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jueves, 22 de noviembre de 2018

Relatos desde Regina


La Paisana

Por Roxana Martínez Huerta


Nadie la llamaba por su nombre de pila, en el barrio se referían a ella como La Paisana. Era una mujer mayor, muy alta y delgada, con unos ojos azules profundos y pizpiretos. Pero lo que más me llamaba la atención era su cabellera larga y blanca. Sus canas brillaban igual que el pelo de las rubias muñecas de mi infancia. Vivía sola en un departamento del segundo piso de una privada en las calles de Regina, el cual siempre mantenía impecable y con un toque acogedor. Como era muy pequeño, contrastaba con la estatura de la inquilina. Era gracioso ver a una mujer de casi dos metros moverse ágilmente en tan poco espacio.
La Paisana era muy simpática y dicharachera. Siempre tenía una sonrisa o una palabra amable para todos. Nunca la vi enojada ni triste. Yo era apenas una adolescente que fácilmente se impresionaba con sus anécdotas, sobre todo las que contaba de los artistas con los que trabajaba. Pues si bien se mantenía de lavar y planchar ajeno, su verdadero trabajo consistía en ser  extra de cine. Por eso hablaba siempre de María Félix, de Cantinflas y de todos los famosos del cine mexicano de esa época.
-Claro, yo nomás salgo en la bola, pero me encanta el relajo; y además gano mi buen dinerito -contaba riendo-. Donde sobresalgo es en una escena de Juana Gallo. Allí salimos corriendo todas las soldaderas, pero una taruga me pisó un guarache y salí volando para caer de cara en el lodo, jajá -reía con ganas de sus pequeños accidentes estelares, como les llamaba.
Cuando llevaba la ropa limpia a nuestra casa no faltaba quien le picara un poco el pico y, sin hacerse del rogar, nos contaba historias de su tierra, de brujería o de amores que tuvo en su juventud; en especial siempre hablaba de un hijo al que nunca veía. Todas sus historias me parecían muy interesantes aunque en mi casa nadie le creía ni media palabra. Decían: “Esa paisana es más larga que la cuaresma, ¿quién le va a creer tanta babosada?”. Verdades o mentiras, era fascinante escucharla.
Por las tardes, cuando terminaba de planchar, se servía un caballito de charanda, y se sentaba en su mecedora a escuchar música. Entonces aparecía la nostalgia en su rostro cuando pensaba en su terruño. Una de esas tardes me hizo una confesión:
-Muchacha, te voy a confiar un secretillo. Como ves ya estoy muy vieja. Toda mi vida he trabajado y he ahorrado alguito, tampoco creas que mucho. Últimamente he pensado que la huesuda ya no tarda en llevarme, pero no quiero morir aquí. Quiero regresar a Colima con mis parientes. Con el hijo ya ni cuento, se casó y se olvidó que tenía madre. Pero lo más seguro, y si tengo todavía fuerzas, es que pronto me regrese a mi tierra. Pero en el caso de que me agarre la muerte durmiendo, no quiero que me echen a la fosa común. Te voy a enseñar el lugar en donde tengo mi guardadito, dispón de él. Ya que me hayan enterrado, si te sobra, pues ahí te lo gastas en lo que se te antoje –dijo la mujer levantándose para mostrarme su escondite.
Fuimos a la cocina y movimos la alacena. Quito un tabique de la pared y sacó un envoltorio, lo desató y me mostró una gran cantidad de billetes y algunos centenarios. Al ver la cantidad le sugerí que mejor lo metiera al Banco, o le hablara a su hijo, pues era mucho dinero.
-Ese cabezón lo que quisiera es quitarme el dinero que con tanto esfuerzo he logrado, ni cuando he estado enferma me ha echado un lazo. Capaz que se lo gasta en puras fregaderas. A mí el instinto nunca me ha fallado, y yo se que tú vas a cumplir al pie de la letra lo que te estoy pidiendo -dijo con firmeza.
Iba yo a replicar, pero no me dejó. Volvió a colocar el dinero a su lugar y acomodamos la alacena.
-Quiero que me entierren en el panteón donde están mis padres y que me mandes a hacer una tumba muy blanca y que tenga las torres igualitas a las de la Catedral de Guadalajara. Jajá, dirás que soy una vieja caprichosa, pero ese es mi deseo, así que te amuelas –concluyó.
Nunca volvimos a tocar el tema. Se acercaba el fin de curso, y me fui a despedir y a decirle que cuando regresáramos de las vacaciones en la playa, yo le llevaría la ropa sucia. Me deseo suerte, mirándome fijamente con sus profundos ojos azules, y me dio un beso en la frente.
Cuando regresé de las vacaciones la busqué. Después de un rato de tocar el zaguán, me abrió una señora, y al reconocerme se echó a llorar. Entre sollozos me informó que La Paisana había fallecido. Al preguntar qué había pasado, dijo que la culpa la tenía el hijo, que en mala hora había buscado a su madre.
 -Cuando se apareció todos pensamos que ya no estaría sola, pero el muy desgraciado nada más vino a robarla y a matarla del coraje –dijo la mujer llorando.
-No es posible. ¿Dónde está él? ¿Dónde la enterraron? –pregunté consternada.
-Ya se fue el maldito. Estuvo viviendo casi dos semanas con ella, sólo para saber dónde guardaba el dinero. Cuando lo encontró se lo robó. Ella lo quiso golpear, pero la aventó y se escapó con todo. Ninguno nos dimos cuenta, pobrecita. Se enfermó quien sabe si de coraje o tristeza por tener ese perro por hijo. Se murió a los dos días. Entre todos los vecinos nos cooperamos y la enterramos –dijo la mujer.

Relatos desde Regina


Noche de Halloween

Por Roxana Martínez Huerta


Al salir de clases Desiré y sus amigos fueron a comprar los disfraces para la noche de halloween que celebrarían en su casa. Luego, un grupo fue a comprar las bebidas y la comida y otro, los adornos. Lo más difícil para la muchacha fue obtener el permiso de sus padres para que les dejaran la casa sin presencia de adultos. Pues el festejo, según ella, no sería igual, ya que algunos jóvenes se incomodaban con la presencia de los papás.
-Ningún papi está invitado. Ma, por fa –suplicó Desiré a la madre.
-Tu padre y yo estaremos arriba. Te prometemos no bajar. Pondremos una película y no interferiremos en tu reunioncita. Pero, solos no. Comprende, puede pasar cualquier cosa –argumentó la madre.
-No. Cuando vean la camioneta estacionada afuera, sabrán que están aquí, cuidándome. Mis amigos van a pensar que soy una niñita sonsa, y ya no van a querer ir a ningún lado conmigo –rogó la joven.
-No. Y es mi última palabra. Están en una edad fantasiosa e irresponsable. Además, dos de las mamás de tus amigas me las encargaron –dijo tajante.
-¿Qué? Viejas desconfiadas. No vamos a hacer nada malo. Que triste que no confíen en nosotras. Mejor voy a hablar para cancelar, y que lo hagan en otra casa en donde tengan padres más alivianados y no tan gachos –dijo, haciendo pucheros como una bebé.
-Está bien. No canceles nada, ni hagas tanto argüende. Que sea aquí. Pero prométeme contestar mis mensajes y no hacerte tonta. Vamos a estar en casa de tu tía Lucía, pero cualquier cosa que pase, por tonta que te parezca, me llamas ¿O.K? – dijo la madre rendida ante tanta palabrería de la consentida hija.
-Si mamita, te lo prometo –dijo abrazando y besando a la madre.
Con la casa libre de adultos empezaron a llegar las amigas para adornar la casa y preparar los bocadillos. Luego fueron a la habitación para a maquillarse y disfrazarse. Los chicos empezaron a llegar más tarde, sorprendiéndolas con sus disfraces. Pusieron la música, apagaron las luces y encendieron las velas para alumbrar la sala. Desiré estaba sorprendida de tantos invitados. Tenía programadas unas treinta personas, pero el lugar estaba abarrotado desde la entrada hasta la cocina. Algunos chicos utilizaban los escalones para poner sus bebidas, pues ya no había lugar libre.
-O ya estoy borracha o veo doble. ¡Qué poder de convocatoria tienes amiguita! –exclamó una de las muchachas.
-No sólo son del salón, está aquí toda la escuela. Hay que decirles a Richi y David que vayan al súper por más chupe y chatarra porque no va a alcanzar. Chupan en serio –contestó Desiré sorprendida.
-Si. Pero mientras van, hay que organizar el concurso de disfraces Desi, yo me ofrezco – dijo otra de las chicas.
Desiré aceptó y se dirigió a la puerta, pues seguían llegando jóvenes. La fiesta continuó muy animada. Mientras todos gritaban y bailaban Desiré observó, en un rincón junto al baño, a un joven sentado en el suelo. Estaba disfrazado del Dr. Hannibal Lecter, el protagonista de la película Silencio de los Inocentes, con la careta en forma de bozal y una camisa de fuerza además de una capucha.
-¿Tú quien eres? –preguntó la muchacha.
-Hannibal –dijo el joven.
-Si ya se. Pero cómo se llama el de abajo del disfraz –insistió.
-Adivina, tienes fama entre tus cuates de ser muy lista.  –Contestó el muchacho con voz nasal.
-¿Eres de la escuela? Te me haces conocido.
-No se, dímelo tú. -Dijo el tipo.
Al reconocer la voz del joven, Desiré se estremeció. Se trataba del hijo del conserje de la prepa, quien siempre la espiaba de lejos con una mirada insistente que le daba miedo. Aunque era joven, no era alumno. Sus padres lo sobreprotegían porque había nacido con labio hendido y los alumnos de la escuela lo apodaban El Leporino. No tanto por su defecto, sino que por su condición siempre fue peleonero y vengativo, situación que sus padres no pudieron manejar y prefirieron aislarlo de la gente. No hablaba con nadie aunque lo saludaran. Sólo observaba a todos y se colocaba a hurtadillas para escuchar la plática de las chicas cuando entraban al baño. Lo malo para Desiré es que el joven desarrolló una especial fijación por ella, y siempre estaba tras algún arbusto sin quitarle la mirada de encima, lo que a la muchacha le daba terror. Se había enterado de la fiesta y, con el disfraz, pasó desapercibido para todos. Ahora estaba frente a la chica.
Desiré quiso alejarse para pedir ayuda, pero él la tomó con fuerza. Con una mano enguantada le tapó la boca y con la otra le puso un cuchillo en el cuello y la arrastró dentro del baño.
Con el ruido y la oscuridad nadie se dio cuenta de lo que ocurría. Pasado un rato, y luego de tocar repetidas veces y forcejear con la perilla, decidieron echar la puerta abajo. Encontraron a la muchacha tirada en el suelo, en medio de un charco de sangre. Estaba viva, pero tenía muchos cortes en la cara. El labio superior estaba dividido de un tajo y le faltaba una oreja, que al parecer el sujeto se había llevado. Uno de los muchachos señaló el espejo. Con la misma sangre de la joven estaba escrito: Ahora que nos parecemos, ya no hay motivo para soportar tu desprecio.


martes, 13 de febrero de 2018

Relatos desde Regina



El Baño de las niñas

Por Roxana Martínez Huerta


Estando en cuarto año de primaria nos tocó al grupo estar en el segundo piso del plantel. La escuela Joaquín García Icazbalceta se ubicaba en el segundo Callejón de Mesones, en el centro de la Ciudad de México. Como éramos los únicos alumnos en ese piso, no compartíamos los sanitarios con los demás alumnos. Así que una vez que fui al baño me sorprendió ver a una niña desconocida. Estaba llorando apoyada en el lavabo, se secaba las lágrimas con el delantal del uniforme. Al salir de mi urgencia, me lavé las manos y  le pregunté por qué lloraba. Estaba agachada. No contestó. Tenía el pelo revuelto y terroso, el uniforme arrugado, sucio. Las manos le temblaban enrojecidas. Insistí preguntándole de qué grupo era. Le advertí que su baño estaba abajo, que los de arriba eran sólo para nosotros. Por respuesta recibí más silencio, y al levantar la cara me lanzó una mirada llena de odio, me dio más miedo que coraje la reacción de la intrusa; así que me fui corriendo al salón. El maestro Juan que estaba parado cerca de la puerta dijo -No corras Huerta, parece que viste un fantasma- Claro las carcajadas del grupo entero no se hicieron esperar. Del tono amarillo del susto pasé al rojo de la vergüenza. Me fui a sentar muy callada. 

A la hora del recreo se me acercó Laura, una compañera del salón. -¿Qué te pasó que venías verde del baño? ¿Viste a la chava que espanta? -Preguntó. 

¿Cuál chava? -Ccontesté sin muchas ganas de platicar.

Pues el fantasma que se aparece en el baño de las niñas. -dijo Laura con mucha seriedad- siguió, -Es muy famosa, raro que tú no conozcas la historia, has hecho varios años aquí ¿no?

-Tres, pero nunca había oído y mucho menos había visto lo que hoy vi. ¿Qué le pasó, por qué se aparece? ¿Tú sabes algo? pregunté. 

Laura conocía muchas cosas de la escuela ya que vivía enfrente. Me jaló hacia las escaleras, nos sentamos comiendo nuestras tortas con refresco, y rodeadas de varios curiosos que también querían saber la historia, me contó lo que se sabía de la muchacha que andaba penando en la escuela. 

Años atrás, jugando a la hora de la salida sus amigas habían encerrado en el baño a Graciela, así se llamaba la jovencita. No se sabe bien porqué no la sacaron. Si se les olvidó o lo hicieron a propósito. Esto sucedió un viernes, así que quedó encerrada muchas horas, y en el frío de un mes de invierno. Ningún adulto se dio cuenta, ni maestros, ni vecinos. El conserje dice que no oyó nada, la encontró hasta el lunes que abrió el baño para lavarlo. Estaba muerta, completamente helada y amoratados los labios. Al parecer murió de frío. Sus padres preguntaron por ella a la salida, pero sus compañeros de grupo les dijeron que Graciela ya se había ido, así que no insistieron, buscándola todo el fin de semana en todo el rumbo, menos en la escuela; donde sufrió y agonizó todo ese tiempo. Imaginándonos sus últimos momentos llenos de miedo y desesperación nos quedamos en silencio hasta que sonó la campana.

Regresando a la realidad subimos al salón, al entrar el maestro dijo riendo: -Cuando tengan ganas de ir al baño, vayan a los de abajo, por si las dudas, ¿verdad Huerta? Sólo que esta vez nadie se río.

Lo que al maestro Juan le provocaba tanta risa, a mi no, ya que la mirada de odio de aquella joven estuvo en mis pesadillas por algún tiempo.

Tomado del Horror de La Gaceta de Chicoloapan

jueves, 14 de diciembre de 2017

Relatos desde Regina

Mujer contra mujer


Roxana Martínez Huerta


Todas las noches con paso lento pasaba por una cajetilla de cigarros a la tienda de la esquina; daba las buenas noches al dueño y se iba echando bocanadas de humo rumbo a su casa, a descansar, luego del pesado trajín de la taquería “El Campeón”, donde había trabajado toda su vida. Yolanda era una mujer alta, corpulenta, pausada en sus movimientos, pero con una cara muy dulce que parecía que siempre estaba triste. Llevaba el pelo corto con un flequillo gracioso, vestía siempre de negro y con calzado bajo; tenía una apariencia casi masculina.

Yo la conocía de antes, de cuando su vida era diferente, de recién casada se ataviaba con vestidos de colores vivos, siempre risueña y buena con todo el mundo, en especial buena hermana y buena hija. Mantenía a toda la familia, pagaba la escuela de sus hermanos y sostenía la casa materna desde que el padre los abandonó.

Pero luego su vida cambió. Ahora la esperaba una casa silenciosa y fría, pues su madre había muerto, sus hermanos se fueron y el esposo, simplemente, desapareció. En tantos años de conocernos siempre que la encontraba intercambiábamos un saludo y nada más. Pero un día coincidimos en la tienda comprando los cigarrillos imprescindibles para ambos. Nos saludamos y nos fuimos calle abajo caminando y fumando en silencio. Nos detuvimos en la esquina. Percibí que esa noche Yolanda tenía necesidad de desahogarse con alguien. Ese fui yo. Platicamos de cosas diferentes, le pregunté qué había pasado en su vida para hacerla cambiar tanto, para estar tan sola. Ella lanzó una voluta de humo sobre mi cara, hizo una mueca de amargura y dijo:

-He tenido mala suerte, yo creo. 

-¿Lo dices por tu esposo?- interrogué.

-No sólo por él. Los de tu sexo, sólo me han dado desilusiones, golpes y desgracias, pero son peor las de mi sexo. Si amiguito. Las mujeres son peores. Esas te parten el corazón y les vale- dijo Yolanda, suspirando.

Dio una calada al cigarro, y siguió hablando, más para ella que para mí:

-Como sabes, mi padre nos abandonó, claro después de haber abusado física y mentalmente de toda la familia. Creí encontrar la tranquilidad, casándome, pero Ramiro era un hombre violento e inseguro, igual que mi padre, y lo peor, mujeriego. Después de pleitos y reconciliaciones, por fin un buen día se largó. Créeme que fue lo mejor, yo ya no lo quería. Seguí trabajando y manteniendo a mi familia, hasta que conocí, según yo, al verdadero amor y la comprensión anhelada. Y cuando más enamorada estaba, Rosa me traicionó- dijo Yolanda con tristeza.

-Si, Rosa, oíste bien. Y para mí era eso, una rosa. Tenía la piel más blanca y más suave que jamás había tocado; el pelo rubio y ensortijado. Pero lo que me enloqueció; fueron sus ojos azules. Era una adolescente mansa y buena, con ella conocí la pasión. Trabajaba, respiraba y vivía sólo para ella y sus caprichos. Creí estar en el paraíso, pero un día me despertó la realidad, y me llevó, la muy canija hasta el infierno- contó Yolanda.

-¿Se fue con otro? -Pregunté.

-Aunque decía estar muy enamorada de mí, un buen día se fue, desapareció por un par de meses. Creyendo que algo malo le había sucedido, pero cuando por fin la encontré, se le notaba un embarazo de cinco o seis meses. Al mismo tiempo que estaba conmigo, estaba con un hombre. Conmigo por interés, y con él, por zorra la desgraciada. Lo único que quería de mí era el dinero que le daba a toda su familia, y mira que era numerosa. Pero a mi no me pesaba, porque mi trataba bien, era tierna y amorosa ¡pura hipocresía! Claro que cuando los encontré juntos, me les fui encima a los dos. Estaba tan enojada que los dejé muy golpeados, sobre todo a él. Le di una cuchillada de gravedad. Me echaron a la policía y se hizo mucho escándalo. Pero como no murió, alcancé fianza y salí. Ojalá se hubiera muerto, así Rosa hubiera regresado conmigo. Sin ella ya no me interesó trabajar ni vivir. Descuidé a mi familia, mi madre murió, y yo me di a la desgracia. Rosa y su marido me mandaron dar una golpiza, por lo de la cuchillada. Los que me atacaron, eran cuatro morros; no sólo me golpearon, para que la obligación fuera completa, me violaron. Quince días después de la golpiza, desperté en la Cruz Verde, con las costillas rotas, la mandíbula fracturada, moretones por todos lados, y agárrate hermano; ¡Embarazada!

Me resultaba difícil de creer lo que Yolanda me contó. Había sido una muchacha buena, y no se merecía lo que le habían hecho. Finalmente le pregunté por el desenlace de aquel relato de horror que me estaba contando.

-Ahí mismo me hicieron un legrado. Semanas después me dieron de alta. El resto de la historia ya la sabes; me convertí en una mujer amargada y sola, a la que te encuentras en la calle cuando sales por cigarros- dijo Yolanda, y emprendió su camino, sin despedirse.

Tomado de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan
 

Relatos desde Regina



El 4° Piso

Por Roxana Martínez Huerta


En el invierno de 1995 fuimos de vacaciones al puerto de Acapulco. Nos hospedamos en el Aristos Mayestic, un hotel moderno de 150 habitaciones y 20 búngalos, con alberca, discotheque, bar, playa privada, restaurante, lavandería y, en cada piso, cómodas salitas de estar. La construcción semejaba un barco y se podía ver la bahía desde todas las habitaciones; las nuestras estaban en el tercer piso.

Pasábamos las mañanas en la playa y por la tarde regresábamos al hotel a refrescarnos, tomar un baño para después salir a comer y dar una vuelta por la costera. 

Una de esas tardes, estábamos ya en la calle cuando mi marido se dio cuenta que había olvidado la cámara fotográfica en la habitación. Para evitar subir toda la familia, yo me ofrecí para ir a buscarla, mientras ellos sacaban el coche del estacionamiento. 

Entré al elevador y marqué el piso 3. Al abrirse la puerta no reconocí el piso. Pensé que quizá me había bajado uno antes, pero el botón marcaba en rojo el piso 4. Apreté el botón para cerrar pero la puerta permaneció inmóvil. Salí del elevador y fui a buscar la escalera. Todo el piso era diferente al resto del edificio. Donde se suponía que estaría la escalera, había un gran espejo empotrado. Los muebles, la sala de estar y toda la decoración eran de la época de los años cuarenta. No había plafones como en los demás techos y en lugar de las lámparas de neón como las del resto del hotel, colgaban unos candelabros. Los huéspedes que descansaban en los sillones, vestían ropa completamente pasada de moda, los peinados del las mujeres eran altos y elegantes, pero no para el clima del puerto. Me quedé parada en medio del corredor. Una pareja de ancianos me saludó con una sonrisa. A pesar de mi prisa y mi descontrol percibí un ambiente agradable y apacible. Se escuchaba música de piano, tintineos de copas y el sonido de los ventiladores; que, por cierto, no había en ningún otro sitio del hotel, pues el sistema en todo el edificio era de aire acondicionado y extractores. Un mozo, al verme perdida, me señaló la escalera con la mirada.

Salí de ahí. Pero en lugar de subir, bajé, pues para mi sorpresa, no había más pisos arriba. No entendía que pasaba. Logré llegar a mi habitación, tomar la cámara y bajar al lobby. Allí encontré a la animadora del hotel, a quien le tenía más confianza que al resto del personal. Le conté lo sucedido y, en lugar de reírse de mí, se quedó muy seria. Luego me dijo que yo era la segunda persona, desde que ella trabajaba ahí, a quien le había pasado lo mismo. Una turista canadiense vivió la misma experiencia el año anterior. Lo preocupante era que esos extraños sucesos tuvieron lugar en el cuarto piso, en un hotel que sólo tenía tres, y que fue construido a finales de los años 80. 

Salí del hotel muy confundida, pero no lo volví a contar a nadie. Sabía que mi familia no me creería. Aquella hermosa tarde, disfrutamos, en silencio, la maravillosa puesta del sol desde “La Quebrada”.

Tomada del Horror de La Gaceta de Chicoloapan
 

sábado, 18 de noviembre de 2017

Relatos desde Regina

Lulú

 Por Roxana Martínez Huerta



Cuando le pregunté a Saúl, mi sobrino, cómo eran sus futuros suegros respondió sin dudar:

-¡A todo dar!

El joven sorprendió a todos por su decisión precipitada de casarse con una chica que recién había conocido un par de meses atrás.

-Son muy jóvenes los dos. Tienen muchas cosas qué hacer antes de contraer tantas responsabilidades como las que hay en un matrimonio –argumenté luego de conocer la noticia.

-Pues Carolina quiere casarse ya. Estamos enamorados y mientras no haya ningún impedimento, las opiniones de los demás carecen de interés para nosotros -respondió el joven.

Cualquier argumento en contra de esa precipitada unión era una pérdida de tiempo, por lo que al pasar dos meses la pareja contrajo matrimonio por el civil y por la iglesia, a cuyos actos acudimos como invitados, donde tuve la oportunidad de conocer a los suegros de Saúl. Platicando acerca de diversos temas, llegamos a comentar lo bien que trataban a Lulú, la muchacha que les ayudaba en el servicio, pues me percaté que la trataban como de la familia. La suegra de Saúl, sin reparo alguno contó que la joven era muy querida por toda la familia, quien la consentía y cuidaba como a una hija más.

-A esa pobre criatura la salvé de una violación inminente -soltó la mujer.

-¿Cómo? ¿Por qué inminente? –Pregunté, francamente intrigada.
-Lulucita, como yo le digo, es de una ranchería del Estado de Puebla, y como parte de sus obligaciones tenía que llevar al el almuerzo a sus tíos y hermanos a las tierras de labor. Siempre iba sola por los caminos del campo cargando su canasta su comida. Un día se topó con una bola de forajidos, quienes al verla sola la atacaron con intenciones de violarla. Tenía once años y era muy flaquita. Era imposible escapar. Pero Quiso Dios que mi esposo y yo pasáramos en ese preciso momento. Veníamos de regreso de la casa de una hermana que vivía en otra ranchería cercana. Al oír los gritos de la muchacha, mi esposo aceleró la camioneta echándoselas encima. Los malditos salieron corriendo, eran como seis, jóvenes todos. Nos bajamos del vehículo para revisarla; tenía algunos moretones y rasguños, el pelo revuelto y toda la ropa rasgada y enlodada. La subimos a la camioneta. La llevamos a su casa. Eran una familia muy pobre. Y si esta vez la rescatamos, algún otro rufián le haría daño más adelante. Por ello convencí a sus padres para que me permitieran llevarnos a Lulú con nosotros. Les prometí que a cambio de algunas labores caseras, le daría comida, techo, cuidados y un sueldo. La familia lo pensó un poco. Pero lo que los convenció fue que les di en ese momento un buen dinerito. Les prometí que cada vez que yo visitara a mi hermana, llevaría a Lulucita conmigo para que saludara a sus padres. Así lo hemos hecho hasta el día de hoy.

Se vino a vivir con nosotros. Resultó ser una buena chica. Me ayudaba en las labores de la casa y la metí a estudiar por las tardes. Todo fue bien los primeros años. Pero ya sabe cómo es la vida. Las mujeres crecen y les empiezan a gustar los hombres. En la escuela conoció a un mal muchacho, de esos irresponsables y flojos pero que la alborotó. Cuando me enteré y conocí al joven sin oficio ni beneficio, le prohibí a Lulucita que saliera con él, pues no le convenía. Lulú se puso rebelde y se escapó con el novio a otro estado, sin importarle mi preocupación ni la responsabilidad que yo tenía con su familia, a la que tuve que ir a comunicarles lo sucedido. Pero a pesar de lo que pensé que me reprocharían o reclamarían, la familia se conformó, diciendo que ya estaba en edad de tener novio. Sólo me pidieron que les avisara si sabía algo de ella. 

Una madruga, un par de meses después, llamaron por teléfono, avisándonos que Lulú había tenido un accidente gravísimo en la carretera. Ella iba sentada en medio del fulano, quien conducía el auto, y un amigo.  Habían bebido demasiado y se impactaron contra otro auto. Los varones llevaban puesto el cinturón de seguridad; no así Lulú que salió volando por el parabrisas. Con el impactó sufrió diversas fracturas en las piernas, la cadera y un brazo, además de heridas profundas en la cabeza. Bueno, para no hacer larga la historia, quedó muy mal. Fui por ella. Me la traje en avión, con médicos y enfermeras a bordo. Aquí la cuidé de día y noche. Fueron meses de angustia. Con paciencia le ayudaba en sus terapias para que volviera a caminar sin secuelas. Siempre la hemos procurado, hasta el día de hoy. Pueden ver lo sana que está. Bien alimentada y sin problema alguna.

Efectivamente la muchacha estaba joven y sana, por lo que no pude reprimir mi comentario:

-Es usted una santa. Poca gente hubiera hecho lo que usted por alguien que no es de su familia.

-No. Qué santa, ni que nada. Hay que ser buenas personas. Nunca sabe uno cuándo va a necesitar de los demás –dijo, sonriendo bonachonamente.

Tiempo después me enteré del motivo de las buenas intenciones de aquella mujer. Su hija Carolina padecía graves problemas de salud desde pequeña, y los continuos y duros tratamientos le habían dañado órganos vitales. Requería un urgente trasplante. La muerte la rondaba. Esa era la causa de la precipitación por casarse. También era el motivo de todo el amor descomunal y cuidados brindados a la jovencita, quien estaba tan agradecida con los buenos tratos de la familia, a quien servía de manera incondicional, al grado que donó, sin oposición alguna, el órgano sano que la hija de su patrona necesitaba para vivir.


Tomado del Horror de La Gaceta de Chicoloapan

Relatos desde Regina

La Niña del Vestido Azul

 Por Roxana Martínez Huerta


Uno de los males de mi matrimonio, aparte de soportar durante cinco años a mi grosera y violenta esposa, fue enriquecer al abogado que llevaba el trámite de mi separación. Como no habíamos quedado en buenos términos, mi ex ponía trabas y peros a cualquier arreglo, por lo que tenía que acudir a las citas muy continuas  con el mentado abogado. En una de esas tantas ocasiones viví un episodio realmente increíble.

El despacho del licenciado estaba en un viejo edificio oscuro y frío, ubicado en la calle de Madero, en el centro de la ciudad. Al llegar entré al vestíbulo a esperar el ascensor, como lo hacía en todas las visitas. Cundo se abrió, una criatura me sonrió desde dentro. Era una niña muy bonita. De escasos diez años, ataviada con un vestido largo color azul turquesa muy fino; traía el pelo recogido con un moño de la misma tela del vestido. La chiquilla tenía unos ojos enormes y hermosos. Supuse que quizá sería la hija de algún abogado o médico del edificio.

Esperé a que saliera. Pero al ver que no lo hacía, le hice la seña de que pasara, pero no se movió. Por la manera fija como miraba, sospeché que era ciega. Pasé mi mano frente a sus ojos, y ella no parpadeó, confirmando mis sospechas acerca de su ceguera. Le  pregunté:

-¿No vas a salir?

-No. voy a volver a subir -dijo recorriéndose al fondo.

Abordé el elevador. Apreté el botón número cuatro. Cuando las puertas se cerraron caí en la cuenta que no le había preguntado a la pequeña a qué piso iba.

-Perdón ¿Tú a que piso vas? –pregunté, dirigiéndome a la niña que supuse estaba detrás de mí.

Al no obtener respuesta, volteé, buscándola, pero ya no estaba. La sangre se me agolpó en la cabeza y sentí el estómago revuelto. Aquella hermosa y dulce criatura resultó ser un fantasma.

Entré al despacho del litigante con la boca seca. La recepcionista al verme en estado de shock me acercó una silla.

-¿Se siente mal? ¿Quiere que llame al doctor de aquí junto? Todavía no llegan sus pacientes y puede venir en seguida -dijo la joven.

-No, ya se me está pasando. Pero si tiene un poco de agua, se lo agradecería. Tengo la boca seca –respondí, arrastrando la lengua.

La chica corrió al despachador de agua, llenó un cono y me lo ofreció. Bebí con avidez el líquido vital. Ya más sereno le conté el suceso que viví en el ascensor.

-Si le creo. Además de usted, cuatro personas más me han dicho que una niña se aparece en el edificio, sobre todo en el elevador.

La recepcionista colocó una silla frente a mí. Se acomodó en ella y me contó lo que sabía acerca de aquella manifestación.

-Vecinos y conocidos cuentan que esa niña era hija de los primeros dueños de este lugar. Vivían en el último piso. La hija menor nació ciega y, como toda criatura era inquieta, tenía una nana que la guiaba y acompañaba a todos lados. Pero un día la ciega se le escapó a la mujer. La niña escuchó el timbre del ascensor y se dio a la carrera para abordar primero, confiada en su intuición. En efecto, llegó cuando la puerta se abrió y se abalanzó hacia adentro. Pero la cabina se había atorado en el segundo piso. La pequeña cayó al vacío y se mató. La ropa con que la enterraron, un vestido largo color azul turquesa muy fino, es con el que se aparece por los pasillos, las escaleras o en el ascensor.


Tomado de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan

miércoles, 18 de octubre de 2017

Relatos desde Regina

Una Madre Alcahueta

Roxana Martínez Huerta

Se escucha muy fuerte el término alcahueta, pero esas fueron las palabras de una madre en desgracia. Entre tantas historias de horror que vivimos los pasados días a causa del terremoto que devastó varios edificios a su paso, una mujer anónima, como tantas que han dado su testimonio a propios y extraños, narró que sí, efectivamente era muy permisiva y consentidora con sus dos hijos, un niño de siete años y una jovencita de trece años, sobre entendiéndose, que su familia estaba formada únicamente por ellos tres, ahí no había padre, abuelos, tíos, ni nadie más.
Dijo que esa mañana, cuando los despertó para acudir a la escuela, la adolescente le dijo que tenía flojera de levantarse, pero que al día siguiente seguro iría, y el niño, no hizo ni el intento por pararse de la cama, sólo se envolvió en las cobijas dándole la espalda. A ella le pareció bien, así que desayunó en silencio, y se fue a trabajar, pensó para sí, que regresaría pronto, pero cuando, pocos minutos después del temblor, recibió un whatsapp de los vecinos de la unidad, avisándole que su edificio había colapsado, comenzó su víacrusis; el camino de regresó a casa, se le hizo eterno, aún no acordonaban el lugar, y pudo entrar. Sus ojos no daban crédito a lo que veían; los cinco pisos estaban reducidos a piedras, escombros, pedazos de telas, restos de tinacos y fierros retorcidos que levantaban un montículo grotesco en donde habían quedado sus hijos sepultados, muertos, despedazados; siendo éstos de los primeros en sacar de entre los escombros.
Después de reconocer los cuerpos y darles sepultura, regresó a la unidad a ayudar a los vecinos, preparando la comida a los rescatistas, dando consuelo a familiares de personas que seguían entre los escombros, alguien le preguntó, por qué tanta fortaleza, cualquiera se hubiera derrumbado al quedarse sin familia y sin patrimonio alguno, a lo que ella contestó, serena, sin una lágrima, sin que se le quebrara la voz siquiera:
-No he tenido tiempo de llorar. Qué más quisiera yo que tener un lugar, un espacio a solas para desahogarme, para gritar mi dolor, pero mis vecinos me necesitan. Además haga lo que haga no los voy a resucitar, no los voy a volver a ver a mis niños. A lo mejor cuando pase la emergencia pueda pensar con sosiego y calma, ahora no puedo- dijo, siendo interrumpida por mujeres del campamento provisional llamándola a gritos.
Los que escuchamos su relato nos preguntamos, ¿si ese día sus hijos hubieran acudido a la escuela seguirían vivos?, puesto que la escuela a donde iban quedó intacta, ¿si hubiera sido un poco más enérgica con ellos habrían salvado la vida? Nadie tiene la respuesta, algunos piensan que los seres humanos ya tenemos un destino marcado. ¿Será? Esta desgracia estúpida y repetida una vez más, nos ha dejado mucho qué pensar, qué reflexionar ¿No crees?

 Tomado de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan