pisos estaban reducidos a piedras, escombros, pedazos de telas, restos de tinacos y fierros retorcidos que levantaban un montículo grotesco en donde habían quedado sus hijos sepultados, muertos, despedazados; siendo éstos de los primeros en sacar de entre los escombros.
Después de reconocer los cuerpos y darles sepultura, regresó a la unidad a ayudar a los vecinos, preparando la comida a los rescatistas, dando consuelo a familiares de personas que seguían entre los escombros, alguien le preguntó, por qué tanta fortaleza, cualquiera se hubiera derrumbado al quedarse sin familia y sin patrimonio alguno, a lo que ella contestó, serena, sin una lágrima, sin que se le quebrara la voz siquiera:
-No he tenido tiempo de llorar. Qué más quisiera yo que tener un lugar, un espacio a solas para desahogarme, para gritar mi dolor, pero mis vecinos me necesitan. Además haga lo que haga no los voy a resucitar, no los voy a volver a ver a mis niños. A lo mejor cuando pase la emergencia pueda pensar con sosiego y calma, ahora no puedo- dijo, siendo interrumpida por mujeres del campamento provisional llamándola a gritos.
Los que escuchamos su relato nos preguntamos, ¿si ese día sus hijos hubieran acudido a la escuela seguirían vivos?, puesto que la escuela a donde iban quedó intacta, ¿si hubiera sido un poco más enérgica con ellos habrían salvado la vida? Nadie tiene la respuesta, algunos piensan que los seres humanos ya tenemos un destino marcado. ¿Será? Esta desgracia estúpida y repetida una vez más, nos ha dejado mucho qué pensar, qué reflexionar ¿No crees?

 Tomado de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan

jueves, 7 de septiembre de 2017

Relatos desde Regina



La Perfumada

Roxana Martínez Huerta


Consuelo Gaytán, la portera del edificio, se enamoró de Luis González, el inquilino del departamento nueve; y era correspondida. Sólo había un pequeño detalle, el hombre era casado. Gloria, que así se llamaba la esposa, era ‘agente de ventas’, que equivalía a decir que  iba de puerta en puerta, ofreciendo los perfumes que Luis preparaba en el ‘laboratorio’ improvisado en un cuarto de servicio de la azotea.

Los vecinos del rumbo conocían a Gloria como ‘La Perfumada’, pues siempre estaba impregnada de las esencias aromáticas que vendía por las calles del centro de la ciudad de México. Luis y La Perfumada, habían procreado tres hijos, que en ese momento estaban en edad escolar. Así que todos los días salían juntos, madre e sus hijos; una, a ofrecer sus productos y, los otros, a la escuela. De esta situación se aprovechaban los amantes, pues todas las mañanas, una vez que la familia había salido, subían al cuartito a satisfacer sus apetitos sexuales.

No se sabe con exactitud cómo se enteró Gloria de la traición del esposo, pero cuentan que un día la escucharon llorar y discutir con el infiel compañero, a quien reclamaba a gritos su artera traición. Luego se le vio abandonar el departamento, cerrar con fuerza la puerta detrás de si y salir corriendo del edificio. Atravesó la avenida 20 de Noviembre sin fijarse que estaba el siga... un automóvil la arrolló y la mató al instante.

Un par de meses después, muerta Gloria y ya sin obstáculos que los detuviera, Consuelo se casó con Luis; se hizo cargo de los huérfanos y continuó con su trabajo en la portería de aquel edificio de seis pisos, que se ubicaba en la calle de 5 de Febrero. Un día Consuelo barría las escaleras, y percibió un olor conocido; era el perfume que siempre usaba la difunta. Sintió tal temor, que aventando la escoba, entró corriendo a su casa. Cuando comentó el suceso con los inquilinos, algunos coincidieron en que también habían percibido un peculiar olor, entre esencias de rosas, lavanda y almizcle.

Al volverse recurrente este fenómeno inexplicable, los vecinos sentían cierto temor de caminar solos por los pasillos y escaleras. Cada vez era mayor el rumor de que el fantasma de La Perfumada rondaba el edificio.

Un día que entraba yo al edificio, escuché un grito aterrador y, vi que venía cayendo una mujer. Era Consuelo Gaytán que caía desde la azotea del edificio de seis pisos. Fue un golpe seco. La cabeza estalló al chocar contra las losetas del patio y la sangre y los sesos salpicaron las puertas y las escaleras. El cuerpo quedó desmembrado.

Se armó un gran barullo entre los vecinos. Hubo quien afirmó que ‘La Perfumada’ aventó a Consuelo cuando se encontraba barriendo  el último piso, en venganza por haberle quitado no sólo al esposo, sino la vida. Algo de razón tendría ya que nunca se volvió a sentir su presencia, y jamás volvimos a oler el excéntrico perfume.

Han pasado más de treinta años de aquel terrible suceso, pero cuando paso frente al edificio siento un horror indescriptible; el mismo que sentí cuando vi caer a Consuelo.

Tomado del Horror de la gaceta en La Gaceta de Chicoloapan

sábado, 10 de diciembre de 2016

Relatos desde Regina V


Antonieta 
 En la esquina que forman las calles de Regina e Isabel La Católica, donde actualmente se encuentran unos famosos baños públicos, había, a principios del siglo pasado, una fastuosa casona porfiriana, con muchas habitaciones, patios y balcones. Contaba además con varios portales que albergaban diversos giros comerciales. Sus dueños, una joven pareja de inmigrantes españoles, llegaron a la Ciudad de México trayendo consigo a María Antonieta, su pequeña y única hija. La niña llamaba mucho la atención por sus modos de caminar con mucho garbo y altivez. No es que fuera presumida, “sino que heredó la estampa de la abuela materna”, afirmaban sus orgullosos padres.


La envidiable ubicación de la casa y el esfuerzo tesonero de su propietario le posibilitó a la familia acumular bienes y riquezas. Pero el tiempo es implacable y breve la existencia del ser humano. Los dueños envejecieron y se murieron. La pequeña María Antonieta se convirtió en una hermosa y atractiva mujer. Nunca se casó ni se le conocieron pretendientes. Se quedó sola con todas las propiedades y con una herencia de tal magnitud que, “si era administrada adecuadamente, le dijo su padre antes de morir, nunca tendría necesidad de trabajar”. Y así fue por varios años, Antonieta no se preocupó por nada, ni le importó el mantenimiento de la casa. 

 Los años pasaron, la ciudad siguió creciendo, el barrio y la calle modificaron su fisonomía. Los comercios en la zona cambiaban de giro, unos crecían otros quebraban según las necesidades de la era moderna. Para la década de los años sesenta la antes imponente casona estaba completamente deteriorada y la propietaria transformada en una anciana. Aunque conservaba el mismo garbo y altivez que la caracterizaron y algunos destellos de su antigua belleza, era ahora “Antonieta, La Solterona”, como le llamaban los vecinos en el barrio. Los inquilinos que durante un tiempo rentaron las habitaciones de la casa, así como la servidumbre se fueron uno detrás del otro, en busca de mejores aires donde vivir.

Sola y con una casa tan grande para ella La Solterona fue vendiendo fracciones del terreno a los voraces especuladores del centro de la Ciudad. Al final sólo conservó un sencillo departamento de dos pisos que daba a la calle de Regina, donde pensaba acabar los últimos días de su solitaria existencia, sin imaginar que el destino le tenía reservado otro final. Un día la visitaron unos empresarios inmobiliarios que manifestaron su deseo de comprarle su departamento y le hicieron una jugosa oferta económica, sabedores de las urgencias económicas que por entonces pasaba la anciana mujer. Antonieta no aceptó, argumentado que se quedaría en la calle si vendía lo único que le quedaba. Además dónde metería la cantidad de muebles finos, pinturas, alfombras y cristalería fina que conservaba de los años de esplendor. Aunque requería de efectivo se negó rotundamente a vender la propiedad, y para costear sus gastos empezó a malbaratar cuadros, joyas y prendas de valor.

Pero los empresarios estaban empecinados pues tenían en mente un gran proyecto de modernización y construcción que les dejaría grandes ganancias. Así que urdieron un perverso plan para adueñarse de la propiedad. Contrataron a un abogado de no malos bigotes quien, con el pretexto de comprar los muebles y los objetos de valor, se acercó a La Solterona pagándole cantidades atractivas de dinero, con lo cual se ganó su confianza. Le compró casi todo lo que vendía. La anciana estaba encantada con los precios y las adulaciones que recibía durante las charlas de café que se hicieron costumbre por las tardes. El abogado la fue envolviendo con mentiras medias verdades, haciéndola firmar diversos documentos, uno de los cuales soportaba la venta del terreno motivo de la discordia. Fue así como Antonieta, creyendo firmar documentos de las ventas hechas al abogado, en realidad firmó un contrato mediante el cual cedía la propiedad de la casa.

Luego de ese día cesaron las visitas del abogado y en su lugar comenzaron a llegar avisos y notificaciones de desahucio. Antonieta ‘La Solterona’ no entendía nada de esos papeles y hacía caso omiso de ellos.

Había pasado casi un año de la última visita del abogado cuando una mañana llegó un actuario acompañado de una docena de cargadores. Entraron a la casa con lujo de violencia y altanería y procedieron al desalojo. Los muebles, ropa y las pocas pertenencias que le quedaban a la anciana fueron apilados sobre la acera de la calle. Al final sacaron casi cargando a la vieja solterona y la colocaron en una silla. La escena era patética y humillante: una anciana altiva en medio de aquél desorden con todos sus enseres regados por la calle.

Los vecinos se compadecieron del triste espectáculo que presenciaban y cubrieron hasta donde fue posible con sábanas, cortinas y plásticos las pertenencias de la vieja. Antonieta no reaccionaba, estaba como ida; muy erguida y sin expresión alguna, permanecía sentada en la silla de madera donde fue colocada por los barbajanes. Pasaron las horas, llegó la tarde y la delgada solterona seguía en la misma posición. La gente se acercaba para ofrecerle algo de comer o sugerirle que buscara un refugio donde pasar la noche. Otros ofrecían su casa para que metiera sus muebles pero ella no contestaba. Así que los vecinos decidieron guardar lo más valioso en una bodega que alquilaron, aclarándole que cuando tuviera un lugar donde vivir, ellos mismos le devolverían todo. Cuando oscureció quisieron levantarla para llevarla a un lugar caliente y cómodo donde pasara la noche, pero Antonieta se aferró a la silla hasta con las uñas. Lloraba y gritaba como una criatura mal criada. Ante su obstinación los vecinos claudicaron en su empeño. La cubrieron con una gruesa cobija y se retiraron a dormir.

A la mañana siguiente dos vecinas le llevaron café caliente y pan. Antonieta continuaba en la misma posición en que la habían dejado la noche anterior, aunque notaron que se veía diferente. Creyendo que seguía dormida, las mujeres le tomaron las manos para despertarla. Entonces se dieron cuenta que estaba helada. Antonieta había muerto.

-Pobre señorita Antonieta, no resistió tanta humillación. Pero ni la muerte le arrebató ese gesto digno y orgulloso que siempre tuvo desde su niñez -dijo una de ellas. Se persignaron y le rezaron un Ave María por el eterno descanso de la desdichada mujer.


 Roxana Martínez Huerta

Tomado de la Seción Mujer de La Gaceta de Chicoloapan