jueves, 7 de septiembre de 2017

Relatos desde Regina



La Mujer del Zapatero

Roxana Martínez Huerta


Cuando cursaba el último año de la carrera de Derecho, entré a hacer mi servicio social en la 4ª Delegación de Policía, la de Tlaxcoaque, en el centro de la ciudad. Me asignaron el puesto de Agente del Ministerio Público. Mi trabajo consistía en levantar actas, poner multas. dar entrada y salida a los detenidos, ir al lugar de riñas o accidentes a levantar el acta correspondiente. Yo era un joven idealista, en cuanto a las cuestiones legales. Desde mi pequeña trinchera, quería hacer verdadera justicia a las víctimas y aplicar castigos justos a los delincuentes.

Una domingo por la mañana recibimos una llamada urgente, reportando una riña doméstica, en el 78 de la calle 5 de Febrero. Abordamos la patrulla y nos dirigimos al lugar. Ya se encontraba allí una ambulancia y la calle estaba llena de curiosos. Los policías trataban de forzar la puerta, pues adentro se escuchaban llantos y gritos de niños. Me acerqué a la puerta y pedí a gritos que abrieran para poder ayudarlos. Al escuchar mi voz, los gritos de auxilio se hicieron más fuertes pero no abrían. Con ayuda de los vecinos los agentes derribaron la puerta.

Mientras mis ojos se acostumbraban a la penumbra, observé la escena: la parte delantera era taller de calzado y, detrás de una sucia cortina de tela, habían improvisado una pequeña vivienda. Vi a los niños agazapados tras el mostrador. Eran seis varones. En el fondo del cuartucho, con las manos metidas en las bolsas del pantalón, estaba un hombre alto y delgado, que miraba al piso. Yacía ahí el cuerpo de una mujer joven, en medio de un charco de sangre. Los paramédicos entraron; auscultaron a la mujer, aún respiraba. La subieron a la ambulancia. Los vecinos gritaban todos a un tiempo; estaban muy indignados y querían golpear al victimario. El hombre se entregó a los agentes sin oponer resistencia. Como pudimos, lo sacamos y lo metimos a la patrulla. Quise llevarme a los niños, pero las mujeres del lugar dijeron que ellas se harían cargo, y pidieron que nos lleváramos pronto al golpeador, si no ellas mismas harían justicia de propia mano; estaban hartas de tanto abuso contra la familia.

En la delegación el sujeto aceptó haber golpeado a su mujer, pero dijo que ella tenía la culpa por haberlo hecho enfurecer. Al día siguiente fue remitido a la penitenciaria, ya que las heridas eran muy graves, posiblemente mortales. Cuando la mujer recobró el conocimiento fui a tomar su declaración a la Cruz Roja. Se llamaba Cecilia, era muy delgada, de baja estatura; no pasaba de los treinta años. El diagnóstico médico anotó cuatro costillas rotas, hematomas en ojos, quijada, extremidades y dorso; la mano derecha y la nariz fracturadas, la lesión más grave la tenía en la cabeza. Los doctores le dieron veinte puntos para cerrar la herida. Seguía grave, pero estaba lúcida. Con voz casi inaudible, declaró que su marido era un hombre muy trabajador, pero muy violento con los niños y con ella. Cuando explotaba, que era bastante seguido, los golpeaba sin importarle nada. Se cegaba y nada más. Sus hijos tenían entre uno y doce años de edad. La mujer estaba muy preocupada por ellos. La tranquilicé diciendo que sus vecinas los tenían bien cuidados, y el más grande atendía el taller. Al escuchar esto, se consoló un poco, y tímidamente se animó a preguntarme por el esposo.

- Esta detenido. Casi la mata. No me diga que le preocupa ese sujeto -dije.

-Es mi esposo y padre de mis hijos. Además, preso cómo van a comer mis hijos -inquirió.

-Y libre los va a matar. Usted no se preocupe. Trate de reponerse para que sus hijos no estén solos -contesté.

Me despedí asegurándole que yo mismo iría a ver en qué podía ayudarlos. Y así lo hice. Los visité en varias ocasiones. Cuando la mujer salió del hospital le llevé algunas cosas para la despensa que le obsequió mi mamá. Cecilia, en agradecimiento, mandaba a uno de sus niños, con un desayuno o almuerzo para mí; cosa que mi jefe veía mal, ya que siempre decía “No se involucre con ellos, licenciado. Son gente mitotera y argüendera. Ya se acostumbrará, yo se lo que le digo”.

Cuando Cecilia sanó completamente, cerró el taller y se cambió de casa. Con la ayuda de sus niños hacía limpieza, lavaba y planchaba ropa por docena, a las señoras del rumbo. La familia estaba mejor que nunca. Los niños asistían a la escuela, limpios y bien comidos.

Pero al marido golpeador, meses después, le dieron libertad bajo palabra por su buen comportamiento, y no tardó mucho en encontrar a su familia. Le rogó a Cecilia que lo aceptara otra vez. Los niños fueron a preguntar mi opinión, ya que ellos le tenían miedo y no deseaban que volviera. Querían que yo convenciera a su madre para que no lo aceptara. Hablé con ella, pero ni mis argumentos, ni las súplicas de sus hijos la hicieron cambiar de opinión. Afirmó que el hombre era su esposo y el padre de semejantes mal agradecidos. Que era muy horado y trabajador, que una mujer sola no valía nada, y además ya había pagado su culpa en la cárcel. Así que lo aceptó. Todos se regresaron al taller. Me indigné tanto, que no volví a verla y me olvidé de ella.

Hasta que un día entró un reporte. El oficial me mostró la dirección. El corazón me dio un vuelco !Era el domicilio de Cecilia! La distancia entre la estación y su casa se me hizo eterna. Al llegar, los niños corrieron hacia mí, histéricos y desesperados. Era la misma escena que la vez anterior, sólo que esta vez los paramédicos no pudieron hacer nada. Cecilia ya estaba muerta. El marido le había cortado la garganta con su charrasca de trabajo.

Los vecinos tenían agarrado al marido y lo golpeaban salvajemente. Los agentes y yo les dimos suficiente tiempo antes de intervenir. Lo sacaron casi inconsciente por la golpiza. Mientras esperábamos la ambulancia del servicio médico forense, uno de los niños me dijo muy enojado:

-Ya ve licenciado, le dijimos que ese desgraciado iba a matar a mi mamacita y usted no hizo nada.

Han pasado casi treinta años de aquellos sucesos. Ahora soy abogado penalista y ningún caso ha dejado de dolerme, pero ese en especial me abruma demasiado cuando lo recuerdo

Tomado de la Sección Mujer en La Gaceta de Chicoloapan

Relatos desde Regina



La Perfumada

Roxana Martínez Huerta


Consuelo Gaytán, la portera del edificio, se enamoró de Luis González, el inquilino del departamento nueve; y era correspondida. Sólo había un pequeño detalle, el hombre era casado. Gloria, que así se llamaba la esposa, era ‘agente de ventas’, que equivalía a decir que  iba de puerta en puerta, ofreciendo los perfumes que Luis preparaba en el ‘laboratorio’ improvisado en un cuarto de servicio de la azotea.

Los vecinos del rumbo conocían a Gloria como ‘La Perfumada’, pues siempre estaba impregnada de las esencias aromáticas que vendía por las calles del centro de la ciudad de México. Luis y La Perfumada, habían procreado tres hijos, que en ese momento estaban en edad escolar. Así que todos los días salían juntos, madre e sus hijos; una, a ofrecer sus productos y, los otros, a la escuela. De esta situación se aprovechaban los amantes, pues todas las mañanas, una vez que la familia había salido, subían al cuartito a satisfacer sus apetitos sexuales.

No se sabe con exactitud cómo se enteró Gloria de la traición del esposo, pero cuentan que un día la escucharon llorar y discutir con el infiel compañero, a quien reclamaba a gritos su artera traición. Luego se le vio abandonar el departamento, cerrar con fuerza la puerta detrás de si y salir corriendo del edificio. Atravesó la avenida 20 de Noviembre sin fijarse que estaba el siga... un automóvil la arrolló y la mató al instante.

Un par de meses después, muerta Gloria y ya sin obstáculos que los detuviera, Consuelo se casó con Luis; se hizo cargo de los huérfanos y continuó con su trabajo en la portería de aquel edificio de seis pisos, que se ubicaba en la calle de 5 de Febrero. Un día Consuelo barría las escaleras, y percibió un olor conocido; era el perfume que siempre usaba la difunta. Sintió tal temor, que aventando la escoba, entró corriendo a su casa. Cuando comentó el suceso con los inquilinos, algunos coincidieron en que también habían percibido un peculiar olor, entre esencias de rosas, lavanda y almizcle.

Al volverse recurrente este fenómeno inexplicable, los vecinos sentían cierto temor de caminar solos por los pasillos y escaleras. Cada vez era mayor el rumor de que el fantasma de La Perfumada rondaba el edificio.

Un día que entraba yo al edificio, escuché un grito aterrador y, vi que venía cayendo una mujer. Era Consuelo Gaytán que caía desde la azotea del edificio de seis pisos. Fue un golpe seco. La cabeza estalló al chocar contra las losetas del patio y la sangre y los sesos salpicaron las puertas y las escaleras. El cuerpo quedó desmembrado.

Se armó un gran barullo entre los vecinos. Hubo quien afirmó que ‘La Perfumada’ aventó a Consuelo cuando se encontraba barriendo  el último piso, en venganza por haberle quitado no sólo al esposo, sino la vida. Algo de razón tendría ya que nunca se volvió a sentir su presencia, y jamás volvimos a oler el excéntrico perfume.

Han pasado más de treinta años de aquel terrible suceso, pero cuando paso frente al edificio siento un horror indescriptible; el mismo que sentí cuando vi caer a Consuelo.

Tomado del Horror de la gaceta en La Gaceta de Chicoloapan

Relatos desde Regina


Xóchitl, La Cantante


Roxana Martínez Huerta


Cuando yo era pequeña llegó a vivir  a la casa de enfrente, una cantante de música ranchera, llamada Xóchitl; mujer joven de mucha personalidad quien, debido a su embarazo avanzado y a que tenía una niña pequeña, decidió dejar de trabajar por un tiempo. Su comadre Clara, amiga de mi mamá, le dio hospedaje hasta que naciera el niño. Era una mujer sencilla y buena, pero tenía muchas hijas, por lo que, en cuanto diera a luz, cantante e hijos tendrían que irse.

Mientras eso sucedía las mamás se juntaban a platicar, y las niñas jugábamos o escuchábamos a la cantante calentar la voz, como ella llamaba sus ejercicios vocales. No era estrella de televisión ni mucho menos, pero hacía muchas presentaciones en palenques, restaurantes elegantes, ferias y fiestas privadas. Tenía muy buena voz y un estilo original para interpretar canciones bravías. A veces venían a ensayar los mariachis, con artistas famosos y desconocidos y se armaba la verbena. Ocasionalmente visitaba a Xóchitl un cantante que entonces empezaba, y que ahora es el más famoso de México.

El equipaje de la artista era muy extenso. Constaba de muchos trajes de charra, bordados con hilo dorado y botonería chapada en oro y plata y sombreros con pedrería fina. Como no cabían en la casa de su comadre, pidió a mi mamá, le guardara un par de baúles y maletas llenas de accesorios y ropa que usaba en sus presentaciones. Mi familia estaba fascinada. Cuando Xóchitl abría las puertas de aquellos tesoros, todas las niñas nos poníamos algo, y ella, que era generosa, nos obsequiaba alguno de esos objetos maravillosos. Fueron unos días muy agradables.

La cantante, por fin, dio a luz a una niña que, desgraciadamente, nació baja de peso y delicada de salud; razón por la cual los médicos decidieron dejarla en observación en el Hospital Juárez.

Cuando la niña iba a cumplir el mes internada, Xóchitl vino a casa por un par de maletas. Tenía una presentación en Guadalajara a la que no podía faltar, ya le habían enviado el anticipo en un giro. Pidió a mi madre, en nombre de la buena amistad que habían hecho, se hiciera cargo de la recién nacida, quien para esas alturas había sido ingresada a terapia intensiva del hospital.

Cuando mi madre escuchó la petición abrió los ojos como platos, no daba crédito a las palabras de la mujer. No podía creer que con una niña debatiéndose entre la vida y la muerte, la madre se fuera tan fresca a trabajar. Trató de convencerla con todos los argumentos posibles, entre ellos  culpa, responsabilidad, obligación y demás para que se quedara. Pero fue inútil. Al no poder hacer nada, mi madre aceptó a regañadientes. Tomó el pase de acceso al hospital que le entregó Xóchitl y le pidió una dirección o algún teléfono por si algo grave pasaba en su ausencia.

Ese mismo día acompañé a mi mamá a preguntar por el estado de la pequeña. A mí no me dejaron entrar, y me quedé encargada con la recepcionista del nosocomio. Al salir, mi mamá se veía triste y desencajada; la niña estaba muy grave, los médicos no le daban un día más de vida. Una enfermera le pidió que trajera ropa y se preparara para recoger el cuerpo. De ese modo agilizaría el trámite, pues era obvio el desenlace para todos.

Compramos la ropa y al día siguiente regresamos al hospital. La enfermera tenía razón. La niña había muerto durante la madrugada. Mi mamá se encargó de todo el papeleo para sepultarla. Le puso un telegrama a Xóchitl, para darle la mala noticia, y le comunicó que el entierro sería a la mañana siguiente. Recuerdo que fue un día muy triste para toda la familia. Todos habíamos mantenido la idea de que, con suerte, la niña sanaría. Mi papá decía que mientras su mamá trabajaba, nosotros la cuidaríamos. Mi madre estaba tan dolida como indignada con Xóchitl. Repetía todo el tiempo que era peor que un animal, que esa no era una mujer, mucho menos, una madre. Todos la escuchábamos sin decir nada.



Al día siguiente, mientras mi mamá se arreglaba, llegó Xochitl, y al ver el recibimiento frío y distante, la mujer dijo que no era para tanto. Por su trabajo no podría cuidarla. Bastante tenía ya con la grandecita, a quien por cierto, había dejado encargada en Guadalajara para poder ir y venir rápido. Para colmo, remató diciendo que por algo Dios se la había llevado. Mi madre al escuchar semejante declaración, le gritó que si no la hubiera abandonado y descuidado, quizá no se hubiera muerto; y que, aparte de cínica, era una pésima madre.

Sacaron el cuerpo del anfiteatro del Hospital Juárez, y lo llevaron en una carroza fúnebre al panteón de San Lorenzo, en Iztapalapa. Las señoras, sin dirigirse la palabra, se fueron adelante con el chófer, mientras que mis hermanos y yo, nos fuimos atrás acompañando la pequeña caja blanca de la niña. Ya casi al llegar, vimos a una familia humilde que iban a pie a enterrar a su muertito; otro pequeñito. Recuerdo que llevaban muchas flores. El chófer se compadeció de ellos, y los subió a la carroza. La mujer no lloraba, aullaba de dolor. Estaba destrozada, se abrazaba al pequeño ataúd y lo abría, lo cerraba. El esposo trataba de calmarla, pero era inútil. Sus gritos nos pusieron nerviosos a todos. Bajó a vomitar un par de veces. Entre el marido y el conductor la subieron, suplicándole que se calmara, pues estaba asustando a todos los niños que íbamos ahí. Luego de eso pudimos retomar el camino. Ellos se bajaron donde estaba la fosa de su niño, y nosotros seguimos hasta el lugar donde sería sepultada nuestra niña, que, por cierto, nunca tuvo nombre.

Durante el entierro mi madre no paró de llorar, mientras que Xóchitl, la madre, permanecía serena y con una leve sonrisa en los labios, rodeaba con su brazo mi espalda. Al verme seria y pensativa, tomó mi cara con su mano. Me miró a los ojos y preguntó: “Y tú, cuando crezcas y seas madre ¿vas a ser como tu mamá o como yo?”

Tomado de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan

Relatos desde Regina

El Guardián del Parque


Por Roxana Martínez Huerta


Nunca pensé que iba a salir tan tarde del trabajo. Me apresuré pero antes de cruzar la avenida vi alejarse el último autobús. Maldición. Era el mes de julio. Como todas las noches de esa semana amenazaba lluvia. Veía los relámpagos en el cielo encapotado. Decidí tomar un taxi, pero todos iban ocupados. Con tacones altos y cargando mis libros y carpetas, me resigné y emprendí el camino a pie rumbo a mi casa.

Mientras anduve por la avenida principal todo fue bien; pero al dejar la Avenida Insurgentes para meterme a la colonia Roma, no vi a ningún transeúnte. Miré el reloj: pasaban de las doce de la noche. Caminé recto por la calle Orizaba y al llegar a la Plaza Río de Janeiro, oí que alguien cuchicheaba. Puse atención pero sin aflojar el paso. Miré a todos lados. No había nadie, sólo se oía el crujir de las ramas de los abetos que circundan las jardineras. Traté de caminar más rápido, pero los altos tacones y el cansancio no me permitían hacerlo.

Sentí alivio cuando a vi a un hombre venir hacia a mí, pensé pedirle ayuda o que me acompañara algunos pasos, para no ir sola las dos calles que me faltaban para llegar a mi destino. Pero el tipo adoptó una actitud grosera cuando me vio. Me empezó a decir cosas sucias y ofensivas, y luego se abalanzó hacia mí con muy malas intenciones. Quise correr, pero era demasiado tarde, de dos zancadas me alcanzó tratando de agarrarme. Pero antes de que pudiera siquiera tocarme, un feroz animal saltó de entre los matorrales se lanzó sobre el sujeto. Lo derribó y comenzó a morderle la cara y el cuello. Los gritos desesperados del hombre irrumpieron en el silencio de la noche.

Por mi parte, en lugar de aprovechar el momento para salir corriendo, me quedé impávida mirando aterrada como la fiera enloquecida destazaba a su presa a dentelladas. Era un animal más grande que cualquier perro que yo haya conocido, pero tampoco era un lobo, tenía un hocico alargado y el pelambre negro y brillante, su enormes colmillos escurrían la sangre de su víctima. Cuando del sujeto no quedaron más que despojos, el animal volteó hacia donde yo permanecía inmóvil. Me miró fijamente, luego reculó y saltó por encima de los matorrales del parque. Salí del trance y también huí del lugar.
La mañana siguiente quise averiguar qué había sucedido con el hombre atacado. Seguramente, pensé, las autoridades lo recogieron durante la noche. Me dirigí a la plaza. Vi corredores y señoras haciendo su rutina normal de ejercicio. Me acerqué al sitio donde había ocurrido el suceso, pero no había rastros de ropa, sangre o algún otro indicio de que hubiera pasado algo extraño. Me retiré del lugar confundida. Estaba segura de lo que había visto la noche anterior.

Pasaron las semanas y una tarde de sábado una amiga y yo salimos a tomar un helado y a caminar. Nos sentamos un rato en las bancas del parque y recordé el horroroso episodio, pero evité contarlo a mi amiga. Pero ella rompió el silencio diciendo:

-Dicen que en este parque espantan.

-¿Quién dice? –pregunté.

-Dos compañeros de la escuela me contaron que un perro gigante los atacó una noche. Bueno, primero vieron a un hombre muy alto, con una gabardina negra de cuero. Y que conforme se les iba acercando se fue convirtiendo en una bestia de cuatro patas, que los persiguió con intenciones de atacarlos. Los dos pegaron tal carrera y casi se mueren del susto –contó mi amiga.

-Están chiflados tus amigos. Yo no creo en eso, pero me suena esa leyenda. Esta colonia se presta para creer en fantasmas, con sus casonas viejas y su silencio tétrico que inunda algunas calles de día y de noche –dije.

-No creas que son leyenda. Algunos episodios de terror son verídicos. Tu amiga tiene razón –dijo la voz de un hombre detrás de nosotras, que al parecer había escuchado la conversación. Su rostro se me hizo conocido; quizá era vecino y algún día me lo topé en la calle. Tendría unos cuarenta años, delgado y alto, una cara alargada y ojos muy juntos.

-¡Oye, que susto nos diste! Además no es contigo la plática ¡bruto! –gritó Flor molesta y asustada.

-Perdón si las espanté, pero no pude dejar de oír lo del hombre que asusta en este parque. Yo digo que es verdad –dijo, sentándose sin ser invitado, junto a nosotras.

Un claxon interrumpió la plática. Era el novio de Flor que la llamaba desde su auto. Mi amiga se despidió a toda prisa y fue a su encuentro, dejándome sola con el metiche.

-Al fin solos. –Dijo burlón-. Aunque no estaría mal un agradecimiento por haberte liberado de tu atacante la otra noche.

-No digas estupideces. Estarías escondido como acostumbras, para acechar a las personas y  te diste cuenta de lo que pasó esa noche. Pero tú no tuviste nada que ver –Conté molesta y me levanté de la banca.
-Piensa lo que te dé la gana. Aunque en el fondo sabes bien quién soy. Esa noche pudiste haber sido atacada seriamente, o hasta haber muerto si yo no te hubiera salvado. Adiós, amiga. Y no andes tan noche en la calle –dijo despidiéndose con un guiño de ojos.

Tomada del Horror de la gaceta en La Gaceta de Chicoloapan

lunes, 12 de junio de 2017

Relatos desde Regina

Rafaela

Por Roxana Martínez Huerta

Desde Piedras Negras, Coahuila hasta la ciudad de México, había llegado Rafaela Zamudio, abogada de profesión. Bueno, no había llegado, la había traído el novio, quien también ejercía la abogacía. Las razones; abrirse paso en la gran urbe, encontrar un buen empleo y vivir mejor que en su ciudad natal.

Conocí a Rafaela trabajando en la burocracia. Había escuchado el revuelo que causaba la nueva abogada entre los hombres de la oficina. Rafaela estaba a punto de cumplir los treinta, era morena, de mediana estatura, de pelo quebrado, muy largo y negro. Yo francamente nunca encontré el motivo por el cual, gustaba tanto a los hombres; era buena muchacha, pero eso no lo sabían los tipos que se tropezaban en la calle al verla pasar o las veces que estaban a punto de chocar por irla observando los automovilistas. Ni yo ni las demás compañeras supimos la razón de tanta atracción con el sexo opuesto, pero salir con ella era todo un espectáculo; jóvenes, viejos, guapos, feos, ricos o pobres, todos la miraban con deseo. A veces resultaba un poco incómodo, pero esa era la realidad de Rafaela.

Mi novata amiga, se sentaba en el primer escritorio entrando a la oficina, los morbosos de mantenimiento le habían asignado un escritorio que tenía separados como por diez o quince centímetros la superficie de la estructura del soporte, ella acostumbraba sentarse con las piernas totalmente abiertas y subidas en un peldaño del mueble, y como siempre usaba falda o vestido, pues enseñaba los calzones a todo mundo, era la burla de todos los machos de la dependencia, yo lo supe un tiempo después pero no le dije nada. Hicimos una buena amistad. Ella y su pareja vivían en un edificio otrora muy famoso de departamentos amueblados llamado Pal, ubicado sobre la calle de Arcos de Belén, a dos puertas del trabajo, por lo tanto comíamos lo que ella preparaba en su cocina, el marido siempre estaba ausente, pocas veces lo vi; él al igual que a mi amiga yo le simpatizaba, y siempre me hacían regalos como libros, perfumes, conocían a mis padres y a veces la invitábamos algún paseo familiar.

Un día llegó muy contenta hasta mi cubículo, anunciándome su próximo matrimonio. Yo siempre tuve la sospecha de que él era casado y golpeador, a veces observaba algún moretón en su cara o en sus piernas, no salía a ningún lado por la noche, pues si él hablaba por teléfono estando comisionado en algún estado de la república, y no la encontraba se ponía furioso; pero vi a mi amiga tan ilusionada que me guardé mi opinión; al final la que se casaría sería ella. Me preguntó quién me acompañaría a su boda, para comprarme los boletos del avión, pero le dije que no asistiría, había regresado apenas de un largo permiso, y no tendría vacaciones en algunos meses. Insistió mucho, dijo que ella misma hablaría con los jefes que fueran necesarios, pero que yo tenía que acompañarla en el día más importante de su vida, palabras más palabras menos, se echó a llorar, pero no me convenció.

Rafaela se fue durante un mes, cuando regresó, me buscó para comentarme la boda, pero en el trabajo era incómodo platicar, mejor fuimos a tomar un café. Me contó que efectivamente mis sospechas eran ciertas; él estaba casado y tenía dos hijos; como buen abogado y experimentado tramposo, contrató a varias personas para que se hicieran pasar por su familia, padre, madre, hermanos y amigos, sobre todo el juez falso y montó un gran tinglado.

-¿Para qué tanta farsa?-pregunté.

-Me salí de la casa, diciéndoles que me venía con una amiga, ellos nunca supieron que Nico y yo vivíamos juntos. Mis padres siempre quisieron verme salir vestida de blanco y bien casada, y se los cumplí. Ya no me van a atosigar a preguntas, con la boda quedaron muy contentos, aunque todo sea mentira, los pocos años que les queden de vida, vivirán engañados pero felices ¿Además quién les va a decir la verdad? -dijo convencida.

-Si tú estás tranquila, por mí está bien -dije.

-Pues bien, bien, lo que se dice bien, pues no, hay algo que me preocupa mucho de Nico, y es que está enfermo de celos, en todos los hombres ve enemigos, cree que todos se quieren acostar conmigo y eso me da tristeza y me ofende- dijo, bajando la cabeza.

-No cree, todos se quieren acostar contigo Rafaela, y tú lo sabes, tienes un no sé qué, que alborotas a los hombres. Yo sé que no es tu culpa, pero es una realidad -exclamé.

-Sí, pero si sabe que soy incapaz de faltarle al respeto, no debería hablarme como me habla, a los tipos morbosos tendría que enfrentarlos, no desquitarse conmigo. Si supieras cómo me ofende y desconfía de mí -dijo sollozando.

-No quiero ser cansona, pero eso tú ya lo sabías, vivieron mucho tiempo juntos, como para ponerle un alto o salir huyendo y, no lo hiciste, al contrario vas y te casas con él; eso déjaselo al tiempo, tiene que entender algún día que tú no tienes la culpa de lo que despiertas en los fulanos.

Esa noche la dejé en la puerta de los famosos Apartamentos Pal, renunció al trabajo un mes después, me enteré por terceros que Nico, junto con otros leguleyos había montado un bufete de abogados y Rafaela se fue a trabajar con ellos, la última vez que supe de ella, por desgracia fue en la nota roja de un periódico; su marido por celos la había golpeado hasta quitarle la vida; lo que más recuerdo de aquel trágico suceso fue a mi madre llorando amargamente por mi amiga.

Tomado de la Sección Mujer de La Gaceta de Chicoloapan

Relatos desde Regina

Una mujer mayor


Por Roxana Martínez Huerta

Mi novia y yo estábamos en la recepción de un hotel de paso, registrándonos para pasar juntos la noche, cuando bajó corriendo por la escalera una mujer totalmente desnuda y descalza; lloraba y gritaba. Detrás de ella, un muchacho con un lío de ropa en la mano, y sólo el pantalón puesto, trataba de alcanzarla. Salieron a la calle.

Todo fue tan inesperado que nos quedamos boquiabiertos tanto el administrador como nosotros.
-Bueno tortolitos. Gracias a la parejita rijosa ya tienen cuarto libre. Eh ¿que os parece?- dijo el gachupín, detrás del mostrador.

Tina estaba tan nerviosa que pensé que se había arrepentido de pasar la noche conmigo. Entre el sujeto y yo la calmamos, dijimos que era sólo un pleito de enamorados, que no le diera importancia. Convencida y tranquila la tomé de la mano y subimos a la habitación 303. Todo estaba en orden: cama tendida, todo limpio y en su lugar. Parecía que la pareja más se había tardado en entrar, que en salir corriendo en pelotas.

Tina se metió a bañar. Yo me desnudé y me quedé echado sobre la cama esperándola. Iba a encender la televisión, cuando escuché un grito agudo de mujer, que venía de la calle. Me asomé por la ventana, pero no logré ver nada. Pensé que era la loca desnuda que seguía haciendo su numerito en plena acera.

Tina salió de bañarse muy tranquila, con una toalla enredada en el cuerpo, al parecer no había escuchado nada. De golpe se abrieron todas las puertas colándose en la habitación un aire helado, y se volvió a escuchar el mismo grito desgarrador.

Nos abrazamos muertos de miedo. En la ventana apareció la cara de una mujer; nos miraba fijamente y dio un aullido que parecía no tener fin. Mi novia corrió a vomitar al baño. Yo no podía moverme. La cabeza me punzaba. Después de unos segundos todo quedó en silencio, y la cara de la mujer se fue desvaneciendo poco a poco.

Nos vestimos y bajamos la escalera corriendo. En la puerta estaba la señora del aseo, sacando la basura. Nos miró y nos preguntó:

-¿Ustedes también la oyeron?

- Sí. ¿Quién o qué es eso?, pregunté.

-Yo pienso que es el alma en pena de una mujer que venía seguido con un joven -dijo la señora del aseo, dejando las bolsas negras de plástico en el suelo, y siguió contando-. Fueron clientes mucho tiempo. Pero cuando el joven la quiso dejar, la señora no aguantó y después de discutir y gritar mucho rato, se aventó por la ventana del 303. Su cuerpo cayó sobre el pavimento. Pobre, quedó destrozada; no era fea. Era mayor que el chico. Ya sabe que a los jóvenes se les pasa pronto la pasión. Fue hace dos años. Así que la difuntita anda penando y espantando a todos los enamorados que ocupan esa habitación. Ahora les tocó a ustedes.

Al ver nuestras intenciones de salir de ahí, la mujer dijo:

-No se espanten. Ya casi es de madrugada, y son más peligrosos los asaltantes en la calle, que el alma de la doñita penando. Yo que ustedes, me regresaba al cuarto, el patrón ni les va a regresar su dinero, ya se fue a dormir, argumentó la mujer.

Ni falta hacía. Nos subimos al coche y arrancamos en medio de una densa oscuridad.

Tomado del Horror de La Gaceta de Chicoloapan

Relatos desde Regina

Silvia


Por Roxana Martínez Huertaq
Don Tito, hombre viejo y de andar cansino, era elevadorista en un edificio en las calles de Venustiano Carranza, en el centro de la ciudad. Era el sostén de una familia que había formado ya en la madurez, pues desde joven se hizo cargo de sus padres, y hasta que ellos murieron, se sintió en libertad de formar su propia estirpe. Buscó una mujer joven con quien tuvo cinco hijos. De todos ellos, la luz de sus ojos, era Silvia, la única mujer y la más pequeña. Los grandes trabajaban, unos de obreros, otros de empleados, con sueldos bajos y sin futuro, cosa que no quería para Silvia. Su mujer ni siquiera había ido a la escuela; la pobreza y la prole la habían convertido en una mujer amargada y resentida con todos; en especial con la hija, pues se sentió desplazada, desde que la niña nació.
En cambio, en los despachos donde trabajaba, Tito veía a las empleadas: guapas, perfumadas y bien vestidas. Así que se propuso pagarle a la chiquilla, con grandes sacrificios, una carrera comercial que le garantizara un mejor futuro. La inscribió en una escuela para secretarias.
Silvia era una estudiante regular. Pero a pesar de que tenía muchas ganas de aprender, se le dificultaban las matemáticas, la contabilidad y otras materias. Si bien la estatura alta le ayudaba, también era sosa y desgarbada. Tenía unas manos torpes y regordetas. Daba más el tipo de empleada doméstica que de secretaria. Pero para su viejo padre era la joven más hermosa del mundo y, como sucede con la mayoría de los padres, ciegos por el amor, presumía la inteligencia y gracia de la muchacha.
Cuando salía de la academia comercial la joven  pasaba por su padre, hacía los recados de algún empleado, ganándose alguna propina, repasaba sus lecciones y, ya en la noche, volvían juntos a casa para, al día siguiente, repetir siempre su rutina. Don tito ansiaba el momento de su retiro. Algún dinerito le darían, pensaba para sí, y si no, ya le faltaba poco a su hija para ayudar con los gastos de la casa. Tenía puestas todas sus esperanzas en ella.
Una mañana el director del plantel donde estudiaba Silvia, entró con la cara descompuesta, pidiendo a la muchacha que lo acompañara a la Dirección. La joven tomó sus cosas y, en medio del cuchicheo de las compañeras, salió precipitadamente.
Pasaron los días y Silvia no regresaba a la academia. Su ausencia provocó intriga Al paso de los días la ausencia de Silvia causaba intriga y curiosidad entre las alumnas, quienes preguntaron a los profesores, qué había pasado con ella; si la habían expulsado o estaba enferma y si volvería a la escuela. Todos los maestros guardaban silencio, aconsejando que no fueran curiosas, y las arengaban para que mejor se pusieran a estudiar; todos, menos una, la maestra de taquigrafía quien, bajando la voz y poniéndose muy seria, dijo que ella sabía la razón de la ausencia de Silvia y que se los contaría, siempre y cuando no llegara a oídos del director, quien había prohibido, tajantemente, que se hablara del asunto. Las chicas le juraron a la maestra que no dirían nada fuera del aula, pues querían saber qué ocultaban los adultos con tanto misterio.
-Al papá de su compañera le dio un infarto fulminante y murió el día que vino a buscarla el profesor Quirarte -contó la maestra en un susurro.
Las muchachas se asombraron y entristecieron por su compañera. La chica quería mucho a su papá y siempre hablaba con cariño de él. Pero para nadie era un secreto que, para ser papá de una adolescente, el señor ya era muy grande. Algunas pensaban que más bien era su abuelo.
Por fin un día Silvia regresó a la academia, pero para despedirse de sus amigas y de los maestros. La muchacha estaba irreconocible, pálida, triste y con la mirada asustada; parecía un cachorro cuando lo separan de sus padres. Les dijo que ya no podía seguir estudiando, ahora tenía que trabajar para ayudar a su madre. Con tristeza la despidieron y Silvia se retiró
Cierta tarde, cuando salí de clases, pasé por el edificio donde había trabajado el padre de Silvia, y me sorprendí de verla. Vestía una bata de afanadora y se encontraba trapeando el vestíbulo del edificio. Quise pasar rápido para que no me viera y no avergonzarla. Pero era tarde, la muchacha ya me había visto, y me invitó a entrar con una sonrisa triste, al tiempo que me decía:
-Como no quisieron darnos indemnización por la muerte de mi papá, esto es lo único que me ofrecieron; y desgraciadamente lo tuve que aceptar. Ya sabes, el dueño es abogado al igual que todos los inquilinos, teníamos todas las de perder mi familia y yo. Así que aquí me tienes, haciendo lo único que no quería mi padre, verme de criada. ¡Ay, amiga, si él me viera! Tanto sacrificio para nada -dijo con los ojos al borde del llanto.
-Pero explícales que ya te faltaba muy poco para terminar la carrera. De pérdida que te den un trabajo de mecanógrafa, de archivista, no sé; o quizá en otro lado -dije indignada.
-Ya lo intenté y corrí con mala suerte. En ningún lado quieren a una muchacha fea y tosca como yo. Y más vale viejo conocido que nuevo por conocer. Ni siquiera me dieron el puesto de elevadorista, aunque sabían que cuando mi padre no estaba, yo lo manejaba. Según el patrón, tiene que ser un hombre -dijo Silvia, suspirando resignada.
Me despedí de la muchacha y camino de regreso a casa, recordé lo que la maestra de mecanografía le dijo a Silvia, un día que la desesperó en clases.
-¡Cómo quieres ser secretaria si tienes manos de tortillera! ¡Chamaca, equivocaste el oficio!
Esa vez, todas reímos de buena gana, jamás imaginé que con el paso de los años resultaría cierta aquella humillación de la profesora.

Tomado de la Sección Mujer de la Gaceta de Chicoloapan