Mostrando entradas con la etiqueta ciudad de México. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciudad de México. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de febrero de 2018

Relatos desde Regina



El Baño de las niñas

Por Roxana Martínez Huerta


Estando en cuarto año de primaria nos tocó al grupo estar en el segundo piso del plantel. La escuela Joaquín García Icazbalceta se ubicaba en el segundo Callejón de Mesones, en el centro de la Ciudad de México. Como éramos los únicos alumnos en ese piso, no compartíamos los sanitarios con los demás alumnos. Así que una vez que fui al baño me sorprendió ver a una niña desconocida. Estaba llorando apoyada en el lavabo, se secaba las lágrimas con el delantal del uniforme. Al salir de mi urgencia, me lavé las manos y  le pregunté por qué lloraba. Estaba agachada. No contestó. Tenía el pelo revuelto y terroso, el uniforme arrugado, sucio. Las manos le temblaban enrojecidas. Insistí preguntándole de qué grupo era. Le advertí que su baño estaba abajo, que los de arriba eran sólo para nosotros. Por respuesta recibí más silencio, y al levantar la cara me lanzó una mirada llena de odio, me dio más miedo que coraje la reacción de la intrusa; así que me fui corriendo al salón. El maestro Juan que estaba parado cerca de la puerta dijo -No corras Huerta, parece que viste un fantasma- Claro las carcajadas del grupo entero no se hicieron esperar. Del tono amarillo del susto pasé al rojo de la vergüenza. Me fui a sentar muy callada. 

A la hora del recreo se me acercó Laura, una compañera del salón. -¿Qué te pasó que venías verde del baño? ¿Viste a la chava que espanta? -Preguntó. 

¿Cuál chava? -Ccontesté sin muchas ganas de platicar.

Pues el fantasma que se aparece en el baño de las niñas. -dijo Laura con mucha seriedad- siguió, -Es muy famosa, raro que tú no conozcas la historia, has hecho varios años aquí ¿no?

-Tres, pero nunca había oído y mucho menos había visto lo que hoy vi. ¿Qué le pasó, por qué se aparece? ¿Tú sabes algo? pregunté. 

Laura conocía muchas cosas de la escuela ya que vivía enfrente. Me jaló hacia las escaleras, nos sentamos comiendo nuestras tortas con refresco, y rodeadas de varios curiosos que también querían saber la historia, me contó lo que se sabía de la muchacha que andaba penando en la escuela. 

Años atrás, jugando a la hora de la salida sus amigas habían encerrado en el baño a Graciela, así se llamaba la jovencita. No se sabe bien porqué no la sacaron. Si se les olvidó o lo hicieron a propósito. Esto sucedió un viernes, así que quedó encerrada muchas horas, y en el frío de un mes de invierno. Ningún adulto se dio cuenta, ni maestros, ni vecinos. El conserje dice que no oyó nada, la encontró hasta el lunes que abrió el baño para lavarlo. Estaba muerta, completamente helada y amoratados los labios. Al parecer murió de frío. Sus padres preguntaron por ella a la salida, pero sus compañeros de grupo les dijeron que Graciela ya se había ido, así que no insistieron, buscándola todo el fin de semana en todo el rumbo, menos en la escuela; donde sufrió y agonizó todo ese tiempo. Imaginándonos sus últimos momentos llenos de miedo y desesperación nos quedamos en silencio hasta que sonó la campana.

Regresando a la realidad subimos al salón, al entrar el maestro dijo riendo: -Cuando tengan ganas de ir al baño, vayan a los de abajo, por si las dudas, ¿verdad Huerta? Sólo que esta vez nadie se río.

Lo que al maestro Juan le provocaba tanta risa, a mi no, ya que la mirada de odio de aquella joven estuvo en mis pesadillas por algún tiempo.

Tomado del Horror de La Gaceta de Chicoloapan

Relatos desde Regina



Paloma

Por Roxana Martínez Huerta

 

Mauricio era un joven educado y trabajador, que se desempeñaba en un despacho contable. Criado entre puras mujeres, su madre viuda, sus cinco tías y tres hermanas mayores lo enseñaron  a ser respetuoso con todos, pero en especial con las mujeres. Al cumplir veintisiete conoció a Paloma, muchacha humilde como él, que trabajaba en una fábrica; de ella dependía económicamente su hermanita de ocho años. Tuvieron un noviazgo de dos o tres años, y cuando él consiguió un buen aumento de sueldo, le propuso matrimonio a Paloma, a lo que ella cuestionó a Mauricio si también se haría responsable de su hermana. El muchacho contestó que eso no sería ningún impedimento y, la convenció de que los tres se llevarían bien. Dicho eso, prepararon la boda y fueron a realizarse los exámenes médicos prenupciales. Mauricio se ofreció a recoger los resultados y al leer los de Paloma le pareció raro que fueran más extensos y con términos médicos que él no entendía, así que pidió pasar con el doctor; éste después de dedicarles varios minutos, puso una cara seria y dijo:

-No está confirmado nada, pero hay algo en la sangre que a la larga podría derivar en una afección cardíaca. Habría que hacer un estudio más a fondo para descartarla o tomar medidas precautorias.

-Doctor, ella no sabe interpretar el resultado, ¿si yo no le digo nada y no tiene excesos físicos o de alimentación que la perjudique cree que podría estar bien? Lo que pasa es que no quiero preocuparla, no quiero que se entere- rogó el joven.

-Si claro, si lleva una vida tranquila, hace ejercicio y no come mucha grasa, pues como todo el mundo estará bien, ya si presenta algún síntoma, pues usted ya está advertido y tendrán que examinarla. No se preocupe es sólo una duda, cuídela bien y que tengan un buen matrimonio- dijo el doctor extendiéndole la mano a modo de despedida.

La boda se realizó, al poco tiempo de casados la vida de la pequeña familia mejoró económicamente muchísimo, a tal grado que Mauricio le rogó a la muchacha que renunciara a su trabajo y se dedicara al cuidado de la hermanita y del hogar, pues se habían comprado una casa nueva y grande en donde había cada vez más trabajo qué hacer. Paloma contrató una muchacha para la limpieza, mientras que ella se fue haciendo cada vez más holgazana y caprichosa. No quería tener hijos propios con el pretexto de la educación de la hermana, y Mauricio por miedo a que algo le pasara, no insistió más resignándose a los que su cuñadita tendría algún día. Al joven le daba pavor que su mujer se enfermara; cuando se agripaba o no se sentía bien, se angustiaba pensando que se enfermaría de algo terrible y moriría dejándolo solo. Paloma se volvió casi una tirana con su esposo, todo mundo se daba cuenta que lo hacía parecer un títere con sólo chasquearle los dedos, menos él, claro.

Una tarde, que Paloma tenía amigas invitadas en la sala, el esposo llegó sin ser escuchado; los gritos y la música se oían hasta la calle. Mauricio a hurtadillas se puso a espiarlas para saber de qué tanto hablaban y reían, arrebatándose la palabra. En ese preciso instante la música hizo una pausa, y se escuchó la voz de una de ellas.

-¿Quién como tu amiguita qué haces y deshaces a tu gusto en tu casa? No como yo, que mi marido es tan celoso y fastidioso que no permite que invite a nadie. No cabe duda que eres una suertuda- dijo la amiga riendo.

-¿Cuál suerte? Mañas que tiene una- dijo Paloma con aire de superioridad. 

-Cuenta, cuenta manita para ver si le quitamos lo machistas a nuestros maridos y sean aunque sea un poquito como el tuyo- dijo otra de las amigas.

-Escuchen y aprendan, tontitas. Conociendo a Mauricio, que siempre fue delicado para tratar a las mujeres, y además metiche como él sólo, que eso si me desespera un poco, cuando nos íbamos a casar, nos mandaron a hacer los exámenes prenupciales, y como yo sabía que los iba a ver sin mi consentimiento o sin él, un día después de que los hicieron y antes de que él fuera a recogerlos, me conchabé al doctor y a la enfermera del laboratorio médico, claro con unos regalillos y una lanita, para que le agregara alguna cosilla que fuera sospechosa y, cuando Mauricio, el metiche, indagara, le hicieran una historia de novela, claro sin exagerar mucho, pero diciéndole que no podía tener sobresaltos, ni corajes, de lo contrario me iba a dar un ataque cardíaco o algo parecido. Lo planee como una broma, después de la boda le diría la verdad y los dos reiríamos, pero fue pasando el tiempo, y como él se desvivía después de enterarse de mi supuesto mal, seguí mintiendo, y hasta el día de hoy, el baboso vive pendiente de que no me pase nada, ¿no es un poco estúpido mi flamante esposo?- dijo partiéndose de la risa la ingrata esposa entre las carcajadas de las amigas.

Mauricio quien había escuchado todo, subió como autómata las escaleras, hizo sus maletas, y en el mismo silencio que entró esa tarde, salió de la vida de Paloma para siempre, igual que siempre, sin ningún reproche, sólo que esta vez con el corazón hecho trizas. 

Tomado de la Sección Mujer de la Gaceta de Chicoloapan

jueves, 14 de diciembre de 2017

Relatos desde Regina

Mujer contra mujer


Roxana Martínez Huerta


Todas las noches con paso lento pasaba por una cajetilla de cigarros a la tienda de la esquina; daba las buenas noches al dueño y se iba echando bocanadas de humo rumbo a su casa, a descansar, luego del pesado trajín de la taquería “El Campeón”, donde había trabajado toda su vida. Yolanda era una mujer alta, corpulenta, pausada en sus movimientos, pero con una cara muy dulce que parecía que siempre estaba triste. Llevaba el pelo corto con un flequillo gracioso, vestía siempre de negro y con calzado bajo; tenía una apariencia casi masculina.

Yo la conocía de antes, de cuando su vida era diferente, de recién casada se ataviaba con vestidos de colores vivos, siempre risueña y buena con todo el mundo, en especial buena hermana y buena hija. Mantenía a toda la familia, pagaba la escuela de sus hermanos y sostenía la casa materna desde que el padre los abandonó.

Pero luego su vida cambió. Ahora la esperaba una casa silenciosa y fría, pues su madre había muerto, sus hermanos se fueron y el esposo, simplemente, desapareció. En tantos años de conocernos siempre que la encontraba intercambiábamos un saludo y nada más. Pero un día coincidimos en la tienda comprando los cigarrillos imprescindibles para ambos. Nos saludamos y nos fuimos calle abajo caminando y fumando en silencio. Nos detuvimos en la esquina. Percibí que esa noche Yolanda tenía necesidad de desahogarse con alguien. Ese fui yo. Platicamos de cosas diferentes, le pregunté qué había pasado en su vida para hacerla cambiar tanto, para estar tan sola. Ella lanzó una voluta de humo sobre mi cara, hizo una mueca de amargura y dijo:

-He tenido mala suerte, yo creo. 

-¿Lo dices por tu esposo?- interrogué.

-No sólo por él. Los de tu sexo, sólo me han dado desilusiones, golpes y desgracias, pero son peor las de mi sexo. Si amiguito. Las mujeres son peores. Esas te parten el corazón y les vale- dijo Yolanda, suspirando.

Dio una calada al cigarro, y siguió hablando, más para ella que para mí:

-Como sabes, mi padre nos abandonó, claro después de haber abusado física y mentalmente de toda la familia. Creí encontrar la tranquilidad, casándome, pero Ramiro era un hombre violento e inseguro, igual que mi padre, y lo peor, mujeriego. Después de pleitos y reconciliaciones, por fin un buen día se largó. Créeme que fue lo mejor, yo ya no lo quería. Seguí trabajando y manteniendo a mi familia, hasta que conocí, según yo, al verdadero amor y la comprensión anhelada. Y cuando más enamorada estaba, Rosa me traicionó- dijo Yolanda con tristeza.

-Si, Rosa, oíste bien. Y para mí era eso, una rosa. Tenía la piel más blanca y más suave que jamás había tocado; el pelo rubio y ensortijado. Pero lo que me enloqueció; fueron sus ojos azules. Era una adolescente mansa y buena, con ella conocí la pasión. Trabajaba, respiraba y vivía sólo para ella y sus caprichos. Creí estar en el paraíso, pero un día me despertó la realidad, y me llevó, la muy canija hasta el infierno- contó Yolanda.

-¿Se fue con otro? -Pregunté.

-Aunque decía estar muy enamorada de mí, un buen día se fue, desapareció por un par de meses. Creyendo que algo malo le había sucedido, pero cuando por fin la encontré, se le notaba un embarazo de cinco o seis meses. Al mismo tiempo que estaba conmigo, estaba con un hombre. Conmigo por interés, y con él, por zorra la desgraciada. Lo único que quería de mí era el dinero que le daba a toda su familia, y mira que era numerosa. Pero a mi no me pesaba, porque mi trataba bien, era tierna y amorosa ¡pura hipocresía! Claro que cuando los encontré juntos, me les fui encima a los dos. Estaba tan enojada que los dejé muy golpeados, sobre todo a él. Le di una cuchillada de gravedad. Me echaron a la policía y se hizo mucho escándalo. Pero como no murió, alcancé fianza y salí. Ojalá se hubiera muerto, así Rosa hubiera regresado conmigo. Sin ella ya no me interesó trabajar ni vivir. Descuidé a mi familia, mi madre murió, y yo me di a la desgracia. Rosa y su marido me mandaron dar una golpiza, por lo de la cuchillada. Los que me atacaron, eran cuatro morros; no sólo me golpearon, para que la obligación fuera completa, me violaron. Quince días después de la golpiza, desperté en la Cruz Verde, con las costillas rotas, la mandíbula fracturada, moretones por todos lados, y agárrate hermano; ¡Embarazada!

Me resultaba difícil de creer lo que Yolanda me contó. Había sido una muchacha buena, y no se merecía lo que le habían hecho. Finalmente le pregunté por el desenlace de aquel relato de horror que me estaba contando.

-Ahí mismo me hicieron un legrado. Semanas después me dieron de alta. El resto de la historia ya la sabes; me convertí en una mujer amargada y sola, a la que te encuentras en la calle cuando sales por cigarros- dijo Yolanda, y emprendió su camino, sin despedirse.

Tomado de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan
 

Relatos desde Regina



El 4° Piso

Por Roxana Martínez Huerta


En el invierno de 1995 fuimos de vacaciones al puerto de Acapulco. Nos hospedamos en el Aristos Mayestic, un hotel moderno de 150 habitaciones y 20 búngalos, con alberca, discotheque, bar, playa privada, restaurante, lavandería y, en cada piso, cómodas salitas de estar. La construcción semejaba un barco y se podía ver la bahía desde todas las habitaciones; las nuestras estaban en el tercer piso.

Pasábamos las mañanas en la playa y por la tarde regresábamos al hotel a refrescarnos, tomar un baño para después salir a comer y dar una vuelta por la costera. 

Una de esas tardes, estábamos ya en la calle cuando mi marido se dio cuenta que había olvidado la cámara fotográfica en la habitación. Para evitar subir toda la familia, yo me ofrecí para ir a buscarla, mientras ellos sacaban el coche del estacionamiento. 

Entré al elevador y marqué el piso 3. Al abrirse la puerta no reconocí el piso. Pensé que quizá me había bajado uno antes, pero el botón marcaba en rojo el piso 4. Apreté el botón para cerrar pero la puerta permaneció inmóvil. Salí del elevador y fui a buscar la escalera. Todo el piso era diferente al resto del edificio. Donde se suponía que estaría la escalera, había un gran espejo empotrado. Los muebles, la sala de estar y toda la decoración eran de la época de los años cuarenta. No había plafones como en los demás techos y en lugar de las lámparas de neón como las del resto del hotel, colgaban unos candelabros. Los huéspedes que descansaban en los sillones, vestían ropa completamente pasada de moda, los peinados del las mujeres eran altos y elegantes, pero no para el clima del puerto. Me quedé parada en medio del corredor. Una pareja de ancianos me saludó con una sonrisa. A pesar de mi prisa y mi descontrol percibí un ambiente agradable y apacible. Se escuchaba música de piano, tintineos de copas y el sonido de los ventiladores; que, por cierto, no había en ningún otro sitio del hotel, pues el sistema en todo el edificio era de aire acondicionado y extractores. Un mozo, al verme perdida, me señaló la escalera con la mirada.

Salí de ahí. Pero en lugar de subir, bajé, pues para mi sorpresa, no había más pisos arriba. No entendía que pasaba. Logré llegar a mi habitación, tomar la cámara y bajar al lobby. Allí encontré a la animadora del hotel, a quien le tenía más confianza que al resto del personal. Le conté lo sucedido y, en lugar de reírse de mí, se quedó muy seria. Luego me dijo que yo era la segunda persona, desde que ella trabajaba ahí, a quien le había pasado lo mismo. Una turista canadiense vivió la misma experiencia el año anterior. Lo preocupante era que esos extraños sucesos tuvieron lugar en el cuarto piso, en un hotel que sólo tenía tres, y que fue construido a finales de los años 80. 

Salí del hotel muy confundida, pero no lo volví a contar a nadie. Sabía que mi familia no me creería. Aquella hermosa tarde, disfrutamos, en silencio, la maravillosa puesta del sol desde “La Quebrada”.

Tomada del Horror de La Gaceta de Chicoloapan
 

sábado, 18 de noviembre de 2017

Relatos desde Regina

Lulú

 Por Roxana Martínez Huerta



Cuando le pregunté a Saúl, mi sobrino, cómo eran sus futuros suegros respondió sin dudar:

-¡A todo dar!

El joven sorprendió a todos por su decisión precipitada de casarse con una chica que recién había conocido un par de meses atrás.

-Son muy jóvenes los dos. Tienen muchas cosas qué hacer antes de contraer tantas responsabilidades como las que hay en un matrimonio –argumenté luego de conocer la noticia.

-Pues Carolina quiere casarse ya. Estamos enamorados y mientras no haya ningún impedimento, las opiniones de los demás carecen de interés para nosotros -respondió el joven.

Cualquier argumento en contra de esa precipitada unión era una pérdida de tiempo, por lo que al pasar dos meses la pareja contrajo matrimonio por el civil y por la iglesia, a cuyos actos acudimos como invitados, donde tuve la oportunidad de conocer a los suegros de Saúl. Platicando acerca de diversos temas, llegamos a comentar lo bien que trataban a Lulú, la muchacha que les ayudaba en el servicio, pues me percaté que la trataban como de la familia. La suegra de Saúl, sin reparo alguno contó que la joven era muy querida por toda la familia, quien la consentía y cuidaba como a una hija más.

-A esa pobre criatura la salvé de una violación inminente -soltó la mujer.

-¿Cómo? ¿Por qué inminente? –Pregunté, francamente intrigada.
-Lulucita, como yo le digo, es de una ranchería del Estado de Puebla, y como parte de sus obligaciones tenía que llevar al el almuerzo a sus tíos y hermanos a las tierras de labor. Siempre iba sola por los caminos del campo cargando su canasta su comida. Un día se topó con una bola de forajidos, quienes al verla sola la atacaron con intenciones de violarla. Tenía once años y era muy flaquita. Era imposible escapar. Pero Quiso Dios que mi esposo y yo pasáramos en ese preciso momento. Veníamos de regreso de la casa de una hermana que vivía en otra ranchería cercana. Al oír los gritos de la muchacha, mi esposo aceleró la camioneta echándoselas encima. Los malditos salieron corriendo, eran como seis, jóvenes todos. Nos bajamos del vehículo para revisarla; tenía algunos moretones y rasguños, el pelo revuelto y toda la ropa rasgada y enlodada. La subimos a la camioneta. La llevamos a su casa. Eran una familia muy pobre. Y si esta vez la rescatamos, algún otro rufián le haría daño más adelante. Por ello convencí a sus padres para que me permitieran llevarnos a Lulú con nosotros. Les prometí que a cambio de algunas labores caseras, le daría comida, techo, cuidados y un sueldo. La familia lo pensó un poco. Pero lo que los convenció fue que les di en ese momento un buen dinerito. Les prometí que cada vez que yo visitara a mi hermana, llevaría a Lulucita conmigo para que saludara a sus padres. Así lo hemos hecho hasta el día de hoy.

Se vino a vivir con nosotros. Resultó ser una buena chica. Me ayudaba en las labores de la casa y la metí a estudiar por las tardes. Todo fue bien los primeros años. Pero ya sabe cómo es la vida. Las mujeres crecen y les empiezan a gustar los hombres. En la escuela conoció a un mal muchacho, de esos irresponsables y flojos pero que la alborotó. Cuando me enteré y conocí al joven sin oficio ni beneficio, le prohibí a Lulucita que saliera con él, pues no le convenía. Lulú se puso rebelde y se escapó con el novio a otro estado, sin importarle mi preocupación ni la responsabilidad que yo tenía con su familia, a la que tuve que ir a comunicarles lo sucedido. Pero a pesar de lo que pensé que me reprocharían o reclamarían, la familia se conformó, diciendo que ya estaba en edad de tener novio. Sólo me pidieron que les avisara si sabía algo de ella. 

Una madruga, un par de meses después, llamaron por teléfono, avisándonos que Lulú había tenido un accidente gravísimo en la carretera. Ella iba sentada en medio del fulano, quien conducía el auto, y un amigo.  Habían bebido demasiado y se impactaron contra otro auto. Los varones llevaban puesto el cinturón de seguridad; no así Lulú que salió volando por el parabrisas. Con el impactó sufrió diversas fracturas en las piernas, la cadera y un brazo, además de heridas profundas en la cabeza. Bueno, para no hacer larga la historia, quedó muy mal. Fui por ella. Me la traje en avión, con médicos y enfermeras a bordo. Aquí la cuidé de día y noche. Fueron meses de angustia. Con paciencia le ayudaba en sus terapias para que volviera a caminar sin secuelas. Siempre la hemos procurado, hasta el día de hoy. Pueden ver lo sana que está. Bien alimentada y sin problema alguna.

Efectivamente la muchacha estaba joven y sana, por lo que no pude reprimir mi comentario:

-Es usted una santa. Poca gente hubiera hecho lo que usted por alguien que no es de su familia.

-No. Qué santa, ni que nada. Hay que ser buenas personas. Nunca sabe uno cuándo va a necesitar de los demás –dijo, sonriendo bonachonamente.

Tiempo después me enteré del motivo de las buenas intenciones de aquella mujer. Su hija Carolina padecía graves problemas de salud desde pequeña, y los continuos y duros tratamientos le habían dañado órganos vitales. Requería un urgente trasplante. La muerte la rondaba. Esa era la causa de la precipitación por casarse. También era el motivo de todo el amor descomunal y cuidados brindados a la jovencita, quien estaba tan agradecida con los buenos tratos de la familia, a quien servía de manera incondicional, al grado que donó, sin oposición alguna, el órgano sano que la hija de su patrona necesitaba para vivir.


Tomado del Horror de La Gaceta de Chicoloapan

Relatos desde Regina

La Niña del Vestido Azul

 Por Roxana Martínez Huerta


Uno de los males de mi matrimonio, aparte de soportar durante cinco años a mi grosera y violenta esposa, fue enriquecer al abogado que llevaba el trámite de mi separación. Como no habíamos quedado en buenos términos, mi ex ponía trabas y peros a cualquier arreglo, por lo que tenía que acudir a las citas muy continuas  con el mentado abogado. En una de esas tantas ocasiones viví un episodio realmente increíble.

El despacho del licenciado estaba en un viejo edificio oscuro y frío, ubicado en la calle de Madero, en el centro de la ciudad. Al llegar entré al vestíbulo a esperar el ascensor, como lo hacía en todas las visitas. Cundo se abrió, una criatura me sonrió desde dentro. Era una niña muy bonita. De escasos diez años, ataviada con un vestido largo color azul turquesa muy fino; traía el pelo recogido con un moño de la misma tela del vestido. La chiquilla tenía unos ojos enormes y hermosos. Supuse que quizá sería la hija de algún abogado o médico del edificio.

Esperé a que saliera. Pero al ver que no lo hacía, le hice la seña de que pasara, pero no se movió. Por la manera fija como miraba, sospeché que era ciega. Pasé mi mano frente a sus ojos, y ella no parpadeó, confirmando mis sospechas acerca de su ceguera. Le  pregunté:

-¿No vas a salir?

-No. voy a volver a subir -dijo recorriéndose al fondo.

Abordé el elevador. Apreté el botón número cuatro. Cuando las puertas se cerraron caí en la cuenta que no le había preguntado a la pequeña a qué piso iba.

-Perdón ¿Tú a que piso vas? –pregunté, dirigiéndome a la niña que supuse estaba detrás de mí.

Al no obtener respuesta, volteé, buscándola, pero ya no estaba. La sangre se me agolpó en la cabeza y sentí el estómago revuelto. Aquella hermosa y dulce criatura resultó ser un fantasma.

Entré al despacho del litigante con la boca seca. La recepcionista al verme en estado de shock me acercó una silla.

-¿Se siente mal? ¿Quiere que llame al doctor de aquí junto? Todavía no llegan sus pacientes y puede venir en seguida -dijo la joven.

-No, ya se me está pasando. Pero si tiene un poco de agua, se lo agradecería. Tengo la boca seca –respondí, arrastrando la lengua.

La chica corrió al despachador de agua, llenó un cono y me lo ofreció. Bebí con avidez el líquido vital. Ya más sereno le conté el suceso que viví en el ascensor.

-Si le creo. Además de usted, cuatro personas más me han dicho que una niña se aparece en el edificio, sobre todo en el elevador.

La recepcionista colocó una silla frente a mí. Se acomodó en ella y me contó lo que sabía acerca de aquella manifestación.

-Vecinos y conocidos cuentan que esa niña era hija de los primeros dueños de este lugar. Vivían en el último piso. La hija menor nació ciega y, como toda criatura era inquieta, tenía una nana que la guiaba y acompañaba a todos lados. Pero un día la ciega se le escapó a la mujer. La niña escuchó el timbre del ascensor y se dio a la carrera para abordar primero, confiada en su intuición. En efecto, llegó cuando la puerta se abrió y se abalanzó hacia adentro. Pero la cabina se había atorado en el segundo piso. La pequeña cayó al vacío y se mató. La ropa con que la enterraron, un vestido largo color azul turquesa muy fino, es con el que se aparece por los pasillos, las escaleras o en el ascensor.


Tomado de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan